Opinión
Aquiles y la tortuga canalla
Por Juan Carlos Escudier
El combate contra la crisis, que ahora vuelve a llamarse recesión, es tan frustrante como la carrera de Aquiles contra su inalcanzable tortuga. Como se recordará todo empezó en los bancos y en sus activos tóxicos, una burbuja cuyo estallido derivó en un estrangulamiento del crédito y de la actividad económica. Para remediarlo, los Gobiernos allegaron ingentes cantidades de dinero a las instituciones financieras y diseñaron planes de estímulo para relanzar la economía. Cuando la dábamos por alcanzada, la tortuga dio un paso y el problema empezó a ser el déficit de los Estados, que se pusieron de nuevo en marcha con severísimos ajustes fiscales que, más que de tortuga, han sido de caballo.
Entretenidos con la tijera, no se reparó en que el quelonio seguía avanzando hasta situarse en la casilla de la deuda soberana de los Estados, cuyo aumento había corrido paralela al de los déficits. En estos momentos, las carteras de deuda han sustituido a las dichosas hipotecas subprime y constituyen el principal activo tóxico de los bancos, con lo que puede decirse que hemos dado la vuelta al estadio y estamos agotadísimos y sin esperanzas de echarle el guante al bicho para hacernos una sopa.
Lo vivido en estos años viene a exonerar en parte a Zapatero, que ha podido hacer el panoli pero no más que el resto y al que, desde luego, no se puede culpar en exclusiva de cómo va la carrera. Se comprende que muchos quieran hacer vudú con su muñeco, aunque ahora que se va a León a comer cecina sería ensañamiento aguijonear sus órganos vitales. A la espera de que Rajoy se quite el chándal y salga a la pista, hay que ser muy ingenuo para creer que sólo con reducir el impuesto de Sociedades en España nuestro gallego favorito va a arreglar el mundo.
Está claro que no basta con perseguir a la tortuga; hay que rodearla. Para la captura serán necesarios bajadas de tipos de interés, eurobonos, mucha heterodoxia y hasta cierta piedad con Grecia, que al fin y al cabo inventó las Olimpiadas. Sin una acción concertada y global podemos darnos por muertos, algo para lo que llevamos ensayando desde hace tiempo.