Opinión
El banquero filántropo
Por Juan Carlos Escudier
Habíamos juzgado mal a los banqueros, a los que en una equivocada aproximación a la zoología suponíamos pertenecientes a la familia de las alimañas. Ha tenido que venir Alfredo Sáenz, macho alfa de la especie, a demostrarnos que tras sus sueldos millonarios y sus pensiones obscenas habita en ellos un corazón que no les cabe en el pecho, y que son gente sensible a las demandas ciudadanas y al sufrimiento de los parados. Como pura bonhomía financiera hay que valorar la propuesta del Banco Santander de ofrecer a los hipotecados que pierdan su empleo o la cuarta parte de sus ingresos una carencia de tres años en sus créditos, para que sólo tengan que abonar los intereses.
El propio Sáenz echó las cuentas para el caso de una hipoteca de 125.000 euros a devolver en 25 años y con un interés de Euribor más 0,7 puntos: los casi 600 euros de letra se reducirían a algo de 300 en esos 36 meses. Ni el hecho de que todas las entidades ya practiquen esta política porque les resulta más rentable que efectuar provisiones por morosidad y gestionar los desahucios, ni el detalle de que los beneficiarios pagarían al final del crédito más de 4.000 euros adicionales empaña la generosidad de una iniciativa que ha tocado nuestra fibra más sensible.
No ha quedado ahí la cosa. Pese a ver reducidos sus ganancias en este primer semestre, el banco de los Botín está rebosante de altruismo y, a partir de septiembre, destinará 15 millones de euros -deducibles, claro- a contratos en prácticas de tres meses para 5.000 universitarios a razón de 600 euros al mes. La cifra no es moco de pavo: equivale al 0,18% de los beneficios del banco en 2010 o, si se prefiere, a algo menos del sueldo de dos Alfredos Sáenz, es decir, un pastizal considerable.
Lamenta la entidad que la elevada prima de riesgo de la deuda española le haya representado en sus propias emisiones un sobrecoste de casi 2.500 millones en dos años. De no haber ido por ello, es muy posible que el Santander hubiera destinado a causas nobles hasta tres sueldos de don Alfredo, con extraordinarias y todo. Tanta filantropía y desprendimiento son conmovedores.