Opinión
Bloqueo de la primavera egipcia
Por Eugenio García Gascón
La crisis de la revolución egipcia comenzó en primavera, cuando los tribunales disolvieron el parlamento ampliamente dominado por los islamistas.
El decreto del jueves del presidente Muhammad Mursi lo coloca en una situación privilegiada puesto que en la práctica ya detenta los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la oposición liberal ha puesto el grito en el cielo y no se sabe qué dirección tomará la crisis en el futuro inmediato o a medio plazo.
Liberales como Mohamed ElBaradei o Amr Musa, profundamente antiislamistas, han manifestado que no dialogarán con Mursi hasta que el presidente abrogue el decreto, y esta decisión revela hasta qué punto islamistas y liberales están alejados.
Hay que subrayar que el decreto de Mursi es temporal y desaparecerá cuando el parlamento se haya constituido. El primer parlamento democrático fue disuelto por los jueces del antiguo régimen nombrados por Mubarak y al que ahora paradójicamente defienden los liberales.
De hecho, la única institución democrática que hay en el país en estos momentos es la presidencia de Mursi y no debe extrañar que los islamistas, que en las pasadas elecciones obtuvieron el 70 por ciento de los escaños, se hayan alineado al lado de su presidente recalcando que Mursi es el único que ha sido elegido democráticamente y tiene la obligación, como él dice, de defender la revolución de las fuerzas del antiguo régimen.
No deja de ser curioso y hasta chocante que la actitud de los liberales en la práctica los alinee justamente con el antiguo régimen, es decir al lado de las fuerzas de Mubarak, con las mismas fuerzas a las que el presidente Mursi acusa de "bloquear la revolución".
Más allá de la crisis actual, no hay duda de que lo que está en juego es si los liberales llevarán hasta el final las exigencias democráticas que condujeron a la caída de Mubarak. Esto significa que los liberales tienen que aceptar que las urnas han hablado claramente a favor de los islamistas, algo que no han hecho, y que el programa islamista es muy claro y justamente cuestiona los principios democráticos que defienden los liberales.
Los liberales quieren que los islamistas se comporten como liberales y demócratas cuando en realidad no lo son. Es una contradicción que por ahora no se ha resuelto y parece difícil de resolver. Por lo demás, el pueblo egipcio eligió un parlamento islamista y un presidente islamista, de manera que es consecuente que los tres poderes estén en sus manos.