Opinión
Las cenizas de Angela queman
Por Juan Carlos Escudier
Ocupados en dilucidar si caminamos hacia otra recesión o si sólo nos falta el aire por la altura de la crisis, ha pasado casi desapercibida la nueva derrota de Angela Merkel en unas elecciones regionales, la quinta en lo que va de año. La canciller debe de estar perpleja ante estos reveses del electorado, dada la veneración que despierta en el gremio de primeros ministros, en los mercados y, por supuesto, entre nuestros neoliberales que, de no ser porque la moda de la pantalla plana lo ha hecho imposible, colocarían su busto encima del televisor junto a la muñeca flamenca modelo María de la O.
Lo único innegable en el balance de la canciller es que su contribución está siendo imprescindible en la ruina de Europa. El ascetismo de la teutona ha conseguido dos cosas: un espectacular crecimiento del PIB alemán en 2010 y una ralentización de las economías de sus socios, a los que ha impuesto una austeridad próxima al rigor mortis. Los resultados a medio plazo serán otros, como apunta el estancamiento alemán en el segundo trimestre. Un país exportador que estrangula a su mercado natural acaba pagando las consecuencias.
Resulta además que el milagro económico de frau Merkel tiene más trampas que una película de chinos. El economista jefe de la Federación de Sindicatos Alemanes explicaba hace unos meses en La Vanguardia que si a la cifra oficial de tres millones de parados se suman los desempleados mayores de 58 años -que no computan en la estadística-, los que buscan trabajo con agencias privadas, lo hacen por su cuenta sin estar inscritos o asisten a cursos de formación –que tampoco computan-, y los casi cuatro millones que trabajan involuntariamente a tiempo parcial o no ganan para vivir, el subempleo alcanza a 9,5 millones de personas.
Para justificar ante su menguante clase media una precariedad laboral en aumento y la congelación de sus salarios es la propia Merkel la que trata de convencer a los alemanes de que vivirían felices y comerían perdices de no ser por esos manirrotos europeos, que dilapidan el dinero aunque sea para comprarse un BMW. El cuento es viejo y ya no cuela.