Opinión
Corrupción
Por Eugenio García Gascón
La corrupción era una de las mayores lacras durante el régimen de Hosni Mubarak. Era visible en todas partes y todo el mundo lo sabía. En lugar de reprimirla, las autoridades la toleraban porque a veces obtenían pingües beneficios.
Hace apenas tres años, en un viaje que realicé al Sinaí, el taxista que me cogió tuvo que pagar un cuantioso soborno en efectivo a los policías que estaban estacionados en los controles y que en teoría estaban allí para vigilar la extraordinaria delincuencia que hay en la región del Sina, incluida la droga y el tráfico de blancas, que en muchos casos están en manos de los beduinos.
Si esto ocurría a los niveles más bajos de la policía, qué no ocurriría en las altas esferas.
Un botón de muestra son los acuerdos que la familia y amigos de Mubarak estipularon con el gobierno israelí para importar gas egipcio, unos acuerdos millonarios que dejaron abultados beneficios a los intermediarios, entre los que estaban los dos hijos varones del raís.
Ayer, un tribunal de El Cairo condenó al exministro de Petróleo, Sameh Fahmy, a 15 años de prisión precisamente por este asunto. Una condena similar recayó sobre el hombre de negocios Hussein Salem, que se encuentra huido en España y sobre el que pesa una demanda de extradición que las autoridades españolas estudian desde hace bastante tiempo. Penas menores, de entre siete y diez años, han recaído en otros funcionarios de la empresa de gas y del ministerio de Petróleo.
Estas condenas permitirán que los egipcios ordinarios se den cuenta de que el periodo de gran corrupción de Mubarak va a terminar. Un hábito tan extendido en el país debería desaparecer radicalmente. Es una de las condiciones necesarias para que se asiente la democracia.