Opinión
Frugívoros y alcohol
Por Ciencias
VENTANA DE OTROS OJOS // MIGUEL DELIBES DE CASTRO
* Profesor de investigación del CSIC
A ver si acierto a explicarlo, porque es algo enrevesado. Las plantas no se mueven por sus propios medios, pero deben desplazarse porque les va el futuro en ello. De otro modo serían altamente consanguíneas y nunca colonizarían nuevos territorios. Logran acceder a lugares distantes porque algo o alguien (el viento, el agua, algún animal) transportan lejos el polen, las semillas u otros propágulos (bulbos, estolones, etc). Fiarlo todo al viento o al agua tiene ventajas pero también riesgos, pues nadie sabe adonde acabará el material acarreado. Con los animales, en cambio, siempre cabe la posibilidad de negociar evolutivamente: Yo te doy tal cosa si tú me haces bien tal otra.
Los frutos son el pago de la planta, en forma de alimento, a los animales que dispersan sus semillas. Interesa, pues, que esos frutos (costosos de producir) se consuman solamente cuando las semillas sean viables, no antes. Por eso los frutos inmaduros son poco atractivos y tienen, en general, un sabor desagradable. Al madurar, cambian el aspecto y características del fruto, que se torna más coloreado, blando y dulce. Ahora bien, tan pronto como se acumulan azúcares, aparecen levaduras que transforman parte de ellos en alcohol.
Como cabe imaginar, el fruto maduro no apetece sólo a los potenciales dispersantes, sino que es asimismo un recurso fácil para, por ejemplo, insectos y microbios, que lo consumen pero no dispersan las semillas (desde el punto de vista de la planta madre, arruinan su inversión). Por eso a dicha planta no le vienen mal las levaduras, ya que el etanol ayuda a defender al fruto del ataque de los microbios. Además, su estructura volátil hace que genere olor, que sirve para atraer a los consumidores. Como el fruto es un producto perecedero (dándoles tiempo, los microbios siempre acaban ganando) conviene que, una vez maduro, los frugívoros lo localicen cuanto antes.
Cuantos hacen vino saben sobradamente que el fruto, a medida que se va pasando, pierde azúcar y gana alcohol. También huele más intensamente, agotando sus posibilidades de ser localizado y consumido por un dispersante adecuado. Existen pocos datos de frutos silvestres, pero en los dátiles de una palmera americana se han medido niveles de alcohol cercanos al 1% al poco de madurar, pero del 5% (como una cerveza normal) en frutos caídos y pasados. Eso quiere decir que los roedores y los monos que comen esos dátiles no sólo se sienten atraídos por el olor del alcohol, sino que lo ingieren regularmente al alimentarse. Y respecto a los humanos, ¿acaso no somos primates y frugívoros?, ¿tendrá ello que ver con la extendida afición al alcohol entre nosotros? Lo dejamos para otro día.