Opinión
Ideas luminosas
Por Ciencias
EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
* Escritor y matemático
En el extremo opuesto de esos trabajosos errores científicos a los que un investigador concienzudo puede llegar tras años de esfuerzo, como en el caso de Lamarck (ver Errores fecundos, 6-2-09), estarían las súbitas ideas luminosas de algunos genios inspirados, como la que tuvo Arquímedes en la bañera o Newton a la sombra de un manzano. Pero solo en apariencia. Aunque el propio Newton difundiera la especie de que había descubierto la ley de la gravitación universal al ver caer la fruta prohibida del árbol de la ciencia (la cosa no podía ser más simbólica), posteriormente reconoció que llevaba toda la vida pensando en ello. Y si Arquímedes salió desnudo a la calle gritando “¡Lo he encontrado!”, fue porque desde que Herón le planteara el problema de la corona de oro llevaba buscando la solución sin descanso.
Cuando Whistler era ya un pintor de renombre, un ricachón le encargó su retrato. Acordaron un precio –bastante alto, pues Whistler era un artista muy cotizado–, y el maestro de las armonías cromáticas pintó el retrato en tres días. El cliente se negó a pagar la considerable suma acordada, alegando que era una retribución excesiva por solo tres días de trabajo, y fueron a los tribunales. El juez le preguntó a Whistler cuánto tiempo le había llevado hacer el retrato, y él contestó: “He tardado tres días en pintarlo y toda una vida en llegar a poder pintarlo en tres días”. Naturalmente, el ricachón tuvo que pagar el cuadro y las costas del juicio. “El genio se compone de una parte de inspiración y noventa y nueve de transpiración”, decía Edison. Pero habría que invertir el orden de los términos, porque en realidad la transpiración precede a la inspiración. Como la siembra a la cosecha.
“A los quince años dibujaba como Miguel Ángel, y he tenido que llegar a viejo para dibujar como un niño”, dijo Picasso al final de su vida. Nada tan difícil como la extrema facilidad de los grandes artistas y los grandes científicos; nada tan trabajoso como llegar a hacer algo valioso sin esfuerzo aparente. El mito de la inspiración, de las musas que susurran al oído del creador, solo nos ilustra –como todos los mitos– sobre nuestra ignorancia. Ignorancia del proceso interior que hace que años de trabajo y de reflexión cristalicen de pronto en una idea luminosa. Ignorancia del mecanismo concreto, de sus recónditas sutilezas, pero no del hecho mismo: hace mucho que sabemos que, en el campo del conocimiento como en el campo de labranza, no hay fruto sin trabajo. Ni trabajo sin fruto, porque cuando se trabaja con rigor y honradez, hasta los errores son fecundos.