Opinión
Mecanismos ocultos
Por Ciencias
El juego de la ciencia// Carlo Frabetti
* Escritor y matemático
Cuando jugamos al ajedrez, consideramos uno tras otro los posibles movimientos de nuestras piezas y las probables respuestas del contrincante, y tras concienzudo análisis elegimos la jugada que nos parece más ventajosa. O eso creemos. Porque en realidad solo analizamos una pequeña –pequeñísima– parte de las jugadas posibles. ¿Por qué? Porque su número es tan grande que el adjetivo “astronómico” se queda corto. Es fácil ver que, en su primera jugada, las blancas tienen 20 posibilidades diferentes: se puede adelantar cada peón una o dos casillas y cada caballo puede ir a dos casillas distintas. A su vez, las negras tienen las mismas 20 opciones, por lo que tras la primera jugada de las negras hay 400 posiciones posibles. Tras el segundo movimiento de las blancas, las situaciones posibles son ya más de 5.000 (¿podrían mis queridos lectores y lectoras hallar el número exacto?), y tras el segundo movimiento de las negras, más de 70.000 (exactamente 72.084).
En total, en el ajedrez hay unos 20 septillones (un 2 seguido de 43 ceros) de posibles posiciones distintas acordes con las reglas del juego. Pensar que se opta por una jugada concreta tras considerar todas las posibilidades, es tan ilusorio como creer que uno elige a su pareja tras descartar a todas las demás personas del mundo. Pero entonces, ¿cómo decidimos cada jugada? Sencillamente, no lo sabemos. ¿Cómo elige el poeta su siguiente verso, o el guionista la siguiente escena de una película? Hay pautas, por supuesto, criterios generales; pero no un algoritmo identificable (e incluso puede que no haya algoritmo alguno), ni en la poesía, ni en el cine, ni en el ajedrez. Y el azar juega un papel importante; aunque tal vez sea más adecuado hablar de serendipia (Tigran Petrossian, que fue campeón mundial de ajedrez, decía que los buenos jugadores tienen suerte).
Las primeras máquinas ajedrecísticas examinaban “en árbol” un gran número de posibilidades para elegir cada jugada; eran lentas y torpes, y no podían competir con un buen jugador. Muchos expertos -tanto en ajedrez como en informática- pensaban que nunca alcanzarían el nivel de un gran maestro. Y en 1997 Deep Blue ganó a Kaspárov, campeón del mundo y uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Pero ¿quién ganó realmente a Kaspárov, la máquina o sus programadores? ¿Quién demostró el teorema de los cuatro colores (ver columna anterior), Appel y Haken o un ordenador? Nuestra visión individualista y antropocéntrica del mundo está cambiando, tiene que cambiar.