Opinión
El provechoso estudio de la asignatura de religión
Por Manolo Saco
Para el próximo día 12 de noviembre, la Iglesia católica ha convocado, por medio de sus sucursales en la enseñanza, una manifestación contra una reforma educativa que permitirá a los alumnos que así lo deseen librarse de estudiar la asignatura de religión en la escuela, a cambio de otra que se llamaría Educación para la ciudadanía o de, simplemente, ninguna otra. Y protestan porque mientras unos alumnos, los buenos, estudiarán religión (la católica, por supuesto), otros, los malos, además de recibir mientras tanto educación para ser mejores ciudadanos, podrían perder el tiempo con la obtención de conocimientos inútiles, fantasiosos y altamente perniciosos para salud del alma y el cuerpo. Veamos.
Los alumnos buenos estudiarán que dios es uno, pero tres. Es uno, aunque se divide en el padre, el hijo y el espíritu santo. Tres, pero uno. Aunque tres. Y aprenderán que el segundo nació de un cruce entre el tercero y una mujer virgen de la Tierra hace unos 2.000 años, que a pesar de ser madre seguía siendo virgen tras la concepción (inmaculada) y el parto posterior.
Los alumnos malos estudiarán, mientras, en su asignatura de matemáticas, que uno, más uno, más uno, son tres. Y nunca uno.
Los buenos alumnos estudiarán que dios, haciendo una pausa en un momento determinado de su eterna existencia, decidió crear el universo en seis días, sin que se sepa bien el motivo que le impulsó a ello, y que al séptimo descansó.
Los malos alumnos estudiarán que el universo tiene una edad aproximada de 14.500 millones de años, y que surgió de una gran explosión (el big bang). La Tierra apareció aproximadamente 10.000 millones de años después.
Los buenos alumnos estudiarán que al filo de su fin de semana creador, dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza”.
Los malos alumnos perderán su tiempo estudiando la teoría de la evolución de las especies y conocerán así que el homo sapiens apenas existe desde hace 200.000 años.
Los buenos alumnos sabrán que dios se dijo: “no es bueno que el hombre (el varón) esté solo”, y de una de sus costillas creó a la mujer.
Los malos alumnos, mientras, estarán estudiando en ciencias sociales que el hombre y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas capacidades, y que, por lo tanto, la mujer no asume un papel subordinado al hombre.
Los buenos alumnos estudiarán que el hombre pecó, inducido por la mujer (otra vez ella) en complicidad con el ángel caído, mediante el intolerable delito de comer un fruto prohibido (no se sabe por qué estaba prohibido), y fue por ello expulsado del paraíso en compañía de su pérfida esposa. Todos sus descendientes, o sea nosotros, nacemos por ello con un pecado original.
Los malos alumnos estudiarán en otra aula que no se puede condenar a nadie por el delito cometido por sus padres. Que, como mucho, heredamos de ellos enfermedades genéticas, problema que la ciencia intenta solventar.
Los buenos alumnos recibirán la desagradable noticia de que su dios puede condenarles al fuego eterno.
Los malos alumnos repasarán que la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 prohibió, entre otros abusos, la tortura.
Los buenos alumnos sabrán que pueden recibir una condena eterna a los infiernos, o una pena atenuada en las llamas del purgatorio durante una temporada, por tener pensamientos impuros o desear la mujer (por muy espléndida que esté la señora) de su prójimo.
Los malos alumnos estudiarán que, ya desde el derecho romano, las penas deben estar en consonancia con la falta o el delito cometido. Que no pueden condenarte a muerte, por ejemplo, por robar una gallina.
Los buenos alumnos conocerán que hay un espíritu malo, llamado demonio, que les acecha con tentaciones para llevarse su alma al reino de los infiernos. Y que, al menor descuido, puede penetrar en sus cuerpecitos y utilizarlos para blasfemar y hablar mal de dios en lenguas extrañas.
Los malos alumnos comprobarán en los libros que existen enfermedades mentales, como la paranoia y otros trastornos patológicos, que pueden alterar profundamente la conducta del ser humano.
Los buenos alumnos estudiarán que hay unos seres celestiales que actúan como una corte del reino de dios, llamados genéricamente ángeles, agrupados en nueve categorías: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Entre otras ocupaciones, dedican su tiempo a guiar nuestros pasos en la Tierra, aconsejándonos en silencio.
Los malos alumnos estudiarán en la asignatura de Educación para la ciudadanía las normas de comportamiento imprescindibles para la vida en sociedad, y cómo el bien es, sencillamente, más justo y más útil que el mal para el progreso colectivo.
Los buenos alumnos sabrán que tenemos un alma inmortal, que puede ser bondadosa y justa o increíblemente perversa, y que sus actos en esta vida están dictados por esa alma que dios les insufló en el momento de la concepción.
Los malos alumnos estudiarán que el cerebro rige el comportamiento de los animales, entre los que se encuentra el ser humano, y que el desarrollo y las malformaciones de ese cerebro decidirán buena parte su comportamiento.
Los buenos alumnos estudiarán el misterio de la transustanciación, mediante la cual un trozo de pan se convierte en el cuerpo del hijo de dios, y un poso de vino, en su sangre.
Los malos alumnos conocerán por sus asignaturas que durante siglos los alquimistas intentaron infructuosamente convertir en oro los más viles metales.
Los buenos alumnos estudiarán que su dios es absolutamente bueno y justo.
Los malos alumnos estudiarán que en este planeta, más de la mitad de sus habitantes viven en la extrema pobreza, sin recursos tan elementales como el agua potable, y que millones de sus habitantes son víctimas de enfermedades crueles, cárcel y persecución.
Los buenos alumnos sabrán que el día del fin del mundo (como no sabemos por qué dios creó la Tierra, tampoco tenemos ni idea de cuáles serán sus razones para acabar con ella) se abrirán los cielos y habrá un juicio final multitudinario.
Los malos alumnos estudiarán que dentro de otros 4.500 millones de años, el sol se habrá convertido en una enana blanca y habrá hecho arder como una tea este atormentado planeta.
Y con él arderán todos nuestros descendientes, los alumnos buenos y los malos. Y los contadores de cuentos chinos.