Opinión
Refundar los cuatro mundos
Por Amparo Estrada
La ONU contabiliza 192 países en el mundo, de los que 100 disfrutan de democracias electivas. Existe además otra decena de situaciones discutidas, con sangre, que no permiten ni la existencia de algo similar a un Estado (Palestina, Taiwán, República Turca del Norte de Chipre, Kosovo…). En total, sobre el planeta Tierra hay unos 7.000 millones de personas, de los cuales alrededor de una cuarta parte vive en sistemas realmente capitalistas. El resto de la humanidad, más de 5.000 millones, se ve sometida en sus países a otras formas de regímenes económicos, desde autoritarismos esclavizantes en todos los ámbitos, hasta sistemas de gobierno basados en la corrupción absoluta como forma de progreso. Entre todos, tenemos las siguientes definiciones: Mundo Desarrollado, Países en Vías de Desarrollo y Tercer Mundo. Podríamos añadir una cuarta, que sería el Inframundo: capas de Tercer Mundo entreveradas en el Mundo Desarrollado y capas de Mundo Desarrollado en Países en Vías de Desarrollo y en el Tercer Mundo.
En auxilio –dicen– de esos cuatro mundos, se van a reunir el 15 de noviembre, en Washington, los presidentes de los gobiernos invitados por Bush y Sarkozy a la cumbre del llamado G-20. Ese día, nuestros paladines, tras descender de las limusinas Cadillac DTS Full Equipment puestas a su disposición para el transporte hasta la Casa Blanca, refundarán el capitalismo. Con un par. Ese mismo día también se habrán cumplido siete semanas desde que, el 25 de septiembre, en Nueva York, a 387 kilómetros de Washington, en la sede de las Naciones Unidas, otra reunión de líderes, la oficialmente llamada Reunión de Alto Nivel para el Desarrollo de los Objetivos del Milenio, decidiera refundar la pobreza. Con otro par.
Así que coinciden en el tiempo las refundaciones del capitalismo y de la pobreza, lideradas en ambos casos por prácticamente los mismos gobernantes mundiales. Y las dos cuentan con muy dispares colchones previos: la primera, con las ayudas internas contra la crisis financiera que aprobaron en octubre todos los gobiernos europeos y el de Estados Unidos, que suman entre todos 2,6 billones de dólares (algo más de dos billones de euros) para ayudas directas a entidades financieras, recapitalización de deudas, avales y garantías, compras o canjes de activos (bonos basura, hipotecas incobrables…). Y la segunda, con los 16.000 millones de dólares (12.600 millones de euros) acordados por los mismos gobiernos del G-20, junto con otros 20, más varias fundaciones y otras entidades civiles filantrópicas, para erradicar del mundo la miseria, la incultura y las enfermedades endémicas, todo ello hasta 2015. Esos 16.000 millones de dólares para los pobres representan el 0,006% de los 2,6 billones para los ricos. No está mal.
Todos nosotros, la mayor parte de los que habitamos estos países capitalistas, nos beneficiaremos de la primera pasta. De la segunda, ya veremos… Y agradeceremos tamaña montaña de dinero pensada para que suframos menos el paro, consigamos condiciones de créditos menos hostiles, encontremos precios más asequibles y tengamos los servicios públicos básicos y el Estado del bienestar garantizados… O sea, para que podamos salir del atolladero de la manera menos traumática y en el menor plazo de tiempo posible. A corto plazo, los fondos van a salir del endeudamiento del Estado, es decir, nuestro endeudamiento, y, a medio y largo, se supone que de la riqueza nueva creada en un entorno económico más favorable.
No se sabe todavía si hay alguna iniciativa de nuestros líderes internacionales para refundar la semántica. En la práctica, enfrentado tanto a los ismos dogmáticos y autoritarios, como a los sistemas tribales y corruptos, el capitalismo se ha demostrado el mejor sistema económico posible, siempre que vaya acompañado de democracia política y un Estado organizado mínimamente capaz de redistribuir la riqueza privada generada por la libertad de mercado en la cantidad suficiente como para ofrecer a la comunidad un Estado del bienestar e igualdad de oportunidades. A pesar de la existencia de trampas y corrupción, un porcentaje de Inframundo no altera la realidad: en las democracias capitalistas, la vida es mucho más fácil y satisfactoria para el ciudadano corriente. Las energías y el dinero que se van a gastar en algo tan rimbombante como refundar el capitalismo –para lo cual bastaría aplicar el sentido común y poner límites a los abusos– serían más necesarios para cambiar algo de los otros tres mundos. Se puede elegir: enfermedad, pobreza, corrupción...
¿Seguro que lo que se quiere refundar es de verdad el capitalismo, la creación de riqueza y su reparto? Igual lo que más nos interesa a los de aquí, a los del Mundo Desarrollado, no es refundar todo eso, sino la semántica. Por ejemplo: donde ahora decimos “riqueza”, deberíamos decir “pastel”; y donde decimos “creación y reparto de la riqueza”, deberíamos decir “creación y reparto del pastel”. Igual nos entenderíamos mejor para poder refundar nuestros cuatro mundos.