Opinión
Los sindicatos aún respiran
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
Tras años de hibernación en los que se llegó a temer por su vida porque en el interior de sus sedes sólo se escuchaban lamentos –se lamentaba mucho el paro, las políticas neoliberales, los recortes, la reforma laboral, el hachazo a las pensiones, el retroceso en las libertades y hasta su propia penuria económica-, los sindicatos parecen haber empañado de vaho el espejito, que es una prueba médica irrefutable de que los moribundos aún respiran.
Nunca como en estos últimos años habían sido más necesarios y nunca como en este tiempo han estado más ausentes, paralizados, a la defensiva, incapaces de abanderar las demandas de una sociedad pisoteada, y sin otra función que esquivar golpes para minimizar sus propios daños. Como es obvio, al despertar del coma que ellos mismos se habían inducido, siguen estando al pie de la cama los mismos dinosaurios, que no por el hecho de cerrar los ojos y desearlo iban a desaparecer los escándalos de los ERE, de los cursos de formación, de sus consejeros black y de otros excesos o milagros, tal que descubrir que un histórico líder minero como Fernández Villa era un millonario que se acogía a la amnistía fiscal.
La resurrección coincide con esta nueva legislatura sin mayoría absoluta, en la que será muy tentador simular que aquí no ha pasado nada y volver a ejercer de útiles floreros de algún acuerdo de rentas o de eso que se dio en llamar la concertación y que consiste en hacerse una foto en La Moncloa mientras se firma solemnemente algún que otro papelito que ya está mojado cuando se pone sobre la mesa. Las centrales quieren, faltaría más, que los parados de más de 52 años tengan subsidio, que el salario mínimo deje de ser un congelado de La Sirena o que no se pueda despedir a los rubios por alguna mala experiencia capilar del empresario, aunque en el momento en que todas esas conquistas fueron aniquiladas y se llamó a sus timbres nadie contestó al otro lado de la puerta.
Se dirá que es inútil enarbolar una bandera si no hay nadie que avance tras ella y que bastante tuvieron con la experiencia de esas dos huelgas generales de 2012 casi fantasmas, pero no lo es menos que si las convocaron fue sobreponiéndose a su propio susto y después de que Rajoy las exigiera a gritos para demostrarle a Merkel que sus reformas eran muy dolorosas. Su cautela a la hora de quedar reducidos a la insignificancia fue digna de los elogios más encendidos.
Más allá del cambio en la secretaría general de UGT, que después de dos décadas el sillón de Cándido Méndez ya se había ahormado a sus posaderas y requirió un tapicero de urgencia, no ha habido -que se conozca- cambios relevantes en el funcionamiento sindical para adecuarlo a una realidad distinta, aunque sólo consistiera en una mínima renovación de su arsenal con el que combatir además las polillas de las banderolas, toda una plaga. Han tenido que ser los propios trabajadores los que demostraran que se puede dar la batalla en la calle y vencer, como en el conflicto de limpieza en Madrid, o que se puede torcer el brazo a una multinacional como Coca-Cola peleando también en los juzgados y en las redes sociales.
UGT y CCOO son hoy una sombra, una máquina de perder afiliados, cuya cifra por cierto sigue siendo casi un secreto. Nada se ha hecho para cambiar la escasa preparación de sus cuadros o para aumentar su presencia en las pequeñas y medianas empresas, donde radican más del 90% de los centros de trabajo del país, porque para muchos delegados es duro recorrer los polígonos industriales, sobre todo en invierno cuando hace frío o amenaza lluvia.
Tampoco nada se ha avanzado en lo que, a simple vista, parecería la solución lógica a un movimiento desarbolado: la fusión orgánica de dos marcas redundantes para intentar construir una organización fuerte, autosuficiente, capaz de resistir cualquier acometida y de inspirar algo más que pena en la defensa de los derechos de los trabajadores. Ello implicaría, claro está, reducir a la mitad la burocracia sindical, y eso son palabras mayores para los que tienen un carguito y temen perderlo por una tontada.
En algún momento, los sindicatos han de asumir que son imprescindibles y que la realidad no se afronta con la estrategia del avestruz o la del mal menor. Es una alegría que aún respiren, y será mayor si algún día se recuperan de la atrofia muscular que su postración les ha provocado. De sus primeros pasos estarán pendientes asalariados, parados, pensionistas, dependientes, y en general todos aquellos que a día de hoy han aceptado que el mileurismo no es una condena sino una meta. Defraudarles de nuevo les haría pensar que la eutanasia no es mala solución para quienes no quieren seguir luchando.