Opinión
Y ponme también tres cuartos de ovarios congelados para llevar
Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Uno de los momentos más dolorosos de mi vida fue en la consulta de una ginecóloga cuando me preguntó cuántos hijos había tenido y cuántos embarazos. Le contesté que una hija y cero embarazos. Ella me miró enfadada pensando que le estaba vacilando. Yo le expliqué entonces que no le estaba tomando el pelo, sino que mi hija era adoptada, y fue entonces cuando levantó por primera vez la vista de la pantalla del ordenador y me dijo sin miramientos que ella por lo que me había preguntado era por los hijos "de verdad". Ante esto me quedé sin palabras -raro en mí- y solo acerté a levantarme de la silla y pirarme a casa a abrazar a mi hija "de mentira". No voy a ocultar que me sentí dolida con esta interacción, a pesar de que cuando se es madre adoptiva crees que ya estás vacunada contra todo tipo de comentarios que, hechos incluso desde la buena intención, no dejan de ser bastante desafortunados y crueles, fruto de la ignorancia y los prejuicios. Pero es que resulta que la maternidad, esa cosa que asumimos como algo "natural", como un hecho inevitable en la vida de las mujeres, es, en realidad, una realidad y un concepto que siguen generando dudas, polémicas y, sobre todo, críticas. Un laberinto en el que acabamos atrapadas todas las mujeres.
Porque realmente no importa qué es lo que hayas decidido hacer con tu vida y con tu cuerpo, siempre te vas a sentir señalada y cuestionada. Siempre va a haber alguien que venga a recordarte que lo estás haciendo mal, que te estás equivocando. Si optas por renunciar a la maternidad se te va a juzgar sin piedad, pero si optas por tener hijos tampoco te vas a librar del ojo escrutador o de las críticas: da igual que trabajes, seas madre joven, madura, estés sola, en pareja, te quedes en casa, amamantes, optes por el biberón, contrates ayuda o que esta venga de la familia, porque, hagas lo que hagas, elijas lo que elijas, estate segura de que está mal y que la culpa será toda tuya. En un mundo en el que están cayendo en picado los índices de natalidad, hemos decidido señalar a las mujeres y al feminismo, y optar por soluciones individualistas, mercantilistas y cortoplacistas antes que plantearnos que el problema reside en que vivimos prisioneros de una sociedad de mierda que ha tirado por tierra cualquier posibilidad de construir un futuro en comunidad, justo, ilusionante, solidario y sostenible para todas las personas.
Este verano, una vez más, hemos visto cómo los barrios se han convertido en clúster de pisos turísticos y, las plazas y espacios públicos, en cotos destinados a las terrazas hosteleras. Cualquier posibilidad de usar la calle para algo que no implique consumir ha quedado prácticamente vetada, incluido jugar a la pelota o corretear. La ciudad ya no está hecha para la ciudadanía, mucho menos para la infancia. Además nuestros horarios giran alrededor de las necesidades del mundo laboral y empresarial y nuestros impuestos se dilapidan en áticos de lujo, en subvencionar a la sanidad privada y a los que torturan toros en nombre del arte y la tradición en vez de financiar la construcción de escuelas, hospitales y viviendas públicas, acabar con la pobreza infantil o garantizar que toda la ciudadanía viva en condiciones dignas y saludables.
Pero así es el capitalismo de amiguetes que tan alegremente estamos sosteniendo con nuestros votos, palabras y acciones. Un sistema que se encuentra ya en su última fase y que, por eso mismo, es más peligroso que nunca. Una maquinaria suicida y moribunda que para sobrevivir necesita desangrar y exprimir hasta el aire que respiramos y, sobre todo, enfrentarnos entre nosotros para que nos peleemos por las sobras y los despojos. Y así, cualquier concesión que se nos haga, cualquier pequeño detalle con el que nos traten de consolar o aplacar, lo recibiremos con alegría, como un avance y una buena noticia, y no como el parche con el que estamos aplazando, aunque sea un poquito más, el inevitable hundimiento.
Y sin embargo no podemos caer en la tentación de culpar a quienes se agarran a estas dádivas como última esperanza, como el único medio que han encontrado para llevar a cabo alguna de sus aspiraciones vitales, algunos de sus sueños. Aunque esto implique aplazarlos o ceder parte de nuestros cuerpos, en este caso nuestros ovarios, a unas empresas que ahora también quieren marcar, como dioses infalibles, cuándo y cómo hemos de ser madres para que esto no interfiera en sus intereses y necesidades empresariales. Lo que no deja de ser un regalo envenenado, una trampa para las mujeres y una nueva derrota de la Ilustración y lo comunitario en tiempos de reaccionarios.
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