Opinión
Sobre el deseo de no vivir

Periodista y escritora
La violencia sexual de los hombres contra las mujeres y las niñas atraviesa nuestras vidas enteras y las tiñe de una tensión no sé si hacia la muerte, pero sí hacia la no-vida.
La decisión de morir, de matarte –no el deseo, sino la resolución– no tiene un análisis simple ni una sola causa o explicación. En todas ellas está presente y es determinante la violencia macho estructural.
Para acercarnos a ese lugar, necesitamos dar un paso previo, retroceder. Desplazarnos de la determinación de matarte al deseo de morir, que es anterior. Entre el deseo de morir y la decisión de matarte media un mundo. No existe tanta diferencia entre el deseo de morir y la urgencia de no vivir (activo), o de no estar viva (pasivo). Los matices existen y cada circunstancia merecería su atención: deseo de no estar viva, deseo de morir, decisión de matarte.
La violencia sexual, sobre todo en la infancia y la adolescencia, pero no sólo, tiene como consecuencia una vida extremadamente dolorosa, extenuante. Una vida que te expulsa de sí. Una vida que deseas dejar de vivir.
La violencia sexual comporta, en la mayoría de los casos, todos o alguno de los siguientes daños: disociación, autolesiones, desórdenes alimentarios, consumo de alcohol, consumo de estupefacientes, hipersexualidad o su contrario, relaciones tóxicas y violentas, ideas suicidas, trastornos psicológicos varios y un rosario de daños minuciosos, constantes.
Tras las violencias sexuales, tu existencia se convierte en un continuo viaje, deliberado o no, hacia el estado de inconsciencia. Se trata de sobrevivir. Y, si la vida consiste en sobrevivir, una bien puede cansarse de esa lucha.
El dolor derivado de las agresiones macho, y muy especialmente las violencias sexuales, funciona por acumulación. Todo lo que funciona por acumulación llega un momento –o muchos momentos, que la vida es larga– en que resulta insoportable. No es dolor, sino suplicio, tortura.
De la muerte de Noelia Castillo no se puede hablar sin poner en el centro la violencia sexual.
A veces me resulta tan evidente la sensación de que van pasando a cuchillo por nuestras vidas que es casi física. Llegan, o quizás ya estaban ahí, hieren y un tiempo después –a veces lo que dura el gesto, otras toda una vida–, desaparecen, sustituidos por otros semejantes que también llegan, hieren, parten. Todas sabemos de casos en los que no partieron, abuelas atadas durante toda su existencia a la violencia macho.
Atraviesan tu vida entera. A veces una decide que esa vida no merece ser vivida. Eso sucede muchas, muchísimas veces. Lo sabemos bien quienes hemos pasado por ahí. Desde que, sobrecogida, me enteré de las violencias sexuales que contó la propia Noelia Castillo me rondan dos ideas. La primera, que ese relato suyo fue un acto político. La segunda, que no sé cómo sigo viva.
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