Opinión
Beber: la anestesia de la distopía

Por Anita Botwin
El programa de Salvados “Bebo Lo Normal” lanzaba una reflexión sobre el consumo de alcohol en nuestro país. Uno de los datos que escandalizó a Gonzo fue la edad en la que se empieza a consumir alcohol en nuestro país, a los catorce años. Quien más quien menos tiene un recuerdo infantil asociado al consumo de alcohol. Yo, por ejemplo, recuerdo a mi abuela decir a mis padres “dadle un poquito de anís, que se moje los labios”. También recuerdo cómo mi abuelo decía que se echaba ginebra con el café para paliar el dolor de garganta. O las hierbas de orujo, por supuesto de lo más digestivas, siempre después de una comida pesada. Al alcohol se le abre la puerta desde que somos bien pequeños y si te lo ofrecen tus seres queridos, ¿cómo va a percibirse como algo negativo? Beber alcohol está muy normalizado y quien se declara abstemio suele ser señalado o cuestionado constantemente, como cualquiera que se sale de la norma. Al final, a veces es más fácil beber que aguantar el cuestionamiento y el juicio de los demás. A veces es más fácil formar parte del rebaño que la incomodidad resultante de salirse del mismo.
Los bares son pequeñas capillas a las que va la gente a olvidar sus frustraciones y son los sustitutos del psicólogo, que hoy en día pocos pueden pagar y que brillan por su ausencia en la sanidad pública. Es importante recordar que contamos con cinco psicólogos por cada 100.000 habitantes y que nuestro país tiene menos psicólogos que la media europea. Este dato es contrarrestado porque es el país también con más bares por habitante y después de Portugal, somos el país que bebe con mayor frecuencia, según el programa de Salvados. Que se lo digan a Ayuso y a su Libertad, propinas mediante. El modelo productivo de nuestro país gira en torno a la hostelería y muchas personas son familiares de alguien con un bar o un restaurante.
Sin embargo, no se trata de señalar o estigmatizar a quien bebe o se droga, sino los motivos que nos pueden llevar a ello. Por un lado, se encuentra el acceso fácil y barato del alcohol en España. El hecho de poder conseguirlo al mismo tiempo que una barra de pan da un mensaje inequívoco de que no es algo nocivo, sino algo tan normal como el comer.
Por otro lado, el alcohol tiene un poder relajante y aporta una mayor confianza en las situaciones sociales. Nos evade y nos traslada a lugares a los que no iríamos si no lo consumiéramos, como ocurre con cualquier otra droga, ya sea legal o no. Hay personas tímidas, introvertidas, que necesitan sustancias para relacionarse con el resto porque no han conocido otras herramientas para hacerlo.
Mi primera borrachera fue a los catorce años. Tomamos sidra calentorra y me sentó fatal. Sin embargo, al fin de semana siguiente volví a ello, como quien forma parte de un ritual, sin tan siquiera preguntarme por qué lo hacía. Ahora ya quedaron atrás los botellones, pero en cualquier cena o fiesta no puede faltar el alcohol, lo tenemos demasiado normalizado e instaurado. Nadie pregunta si quieres beber o no alcohol, sino si prefieres vino o cerveza.
Así mismo, está el factor evasor del alcohol. En los tiempos que corren, mucha gente necesita que llegue el finde y olvidar el día a día, la precariedad y los problemas de la cotidianeidad. Comentaba uno de los participantes del programa de Salvados que el ser humano aguantó la revolución industrial porque había alcohol y quizá no le faltaba razón. No falta tampoco la imagen del hombre veterano de guerra que antes de que le amputen una pierna o un brazo pide un trago de whisky, o la imagen de Mad Men en la que el alcohol da una especie de prestigio y madurez. Beber es cool porque te hace parecer fuerte cuando muchas veces puede ser más bien lo contrario.
Durante mucho tiempo ha sido también normal el ser hombre e irse al bar después del tajo, algo que sigue ocurriendo aunque por suerte no de la misma manera. De esta forma, el hombre se iba al bar a ahogar las penas o a festejar y la mujer se quedaba en casa a cargo de la familia y los cuidados. Por tanto, también ha existido y existe un claro sesgo de género en la ingesta de alcohol y en cómo lo percibimos culturalmente. Mientras estaba bien visto y aceptado que el hombre bebiera, la mujer que bebía era la borracha mala madre abandona hijos. Sin embargo, esta brecha se ha ido reduciendo en los últimos años y las mujeres han ido mimetizando los comportamientos masculinos, aunque según diversos estudios, los hombres suelen consumirlo fuera de casa, mientras que las mujeres lo hacen dentro, lejos del juicio social de los demás. Los hombres suelen hacerlo influenciados por presiones sociales, laborales y el sentimiento de masculinidad que les aporta; mientras, las mujeres lo hacen por dificultades de conciliación familiar.
Lo importante es que el cambio ya ha empezado desde el momento que nos preguntamos si es normal beber alcohol y sobre todo si es normal hacerlo en grandes cantidades y como algo necesario para poder vivir y aguantar los golpes cotidianos. Pero más allá de ello, cabe preguntarse los motivos que nos llevan a ello, a desatender otras cuestiones, ya sean los cuidados en el hogar, a la familia, y a una misma. En muchos casos, y consecuencia del sistema en el que vivimos, parece más un tipo de anestesia barata y accesible para huir de la distopía en la que estamos asentados.

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