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El nuevo Ejecutivo socialista Los 18 días que llevaron al PSOE del ostracismo al Gobierno

Algunas encuestas sitúan ya a Sánchez como el líder más valorado y a su partido como mayor intención de voto

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (4ºd), posa para la foto de familia con el resto del Ejecutivo tras la primera reunión del Consejo de Ministros. EFE/Chema Moya

En tan sólo 18 días el escenario político español ha dado un vuelco inusitado, derribando esquemas, previsiones, perspectivas electorales, estrategias políticas y hasta a un presidente del Gobierno.

Ni el mejor guionista del Ala Oeste de la Casa Blanca podría haber ideado una trama más acelerada, rocambolesca, sobresaltada, con personajes tan bien perfilados y con una final tan sorprendente, como lo que ha dado en este país desde el 23 de mayo al 8 de junio.

Sólo basta recordar en qué situación estaba el tablero político el citado 23 de mayo. El presidente del Gobierno, Marano Rajoy, salía del Congreso con los Presupuestos Generales del Estado debajo del brazo, que le daba un horizonte político de estabilidad hasta 2020.

Con ello, el panorama hasta las siguientes elecciones se antojaba monótono y aburrido. Poco se iba a legislar en el Congreso entre los vetos del Gobierno y el difícil equilibrio de mayorías parlamentarias; y el desafío político más apasionante que se vislumbraba en el horizonte era las elecciones municipales, autonómicas y europeas de mayo de 2019.

Esta situación, además, condenaba al PSOE al ostracismo político, con un líder fuera del Congreso, las principales iniciativas política ya las habían registrado en la Cámara Baja, y como todo plan político a medio plazo, una quimera llamada “Diez acuerdos de país”, con la que se pretendían alcanzar algunas mayorías parlamentarias en temas concretos, lo que no estaba en modo alguno garantizado. "Sánchez ya tiene dos años parar irse de asambleas, que es lo que de verdad le gusta", comentó un diputado andaluz del PP el mismo día de la aprobación de las Cuentas del Estado.

Algunos apuntaron que la cara de Rajoy ese día no era precisamente de fiesta pese a la aprobación de los Presupuestos, y sospecharon que el presidente ya conocía la sentencia de Gürtel, pero lo que nadie podía prever era el impacto que produjo dicha condena por la financiación ilegal del PP.

Tras conocerse la sentencia, las primeras horas del 24 de mayo transcurrieron según lo previsible. El líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias, exigía otra vez al PSOE la presentación de una moción de censura para volver a poner en evidencia a Pedro Sánchez. Albert Rivera decía que Ciudadanos se iba a pensar qué hacer en una reunión de su dirección. Y el PP seguía la estrategia que siempre le funcionó tan bien: negar lo evidente sin ningún pudor.

Sin embargo, el líder del PSOE, Pedro Sánchez, se encerró con su equipo de fieles en la cuarta planta, y no dijo nada durante varias horas que se hicieron larguísimas. Pocos apostaban entonces porque los socialistas dieran el paso de la moción de censura, mientras se guardaba un silencio espeso en Ferraz. "No se puede apoyar en los independentistas". "Los barones no le van a dejar". "Si la presenta y la pierde, tendrá que dimitir, por eso no lo va a hacer", eran algunas de las especulaciones que se hicieran durante ese tiempo y era el convencimiento político y mediático general.

Pero faltaba un dato. Sánchez, con el apoyo incondicional de Adriana Lastra, había decidido desde el primer minuto jugársela una vez más. Solo necesitaba tiempo para convencer o pacificar al resto del partido, aunque tampoco le hubiera amedrentado haber tenido voces en contra.

A la mañana siguiente, Sánchez convocaba en Ferraz una conferencia de prensa para hacer pública su decisión, confirmando lo adelantado por Público la noche anterior: presentaría una moción de censura.

A Sánchez le entró el miedo escénico ese fin de semana, en gran parte, porque la opinión generalizada era que el líder socialista volvería a fracasar en su segundo intento de asaltar La Moncloa, como le ocurrió en la investidura.

Dos hechos claves

El lunes 28, sin embargo, se encontró con una decisión de la presidenta del Congreso que pudo ser determinante para el desenlace final. La moción se debatiría en 72 horas, si Sánchez daba su visto bueno a ese corto plazo, y Sánchez dijo "sí".

Lo que parecía toda una operación para no dar tiempo al PSOE a articular ningún tipo de alianza, se convirtió en la principal baza política de Sánchez que, además, coincidía con su estrategia; nada de reuniones interminables de equipo de trabajo con los distintos partidos, nada de acuerdos programáticos y nada de condiciones o líneas rojas. Solo había que tomar una decisión: o se mantiene a un presidente cuyo partido ha sido condenado y está rodeado de casos de corrupción, o se busca una salida de regeneración democrática.

Con todo, los dos primeros días de esa semana parecían vaticinar el fracaso de la moción. José Luis Ábalos aceleraba contactos, Sánchez tiraba de teléfono y de personas relevantes que podían acercar posiciones, pero en el PP había la completa seguridad de que Sánchez volvería a fracasar.

Y, de nuevo, el líder socialista se encontró con otro hecho inesperado. El anuncio hecho de Pablo Iglesias el martes 29, de que, en caso de no prosperar la moción de Sánchez, su partido se planteaba presentar otra de inmediato para la convocatoria inminente de elecciones generales, que era lo que no quería el PNV.

La jugada de Iglesias, pretendiera este objetivo o no, hizo repensar su posición al PNV y empezaron a temblarle las piernas al PP. Los vascos podían soportar el desgaste de mantener a Rajoy en el poder tras la sentencia con tal de prolongar la cita electoral y confiar en aquello de que el tiempo lo olvida todo; pero no estaba dispuesto a pagar este precio con el riesgo de ir al a urnas en octubre. Su principal condición para cambiar de posición era que se mantuvieran los Presupuestos pactado con el PP, y Sánchez volvió a decir "sí".

La moción de censura fue un paseo para Pedro Sánchez y un calvario para Rajoy, que celebró el fin de su vida política en un restaurante durante ocho horas, mientras se celebraba el pleno que ponía fin a su mandato.

La bomba atómica había estallado en la política española, y el sábado, 2 de junio, Sánchez juraba en Zarzuela su cargo como presidente del Gobierno, con un país que todavía no daba crédito a lo ocurrido, pero que tenía al frente a un político al que le había hecho dimitir de su propio partido, y que hace año y medio estaba en el paro.

Un Gobierno sorprendente

Sánchez pasó la semana fuera de los focos mediáticos, mientras su equipo lanzaba liebres sobre cuáles serían las primeras actuaciones del Gobierno. El martes se filtró el nombre de Josep Borrell como ministro de Asuntos Exteriores. El azote del separatismo estaría al lado de un presidente que auparon los independentistas.

Luego, en un goteo interminable de filtraciones, siguieron apareciendo nombres de quienes se iban a sentar en el Consejo de Gobierno y, no había que ser un lince para detectar que había un denominador común: una apuesta por las mujeres y por la igualdad. Carmen Calvo, Teresa Ribero, Magdalena Valerio, Meritxell Batet, Carmen Montón, Nadia Calviño… Hubo un momento, antes de conocerse la composición completa del Consejo de Gobierno, que el número de mujeres representaba más del 80%.

A esto se unió el asombro que supuso que se incorporara al Gobierno el astronauta Pedro Duque; o un juez tan polémico como Fernando Grande Marlaska. "Sólo falta que ahora diga que Cultura lo lleva Beyoncé", se comentaba en tono de broma cuando todavía se desconocía la persona que se encargaría de esta cartera.

Sánchez dejaba boquiabierto a todo el mundo, formando con Gobierno con dos características muy clara: una apuesta por las mujeres en puestos importante, y por personas sobradamente preparadas. que no necesitan la política para vivir.
Pero, además, ha colocado en la agenda temas que antes no estaban como el Cambio Climático, Migraciones o la Formación Profesional. El 8 de junio se hacían la tradicional foto en la escalinata de La Moncloa.

Vuelve la ilusión al PSOE

Todo ello ha devuelto la sonrisa y la ilusión al PSOE, hundido anímica y electoralmente desde 2011, y al que todos los analistas pronosticaban una larga travesía en el desierto, más allá incluso de 2020.

De pronto, en 18 días, varias encuestas lo sitúan como primera fuerza política, se aplaude al Gobierno que ha nombrado y Sánchez aparece como el líder más valorado, por encima hasta de Albert Rivera. De golpe, se han acabado las divisiones internas y, quien más y quien menos, matiza la valoración que antes tenía de Sánchez.

No obstante, el propio presidente y su equipo más cercano saben que lo que se avecina no es nada fácil. Es el Gobierno con menos apoyo parlamentario, el conflicto de Catalunya está muy lejos de que se atisbe una salida y el PP anuncia una oposición de tierra quemada. Un colaborador muy cercano a Sánchez lo sabe. “Pero hay que aprovechar la luna de miel”, dice. Luego ya vendrá el pan de cada día.

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