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análisis El nuevo Gobierno andaluz de PP y Cs o cómo normalizar a la ultraderecha en siete meses

PP, Ciudadanos y Vox forman en este momento un trío sólido en la Comunidad

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Rogelio Velasco (Ciudadanos), Juan Bravo (PP), Alejandro Hernández (Vox), Manuel Gavira (Vox)  y Francisco Serrano (Vox), durante la firma de su acuerdo. Europa Press

La consecuencia más profunda y relevante del cambio de ciclo que se inició en Andalucía hace siete meses con la elección de Juanma Moreno (PP) -el primer presidente de un partido diferente al PSOE en la historia de la autonomía- ha sido la normalización de las tesis de Vox, un partido de ultraderecha que regresaba a las instituciones 43 años después de muerto el dictador.

La irrupción de Vox el pasado 2 de diciembre, acompañado de un discurso corrosivo y unas ideas antifeministas, xenófobas y ultranacionalistas, causó un terremoto político de intensidad mayúscula, no solo en Andalucía, sino en el resto del país. La victoria de la izquierda -de momento, no consumada- en las pasadas elecciones generales ha sido uno de los efectos colaterales.

En este tiempo, los ultras han logrado asentarse en la escena política andaluza gracias a tres factores fundamentales. Por un lado, las aritméticas parlamentarias, que hacen su colaboración imprescindible si la derecha quiere aprovechar la ocasión para hacer un proyecto mínimamente perdurable en Andalucía. Sencillamente, sin Vox es imposible.

Por otro lado, el PP nunca dudó. Si Vox le daba los votos, que se los dios, bienvenidos, aun a costa de jugar con fuego, con un discurso -de momento- que estaba erradicado de la política española desde hace 30 años. El PP, desde el acuerdo que firmó con los ultras para hacer presidente a Moreno, ha jugado a blanquear a Vox, a homologarlo como un partido más del arco parlamentario, equiparable por la banda derecha a Podemos en la banda izquierda.

Por último, las dudas iniciales de Ciudadanos a amarrarse a Vox se han disipado meses después. Su jefe máximo, Albert Rivera, en la disyuntiva entre Vox y PSOE, ha elegido a la ultraderecha. Ciudadanos, ahora mismo, es un partido indistinguible del PP. Ha abandonado el centro y, por ello, como consecuencia inmediata, han dejado el partido dirigentes muy relevantes, de indudable trayectoria democrática, incluido uno de sus señeros fundadores, Francesc de Carreras.

El punto de inflexión

El punto de inflexión en Andalucía estuvo en el pacto presupuestario. Vox amenazó con cargárselo todo, lo que al final no hizo, pero su órdago sirvió para liquidar de un plumazo la ficción en la que quería vivir Ciudadanos: la de que el cambio en la Comunidad había llegado solo con dos partidos, ellos y PP. Dicho de otro modo: El órdago de Vox desnudó a Ciudadanos, que se vio obligado a tragar con conceptos como violencia intrafamiliar.

Esa ha sido, en el fondo, la gran victoria de Vox: colocar su mercancía ideológica, introducirla en el mercado político convencional. Y eso lo ha hecho con la complicidad imprescindible, necesaria, de PP y Ciudadanos. Entre los tres parece haber un tácito acuerdo: para PP y Ciudadanos el poder, la Junta de Andalucía, para Vox, las simbólicas victorias ideológicas.

Rogelio Velasco, el consejero de Economía, firmó en nombre de Ciudadanos el pacto presupuestario con Vox y PP. Después de eso, de ese momento originario, podría afirmarse que Ciudadanos le ha perdido el miedo al acercamiento al partido ultra. Incluso el vicepresidente Juan Marín, hace unos días, después de meses de resistirse a los guiños, reconoció la labor de Vox y su colaboración a la hora de darle estabilidad al Gobierno andaluz.

En este tiempo, Vox también ha logrado moderar sus formas, que no su discurso, y, ciertamente, el portavoz, Alejandro Hernández, teniendo ideas similares a las de Francisco Serrano, el cabeza de cartel de Vox en las autonómicas, es una persona con la que han logrado entenderse los dirigentes de PP -el consejero de la presidencia, Elías Bendodo, el portavoz parlamentario, José Antonio Nieto- y de Ciudadanos -el mismo Marín y el portavoz, Sergio Romero-.

Se podría decir que, como siempre en política, el factor humano juega su papel. En esta ocasión, la progresiva sustitución de Serrano por Hernández le ha permitido al Gobierno de coalición de PP y Ciudadanos presumir de estabilidad en un momento, precisamente, en que la izquierda no ha logrado ponerse de acuerdo en España. PP, Ciudadanos y Vox forman en este momento un trío sólido en la Comunidad.

Hernández es un tipo frío, que maneja un discurso duro de ultraderecha, que expresa de manera frontal, con pocas palabras, y que ha logrado tener lo que podría llamarse buen rollo con la cúpula del Gobierno de Andalucía.

El ascenso de Hernández ha ido en paralelo al hundimiento de su líder, Francisco Serrano, quien se ha autodestruido por su crónica obsesión antifeminista que, por momentos, ha rozado la misoginia, y que superó todos los límites de lo razonable cuando el Tribunal Supremo sentenció a La Manada.

Volver a empezar

La realidad es que la complacencia de PP y Ciudadanos con Vox no ha hecho que los ultras se muevan de sus posiciones xenófobas, antifeministas y ultranacionalistas hacia el centro del tablero.

Por el contrario, lo que ha causado es un retroceso, una involución del propio debate público, al polarizar de manera extrema las posiciones y generar ásperas discusiones sobre asuntos en los que Vox, sencillamente, niega la realidad, como por ejemplo, la existencia de una brecha salarial por razón del sexo, de una discriminación de las mujeres por el hecho de serlo.

Los partidos de izquierda, ante la renuncia de las derechas a pararle los pies a los ultras, se han visto obligados a liarse de nuevo la manta a la cabeza para defender una vez más derechos largamente peleados, que ha costado generaciones poner en pie, y que parte de la derecha estaba comenzando a asumir como razonables, como por ejemplo, la recuperación de las víctimas de la represión franquista.

La llegada de Vox ha supuesto sonoros desprecios a las víctimas de la dictadura y ha provocado también que la sombra de sospecha, a veces, planteada en unos términos que rozan la persecución ideológica -proscrita, por supuesto, en la Constitución Española- caiga sobre los trabajadores públicos.

Todo ha sucedido con la protección, por así decirlo, de PP y de Ciudadanos, quienes, sobre todo los primeros, se han comportado en el Parlamento como el hermano mayor de un pariente díscolo y travieso, a quien hay que defender de los ataques de la izquierda.

Pero es algo más. Para lograr la estabilidad del Gobierno, a cambio de la perdurabilidad del experimento andaluz, PP y Ciudadanos incuban el huevo de la serpiente.

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