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Andalucía en el ecuador de la legislatura: Moreno se asienta gracias a Vox y Cs mientras la izquierda busca un camino

A dos años de las autonómicas que acabaron con 37 años de gobiernos socialistas en Andalucía, la derecha y la ultraderecha juegan sus cartas, mientras el PSOE y los partidos a su izquierda trabajan en consolidar una alternativa

El presidente de Andalucía, Juanma Moreno, se ha reunido este martes con la líder del PSOE-A, Susana Díaz en San Telmo. /PSOE-A
El presidente de Andalucía, Juanma Moreno, junto a la líder del PSOE-A, Susana Díaz en un encuentro en San Telmo durante la pandemia. /PSOE-A.

raúl bocanegra

Hace dos años, el 2 de diciembre de 2018, se produjo la mayor sorpresa en unas elecciones andaluzas. Por primera vez, el PSOE y las fuerzas a su izquierda perdían, contra pronóstico, la mayoría absoluta. La suma de PP, Ciudadanos y de Vox –el partido que representa a la ultraderecha, que regresaba a las instituciones por primera vez desde la transición– daba para hacer por primera vez un gobierno sin el PSOE.

Albert Rivera, entonces al frente de Ciudadanos, y Juan Marín, hoy vicepresidente de la Junta, se lanzaron y Juanma Moreno, el candidato del PP por el que nadie daba un duro y para el que Pablo Casado tenía preparado un puente de plata y todo un plan para relevarlo, se convirtió de la noche a la mañana –y a pesar de obtener un resultado pésimo para su partido– en presidente de la Junta de Andalucía, la administración con el mayor presupuesto después de la del Estado.

"He tenido suerte", admitió Moreno el día de su investidura. Tras décadas de travesía en el desierto, con los votos de Vox y Ciudadanos sumados a los de su partido, acababa con la hegemonía socialista en Andalucía e inauguraba un experimento político inédito que luego fue replicado en Madrid y en Murcia.

Dos años después, en el ecuador de la legislatura, Moreno se ha asentado en la presidencia, según coinciden todas las fuentes consultadas, y es todo un barón del PP, apreciado en Madrid, gracias a Ciudadanos y a la ultraderecha.

A Moreno le gusta pintarse autorretratos que ofrecen de sí mismo una visión moderada, moderna y centrista. Quiere ser, por así decirlo, el nuevo Alberto Núñez Feijóo, y ocupar el centro político. Moreno, desde luego, no es un radical, aunque en alguna ocasión se haya deslizado por pendientes discursivas antifeministas y cercanas a los postulados de la derecha extrema. Por el contrario, los caminos de sus intervenciones y actividad política suelen discurrir por el carril de la centralidad, de no soliviantar a la izquierda, tampoco a la ultradercha, y de hablar de los temas más relevantes, la economía, la sanidad, la educación.

De momento, al contrario que su consejero de la Presidencia y mano derecha, Elías Bendodo, quien ha llegado a decir cosas como que el Gobierno andaluz se había adelantado a la tercera ola de la pandemia, el presidente no ha tropezado con la piedra de la autocomplacencia. Moreno no pone paños calientes y viene reconociendo las dificultades por las que atraviesa la Comunidad en tiempos de una crisis muy profunda que ha bautizado como coronacrisis.

Antes de que la covid-19 trastocara la hoja de ruta y arrasara con cualquier tipo de estrategia política y le obligara a dar la cara, el trabajo en la cocina de San Telmo, sede de la presidencia de la Junta, se había dedicado a borrar del mapa la herencia socialista y a cocinar a fuego lento un nuevo tiempo: bajada de impuestos, normalización de la ultraderecha, y ataques semanales a la línea de flotación de los ejes del proyecto del PSOE.

Moreno, sin embargo, tiene un problema, que le impide hoy lograr sus centristas objetivos y, si se hace caso a las encuestas –los sondeos revelan que el PP seguirá necesitando a sus dos socios tras las próximas autonómicas–, se lo impedirá en el futuro también: él fue el primero que decidió –reglas de la artimética por en medio: o eso o no gobernaba– en España blanquear la presencia de la ultraderecha en un Parlamento en un país que 40 años antes había sufrido una dictadura, una larga noche de cuatro décadas.

Moreno y Teodoro García Egea –el lugarteniente de Casado– firmaron en enero del 2019 un acuerdo con Vox que le dio al primero la presidencia de la Junta y que sería el primer pacto de muchos con la ultraderecha, a los que se unió después también Ciudadanos.

Los tres partidos forman hoy un sólido bloque político que ha aprobado tres presupuestos y que, salvo que se produzca una ruptura traumática por en medio, que hoy no se vislumbra, llegarán a las próximas autonómicas con la oferta del triunvirato. Las encuestas, esta vez, dibujan dentro del bloque, otras correlaciones de fuerzas diferentes a las de ahora, en que PP –que tiene 26 diputados– y Ciudadanos –que tiene 21– sujetan la sartén por el mango, mientras que Vox, que tiene 11, tras perder una diputada por enfrentamientos con los mandamases, apoya desde fuera a cambio de colocar, poco a poco, sus mensajes y su proyecto.

El gran objetivo de la ultraderecha en esta legislatura, normalizar su presencia en las instituciones, de hecho, se está cumpliendo. A cambio de la estabilidad política, PP y Ciudadanos le han entregado parte de la tarta del Canal Sur y han blanqueado sus propuestas, que se han planteado en términos antifeministas y xenófobos, sin que sus socios les hayan parado los pies. Baste un ejemplo: después de que Rocío Monasterio se plantase en plena campaña de las generales en la puerta de un centro de acogida de menores para lanzar un mensaje xenófobo, el consejero Bendodo evitó criticarlo.

El hundimiento de Ciudadanos y la solidez en el voto a la ultraderecha, además del reforzamiento en el voto al PP que pronostican todas las encuestas –algunas, incluso, lo sitúan por encima del PSOE– podrían dar nuevos escenarios y acuerdos de un tenor diferente. Vox, incluso, tras las próximas autonómicas, podría, en su caso, si queda por delante de Ciudadanos –como parece que va a suceder– reclamar entrar en el Gobierno, algo que hasta ahora no se ha planteado.

Así, aunque Moreno y los suyos tratan de difundir la mercancía de que en cuanto puedan se librarán de Vox, la realidad es que si quieren perpetuar su proyecto, los van a necesitar. Ningún sondeo les da una mayoría suficiente para poder evitar a la ultraderecha.

La situación interna

El PP andaluz, en lo interno, es en este momento una balsa de aceite. Moreno es el líder indiscutido y sus lugartenientes trabajan con eficiencia en los frentes mediático y político con la estrategia clara de no levantar el voto de la izquierda. La abstención fue lo que les dio el poder y la voluntad de los conservadores y liberales es que los votantes de izquierda sigan en casa.

En Ciudadanos hay problemas, pero tienen que ver más con temáticas de tenor personal y de guerras de poder internas que de discurso o de posiciones políticas –la consejera de Igualdad, Rocío Ruiz, y el portavoz parlamentario, Sergio Romero, están enfrentados con el vicepresidente Marín–. Aunque la consejera Ruiz en alguna ocasión ha cabreado al portavoz de Vox, Alejandro Hernández, nadie en Ciudadanos ha discutido públicamente que el camino a recorrer sea diferente de consolidar el proyecto de Gobierno y, por tanto, la alianza con el PP.

Por momentos, en estos dos años, ha sido muy difícil diferenciar a Ciudadanos del PP en Andalucía. Tal es la fortaleza del acuerdo de Gobierno entre Marín y Moreno que el vicepresidente ha asumido el desgaste de defender al presidente en numerosas ocasiones en las que a Moreno, según han considerado en su cuartel general, le venía bien el silencio. La última vez, por ejemplo, cuando el discurso de Casado contra Santiago Abascal y Vox durante la moción de censura que la ultraderecha planteó al presidente Pedro Sánchez, fue Marín el que asumió al principio la tarea de calmar las aguas, mientras Moreno se refugiaba. La expectativa de voto a Ciudadanos está hoy lejos de los 21 escaños que obtuvo el 2-D, pero el PP, según todas las encuestas les seguirá necesitando, si quiere repetir en el Gobierno tras las próximas autonómicas.

En Vox, en estos dos años, ha habido tensiones y algunas bajas, singularmente la de su candidato, el jurista Francisco Serrano, acosado por su discurso misógino y un escándalo de presunta corrupción, pero en general y, en términos políticos, la ultraderecha parece haber, como mínimo, consolidado sus resultados del 2-D y parece en disposición de pasar a una nueva fase política en la próxima legislatura. ¿Entrará en el Gobierno con Moreno?

La única alternativa

Así las cosas, en este momento, con Ciudadanos atado al PP, la única alternativa al Ejecutivo de Moreno pasa por una alianza de toda la izquierda.

En estos dos años, las fuerzas de izquierda han logrado pelearse de manera espléndida, a la vista de todo el mundo, para regocijo de la derecha. Cualquier diputado liberal, conservador con el que se hable, observa con gran placer los sucesos, además, por supuesto, de tratar de magnificarlos y de aprovecharlos en su propio beneficio.

En el PSOE, Susana Díaz, la expresidenta, después de un año noqueada por sus propios errores y, también, por la corrupción de los tiempos anteriores al suyo –la sentencia de los ERE, condenatoria, a falta del Supremo, ha supuesto un golpe durísimo para todo el PSOE– ha recuperado cierto tono político gracias, entre otras cosas, a la pandemia y al deterioro evidente de la sanidad pública en la Comunidad.

No está claro, sin embargo, aún que sea suficiente para que pueda repetir como candidata del PSOE. Antes, salvo que Moreno adelante las elecciones, cosa que no parece plausible en este momento, deberá someterse al veredicto de la militancia, que deberá decidir si Díaz obtiene la oportunidad de la redención o por el contrario los socialistas eligen un nuevo liderazgo.

El horizonte político del año 2021 parece despejarse para Pedro Sánchez con la llegada de las primeras vacunas y la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Ello le permitiría, si lo considera oportuno, abrir los procesos congresales en el PSOE, el primero el federal y luego, en cascada, los regionales y provinciales, lo que llevará a que el liderazgo de Díaz se someta al refrendo de las bases socialistas.

Hay grupos de críticos trabajando desde hace tiempo en todas las provincias para configurar como mínimo una candidatura alternativa a la de Díaz –podría haber más de dos candidaturas en las primarias, debido a la facilidad en la obtención de avales– que le dispute la secretaría general y la candidatura a la Junta de Andalucía. Los críticos, que siempre han existido en el PSOE, aún no tienen un general, aunque en los últimos tiempos ha surgido la figura del diputado en el Congreso por Jaén Felipe Sicilia, quien no se ha postulado de manera oficial, pero tampoco ha descartado presentarse.

Todo tiene riesgos para los socialistas en este momento, después de 37 años de gobiernos consecutivos. Una equivocación podría convertir Andalucía en un feudo de la derecha por muchos años y una franquicia ganadora, como el PSOE andaluz, en una perdedora. Uno de los grandes retos de los socialistas es lograr que, independientemente del bando que gane las primarias, todo el partido, al contrario que en las andaluzas de hace dos años, trabaje unido en las próximas autonómicas.

Los resultados que pronostican las encuestas y los últimos resultados electorales son muy ajustados. El PSOE tiene posibilidades de recuperar el Gobierno, pero el camino para ello requiere trabajar alianzas –singularmente con los sindicatos, de los que se alejó por los escándalos– y el contacto con sectores sociales desmovilizados y adormecidos tras los años de gobierno y el desencanto de la corrupción.

A la tarea se ha puesto Díaz, cuya agenda está plagada, además de encuentros con militantes socialistas de todas las provincias, de reuniones con agentes y poderes sociales con los que el PSOE había perdido el compás en los años de Gobierno. Si esa estrategia da frutos a los socialistas, solo se podrá saber cuando lleguen las próximas autonómicas.

Hay una cosa clara, salvo sorpresa mayúscula. El tiempo de las mayorías absolutas se ha terminado en Andalucía. El PSOE, por tanto, va a necesitar a las fuerzas a su izquierda para recuperar el Gobierno. Tanto Díaz como los críticos tienen claro que eso es así y todos tratan de normalizar relaciones con IU y con Podemos, muy maltrechas tras la ruptura en 2015 del pacto de Gobierno entre PSOE e IU y la posterior irrupción en el Parlamento de Teresa Rodríguez con 15 diputados.

El liderazgo de Rodríguez sobre todas las fuerzas a la izquierda del PSOE se ha terminado de un modo abrupto. IU y Podemos la consideran una tránsfuga y reclamaron por sorpresa y sin avisar su expulsión del grupo parlamentario Adelante Andalucía, cosa que lograron después de un mes de debates y dudas, con el apoyo de PSOE, Ciudadanos y Vox. Rodríguez y los suyos van a recurrir al Constitucional la expulsión, que no ha cambiado su idea de conformar un proyecto andalucista, de izquierdas, que compita y que lleve la voz de Andalucía al Congreso.

Así, hoy a la izquierda del PSOE, hay tres fuerzas, lo que, en este momento, según las fuentes consultadas, abre un escenario preocupante para sus intereses: que la división del voto impida al bloque de la izquierda superar al de la derecha.

Por un lado, está Unidas Podemos, que en el Parlamento andaluz se llaman Adelante Andalucía. Tras deshacerse de Rodríguez tiene ahora dos años para consolidar y ensanchar su proyecto. IU en Andalucía tiene un suelo electoral alto en comparación con otros territorios, por lo que la alianza tiene posibilidades de obtener un resultado digno, pero está por ver cómo reacciona el electorado ante los métodos utilizados para echar a Rodríguez. Unidas Podemos tiene que encontrar también un rostro, un liderazgo, un candidato o candidata que pueda arrastrar votos y sacarlos de la abstención y del desencanto. La experiencia de Euskadi y de Galicia hace pensar que, desde luego, eso es relevante. De momento, sus caras visibles son Martina Velarde, secretaria general de Podemos y Toni Valero, coordinador de IU.

Por otro lado, está Rodríguez. Aunque su liderazgo no es el que era y expertos en encuestas y analistas políticos le pronostican un mal futuro, está por ver qué da de sí y cómo se configura el proyecto de izquierdas y andalucista en el que trabaja. La marca Adelante Andalucía, el partido político Adelante Andalucía está en su poder. Está por ver cómo se resuelve ese extremo y si Rodríguez tiene ganas o no de repetir candidatura al Parlamento de Andalucía.

Y, después, está Más País Andalucía. Las fuerzas errejonistas se han organizado en torno al liderazgo de Esperanza Gómez, exfundadora de Podemos y exdiputada de Unidas Podemos y senadora de Adelante Andalucía. Aunque hay analistas que insisten en que Más País acabará por aliarse con alguna de las otras fuerzas en liza para no dispersar el voto más de lo debido, eso a día de hoy, no está claro. En las últimas generales, Más País se presentó en cuatro provincias andaluzas y, aunque no obtuvo escaños, sí sacó decenas de miles de votos.

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