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Borís I Andorra Borís, el único y efímero rey de Andorra: cheques falsos, títulos inventados y nazi en la guerra

En 1934 Andorra tuvo rey. Se llamaba Borís y era una mezcla de timador y mentiroso que paseó su biografia, a veces real y a veces inventada, por media Europa. Esta es su historia.

Borís Mihailovich Skóssyreff Mawrusow. WIKIPEDIA
Borís Mihailovich Skóssyreff Mawrusow. WIKIPEDIA

Es lo bueno de la realidad… que a veces resulta imposible. No le pidan a ningún novelista que se invente esta historia… la leerá por encima, reparará en los detalles y luego negará con la cabeza, amable. No, no, es demasiado. No puedo.

Quién va a creerlo.

Él creyó.

Sí, hombre, sí, esto puede ser la bomba. Un filón de oro, lo que yo les diga. Miren, miren, ya lo estoy viendo… allí, en la cima de aquella montaña vamos a hacer un casino. Un casino enorme, esplendoroso, uno que atraiga divisas de toda Europa. Sí, menuda idea, cómo no vamos a llevarla a cabo. Además, yo de casinos sé un montón, qué le voy a contar. En fin, espere… nos tomamos ese cafelito que decía y vamos gestionando los detalles.

Borís sonríe, su plan va sobre lo previsto. Joder, qué bien me puede quedar una corona en la cabeza, qué de brillos y oropeles. Me encanta.

Borís es Borís Mihailovich Skóssyreff Mawrusow, un tipo con más jeta que consonantes. Nació en Vilna, año 1896. Rusia, por tanto, porque lo de la Comunidad Polaco-Lituana acabó como acabó. Hoy el mocetón hubiese sido lituano, como Sabonis, pero cuando vino al mundo… ruso, ruso de los buenos. Bien, hasta aquí lo que sabemos. En adelante… lagunas y leyendas. Algunas, las más extrañas, ciertas.

¿Su familia? Pequeña nobleza, tampoco esperen algo muy pomposo. Bien situados, ojo, porque tenían tradición en la milicia zarista, que de aquellas daba mucho copete. En fin, él se llamaba "barón", pero el título se lo había encontrado en un bar, o algo así. Quizá para buscar gloria tangible ingresó en la Armada sin haber cumplido los veinte años… solo para darse de baja un par de meses después, porque lo de las botas y los fusiles es cosa muy de cansar. Lo gracioso es que sí que llegó a combatir en su propia Patria… solo que con otra bandera. La Union Jack, nada menos, porque Borís se prestó a ejercer como intérprete para las tropas británicas que apoyaron al Zar en fecha tan inoportuna como 1917. Para el año siguiente se marchó con ellos a las islas, porque su currículum no auguraba futuro brillante en aquella Rusia soviética. Mira tú qué cosas, ahora lo de la Baronía me molesta… Si lo sé no me lo invento.

¿Qué hizo nuestro entrañable amigo en Inglaterra? Pues depende. De a quien lean, digo. La horquilla es amplia. Espía en Siberia, Japón y Estados Unidos. Estudios, Oxford. Pieza clave de la Foreign Office británica. Todo muy bonito, hasta que escarbas un poco y ves que lo expulsaron de Gran Bretaña en 1920. Por falsificar cheques, que es trabajo de gran delicadeza, pero alejado de los que su otra biografía exhiben. Sea como sea, el tipo marcha a Polonia, donde vive su madre, y se dedica a sablearla, porque el tiempo ha desarrollado en él una afición incontenible por casinos y cabareteras. Además de esas virtudes tiene otras, como la facilidad para los idiomas, el don de gentes y cierta simpatía canallesca. Con eso en el Madrid de los ochenta te haces cantautor de ripios, pero la Europa de entreguerras resultaba un lugar mucho más prometedor.

Pasó un ratito por la cárcel, porque las viejas costumbres no se pierden y aún le sobraban algunos de esos cheques falsos de antaño, cuando era un golfo. Yo no quería, excelencia, era por no tirarlos a la basura y que los utilizasen facinerosos… Incluso algunos, no lo quiera Dios, bolcheviques. Como lo del presidio quedaba feo, decidió obviarlo en su página de Linkedin. He estado estudiando, la Universidad de Jena, nada menos. El saber no ocupa lugar, etcétera.

Avanzamos un poco. Año de 1925 y nuestro Borís, qué majo él, está en Holanda. Pasaporte de apátrida, porque a estas alturas… en fin. Otra vez problemas, le seguían quedando cheques de esos sin fondos. Suiza, Francia, España… el bueno de Borís tropieza siempre con la misma piedra, aunque esté diseminada por media Europa. Un tipo concienzudo, aunque sea para el timo. Ah, nuevamente su versión difiere algo de esto. No, no, oiga usted… si me han perdido la pista no es porque me haya recorrido medio continente huyendo de policías y maridos contrarios al poliamor… no. Es que, verá… estuve trabajando para mi prima. Mi prima lejana, vaya. Cómo, que no lo sabe… yo soy pariente de Guillermina I, la reina de Holanda. Sí, lo que pasa es que somos discretos, y casi nunca nos juntamos en navidad. Pero eso, labores de espía. Si hasta me nombró Conde de Oranje, espere que le enseño el título… oh, vaya, me lo he dejado en casa. En fin, mañana sin falta lo traigo.

Conde de Oranje. Apúntenlo, porque Borís lo va a usar profusamente, que los condados abren muchas puertas. Ah, no intenten rastrear antecesores y sucesores en dicha distinción… tiene toda la pinta de que nuestro protagonista se la inventó. No me miren así, en España tenemos a un Marqués de Del Bosque.

Y Borís se casa. Sí, sí, se casa. Con una ricachona marsellesa, nada menos, siempre está bien lo de tener unos francos a mano. Fin de la historia, terminan las golferías. Solo que no. La sangre, que tira al monte. Nuestro Oranje de pacotilla empieza a rondar otras faldas. Dicho de otra forma… aprovecha sus negocios para tales menesteres, porque Borís sigue dedicándose a lo mismo. Ladrón de guante blanco, siempre bien vestido, de esos que te dan la mano educadamente y más tarde te das cuenta que, joder, has perdido el reloj. Y era el bueno, oiga. En fin, su esposa queda al cuidado del hogar mientras él viaja más allá de los Pirineos, que es donde empieza lo verde. Catalunya, Mallorca.

Y luego Andorra. Oh, sí, Andorra. Allí se establece en 1933, una bonita casa en Santa Coloma. Piedra gris, techos altos, todas las comodidades. Aún hoy la llaman Casa de los Rusos. Entre sus paredes hace malabarismos, porque mantiene en el Principado un par de amantes, y no es cosa de que coincidan, claro. Hay que tener todo bien planeado, agenda exquisita. Una americana (Florence Marmon) y otra inglesa (Phyllis Peel Heard), porque lo del Motín del té es para otros, y Borís siempre abrazó la fraternidad de las naciones. Bueno, por si acaso las dos damas se alojan en hoteles distintos, que tampoco es plan de provocar equívocos.

Andorra… Un puñado de valles asfixiados por los Pirineos, ese sitio donde nadie hubiese apostado por establecer aldeas y mucho menos ciudades. Camberas, brañas y seles de pastores, quizá algún invernal. Pero nada más. El caso es que hay restos de presencia humana desde la prehistoria, desde el mismo alborear de los tiempos. Más aún, todos los pueblos que anduvieron en uno u otro instante por la zona se empeñaron por conquistar ese terruño. Romanos, visigodos, musulmanes, más tarde los francos. Hacían suyo este cachito de roca y verde… solo para después dejarlo poco menos que en el olvido, en un estado de semi independencia. Demasiado lejos para un control de verdad, demasiado agreste para imponer leyes por la fuerza. Así lo pareció entender Carlomagno, quien tras derrotar a los guerreros del Al–Andalus en el Valle de Querol decidió declarar a este territorio pueblo soberano. Era el año 788.

Después… feudalismo. Es decir, tributos, prendas, pechos y vasallaje ejercido por diversos señores a lo largo de los siglos. Fundamentalmente dos. De un lado, el obispo de Urgel, al sur. De otro, los condes de Foix, seguramente la dinastía más poderosa en los Pirineos orientales durante muchas centurias. Es el origen de su muy particular forma de gobierno, porque Andorra es un Principado… con dos copríncipes. El titular de la diócesis de Urgel, el rey de Francia… o, desde lo de la Bastilla y esos alborotos, el presidente de la República. En realidad fue influencia más oficiosa que real, porque los andorranos siempre acababan gobernándose a sí mismos.

Tampoco importaba demasiado. Andorra continuó total y absolutamente aislada, entrando en el siglo XX como un recuerdo donde aún pervivían instituciones de corte medieval. Hasta el año 1914 (justo cuando Europa estaba a punto de desangrarse), Andorra no construyó su primera carretera para comunicarse con un territorio extranjero. Iba a La Seu d'Urgell. Hasta Francia llegará ese camino en 1933. Pastores, labriegos y arrendatarios estaban divinamente al margen del mundo moderno, y no tenían gana alguna de verse colonizados por bárbaros que usasen motor de explosión o teléfono.

Pero qué de oportunidades. Mire, mire, un filón, piensa Borís. Empieza a olisquear la realidad andorrana, a codearse con su alta sociedad, que es mucho menos alta de lo que su altura dice. Traje, pelo engominado, monóculo sempiterno sobre su ojo derecho… Pronto nuestro protagonista se hace personaje reconocible, influyente. Al fin y al cabo cada una de sus mentiras era, por sí sola, fascinante. Y tenía tantas que malo sería que alguien no se creyese está o aquella.

Empieza a alborotar. Oigan, Andorra podría ser el nuevo Mónaco. Solo dejen que haga aquí un casino, allá otro hotel más grande y en el valle de al lado pisos con las mejores calidades y llave en mano. Los ojos de Borís hacían chiribitas en el pequeño rincón pirenaico como si fuese un constructor español mirando alguna calita del Mediterráneo. Habla con unos, con otros. Os están engañando, Francia ya no tiene legitimidad aquí, que sus derechos eran del rey y ahora están esos republicanos masones de mierda. Ay, si tuviésemos un buen Borbón… Los legitimistas franceses se frotan las manos, porque a estas alturas cualquier cosa les vale (andan igual casi un siglo después). Con España es más directo. "No tengo legitimidad, pero quiero defender los intereses de súbditos españoles viviendo en Andorra". Ya ven, bastante cara. El 17 de mayo de 1934 presenta un documento ante el Consell General de les Valls d'Andorra (órgano supremo de gobierno allá), que reacciona con un "muchas gracias, lo pensaremos, váyase usted de nuestro tranquilo país". Solo cinco días después es expulsado y cruza la frontera sur, seguramente gritando "habeas corpus" a pleno pulmón.

Como cualquier exiliado político de alto copete, Borís se instala en un hotel cojonudo (por La Seu d´Urgell) y empieza desde allí a defender la causa. ¿Cuál causa? Pues la única, claro. Entre que la cosa es bizarra, que el tipo tiene piquito de oro y que su biografía fascina (lo de haber huido de los bolcheviques cotizaba mucho en la Europa de la época) se hacen eco algunos medios internacionales y empieza a despertar simpatía entre tres o cuatro chiflados. Totalmente subido en el personaje, Borís dice que el heredero del rey de Francia en Andorra es él, empieza a hacerse fotos con una capa y un cetro (seguramente comprados en el Rastro, que ahí encuentras de todo), planea concesiones nobiliarias y cosas por el estilo. Ah, también imprime su nueva Constitución para el Reino de Andorra, y hace pruebas de imprenta con el Boletín Oficial del Estado, que si no nos pilla el toro y estas cosas hay que tenerlas preparadas.

Y aquí… la disensión. ¿Qué ocurrió el 7 de julio de 1934? Nosotros contamos las dos opciones y ustedes, lectores sabios, escojan su preferida. Primera versión: ese día el Síndico General de los Valles convoca al Consell General de les Valls d'Andorra. Única orden del día: la proclamación de Borís Skóssyreff como Borís I de Andorra. Que nos va a hacer de oro, colegas, que nos forramos. Lo crean o no todos votan a favor, con un único disidente: el representante de Encamp, que igual conocía mejor a Borís, vaya usted a saber. Cuenta la leyenda que si fue éste quien salió corriendo a cruzar las montañas y chivarse al Obispo de La Seu de Urgell: Mire, mire, su Excelencia, lo que le están haciendo a sus fermosas posesiones… Y esas cosas.

¿Quieren la otra versión? Borís se vino muy, muy arriba el 7 de julio (no es descartable que celebrase demasiado San Fermín) y decidió autoproclamarse rey de Andorra en el hotel, todo muy cómodo. Por la Gracia de su ducado de Oranje, suponemos. Que oigan, Napoleón hizo algo parecido un siglo antes, pero no me lo van a comparar con el corso, ¿no?

Sea como sea, Skóssyreff, sus dos amantes ya bien avenidas (recordemos que la reina oficial estaba en Marsella) y dos o tres buscafortunas que imaginaba billetes y prebendas se establecen en Sant Julià de Lòria. En la Fonda Calones, que como palacio tiene un nombre bastante flojo, pero oigan, por algo se empieza.

(La segunda línea de realidad dice que Borís jamás salió de su hotelito en La Seu de Urgell, y allí fue depuesto, derrocado, detenido y apresado)

Porque, oh sí, como todos los luchadores por la libertad, Borís también vio truncados sus sueños. Los poderes reaccionarios pusieron en su punto de vista a este simpático soñador y, azuzada por Justí Guitart, obispo de Urgell, empezó la conquista de Andorra por parte del ejército español (los franceses pasaban bastante del tema). Tropas ingentes prepararon una maquinaria bélica de dimensiones colosales para emprender tamaña empresa. O algo parecido, vamos.

El 20 de julio empieza el ataque. Cuatro guardias civiles con sus respectivas monturas, un sargento y un burro cruzan la frontera dispuestos a la gesta. Encontraron poca oposición, no vamos a engañarnos. Ninguna, vaya. Vamos, que no busquen romances contando la batalla, ni Roldanes ni nada parecido. Detuvieron a Borís y lo retornaron a España para juzgarlo (otros cuentan que, como jamás salió del país, el Benemérito cuerpo tan solo debió desplazarse hasta su hotel en Seo de Urgell, algo mucho más cómodo y menos conflictivo para el Derecho Internacional Público). Unas risas. Como preso de alto copete que era, fue trasladado a Madrid y sentenciado a pena menor, porque tampoco nadie se lo tomaba muy en serio. Pasó por la Modelo y luego acordaron su exilio a Portugal. Que se ocupe Salazar de esto, a ver si le jode con Madeira, Trás-os-Montes o algo así.

Andorra recupera la cotitularidad, y sus habitantes pueden respirar tranquilos… han tenido un sainete de lo más intenso, pero sin consecuencias demasiado perdurables.

¿Después? Pues lo mismo. Deambular por media Europa. Huir de la Policía. Cheques falsos, mujeres a las que prometer amor eterno. Durante la Segunda Guerra Mundial se alista en la Wehrmacht. En teoría lo hace dentro del Cuerpo de Inteligencia, no en vano tenía décadas de experiencia como espía. O eso dice él, no nos vamos a poner ahora a revisar currículums con la que está cayendo. Primero lo capturan los americanos; más tarde, en la posguerra, los soviéticos. Oigan, oigan, yo no soy un ruso. ¿Letón?, no, qué va, deben estar de broma. Yo soy nazi, nazi de pura cepa. Espía, por más señas. Imaginen la de secretos que escondo. No me cepillen el cuello, tengo tanto que contarles… En fin, que acaba en Siberia un tiempecito, antes de ser liberado y establecerse en Boppard, ciudad alemana.

Allí, de vez en cuando, daba entrevistas a reporteros despistados con muchas ganas de exclusivas y pocas de investigar. Dice que los yanquis estaban decididos a tirar bombas atómicas sobre Alemania, pero que él convenció a Hitler para que se rindiese antes, por aquello de salvar vidas civiles. Lo de volarse los sesos ya fue decisión de Adolf, según su relato. Ya ven, un héroe, y nosotros sin saberlo. Muy apreciado en círculos neonazis, que tampoco son mucho de rastrear fuentes.

Borís Skóssyreff falleció en 1989. No hubo funerales de Estado para el único rey que conoció Andorra. La Historia es, a veces, cruel con sus grandes hombres.

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