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Ca n’Anglada Ca n’Anglada todavía lucha contra el estigma del disturbios racistas de 1999

A pocos meses que se cumpla el 20 cumpleaños de los hechos, radiografiamos el barrio de la mano de vecinos del barrio, tanto originarios como migrados. También aportan su análisis periodistas que cubrieron los hechos, políticos de izquierdas y educadores de calle. Primera constatación: Ca n’Anglada no es la ‘banlieue’ catalana. Segunda: La gasolina porque vuelva un brote de odio es la pobreza y la precariedad.

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Grupo de skin heads

Fue el brote de connotaciones xenófobas más fuerte vivido en Cataluña hasta entonces. Ca n’Anglada, 1999. El estigma todavía los persigue, 20 años más tarde. Y es que pronunciar el nombre de este barrio, en el imaginario colectivo de fuera de Terrassa, todavía se asocia a otra palabra: racismo.

El peso histórico es todavía más grande dado que los hechos de Ca n’Anglada tienen lugar dos años antes de que los incidentes de El Ejido, que en 2001 se convertían a la vez en los disturbios de odio al extranjero más fuertes de la historia reciente del Estado. Y aunque sean los dos estallidos más mediáticos producidos hasta ahora, tampoco han dejado de existir otros incidentes de menor intensidad. El ataque a un centro de acogida de jóvenes migrantes no acompañados, la semana pasada en Castelldefels, es un buen ejemplo. De hecho, la llegada de chicos y chicas MENA en Catalunya va al alza, hasta el punto de desbordar los recursos destinados por la Generalitat a su atención. No es descartable, pues, que estallen nuevos incidentes xenófobos contra la presencia de estos jóvenes migrantes.

Una cierta idea enlaza Castelldefels con Ca n’Anglada: que el origen del conflicto provenga más bien de una pelea entre grupos juveniles, que no del enfrentamiento entre dos comunidades. Así lo apuntan varios testigos recogidos por Público sobre los hechos del 99, como por ejemplo el de Emiliano Martínez, actual regidor de los Comuns y antiguo presidente de la (hace tiempo) poderosa Federación de Asociaciones de vecinos de Terrassa (FAVT). "Fue más bien un tema de pandillas de jóvenes, pero nos pilló por sorpresa y no se hizo una buena gestión de urgencia", analiza.

"Estalló por unos gamberros, pero acabó siendo racismo"

El periodista Joan Manel Oller, que en aquel tiempo cubrió los hechos para el Diari de Terrassa, coincide: "El tema estalló por unos gamberros, unos granujas.... Lo que pasa es que después se transformó en un rollo racista". Añadimos una tercera voz, la de Cesc Consola, vecino del barrio durante 30 años y director del Esplai local, el Grupo Colonias Ca n’Anglada: “La gente que inició el follón eran jóvenes de fuera del barrio, no eran nuestros”. De hecho, los días de peleas contaron con la participación activa de skin heads, que en la época de los 90 y principios de 2000 fueron activos en el Vallès Occidental y sembraron el pánico de ultraderecha en Castellar del Vallès y otras localidades. Consola reconoce que "el barrio tuvo que hacer un cambio de mentalidad y acostumbrarse a la ropa de las mujeres magrebíes, a su comida, su habla". Y puntualiza que esto "también costó y no está libre de problemas". Pero no eran «nuestros jóvenes". Intenta desvincular la idea de racismo y su barrio.

Es una noche tropical de julio y el barrio celebra su Fiesta Mayor con verbena. Entre canción y canción estalla una pelea entre jóvenes, que acabará con un chico herido en la oreja con una navaja. Al día siguiente hay una protesta vecinal. Llega la prensa y las manifestaciones crecen. Algunos vecinos sacan el monstruo interior: "Putos moros". La mezquita y una carnicería halal son atacadas. El monstruo grita "fuera moros". El periodista Oller, quien de pequeño vivió 10 años en Ca n’Anglada, no descarta el racismo pero cree que la prensa echó leña al fuego: "Es que se fue haciendo una pelota: cuantos más periodistas llegaban de todo el Estado, más vecinos a la mani". Oller insiste: "Recuerdo haber pensado por qué había tanto de medio, y la respuesta era que estábamos en verano y no tenían más noticias. Y lo alimentamos". Una serpiente de verano, como se conoce en argot periodístico.

Las peleas durarán unos pocos días y todo se tranquiliza. Una crónica de La Vanguardia del 18 de julio da voz a un vecino del barrio: "Ya lo veis, se quieren follar nuestras mujeres y la policía los defiende a ellos. Compañeros, acordaos que es la plaza de ‘la Roja’ y que es nuestra, que allí hemos luchado por todo el barrio. Y al moro que se mee en esta plaza le vamos a cortar la punta del...".

Un barrio (casi) del PSUC y un cura rojo

Y aquí entra una de las grandes paradojas de los hechos de Ca n’Anglada: Se trata de un barrio históricamente de izquierdas y construido (en parte) por migrantes españoles. Las primeras casetas de planta baja se levantan durante la primera parte del siglo XX, generando un estilo barriada de viviendas auto-construidos durante los fines de semana y con algunas barracas. "Pero con la riada de 1962", explica Carmen Roca, histórica militante comunista que vivió en el barrio entre 1965 y 1970, "muchas casas se destruyen a lo largo de la ciudad y Habitasa construye los nuevos bloques a Ca n’Anglada". Acoge las familias afectadas por la riada del 1962 (tan fuerte que deja 37 muertos solo en Terrassa) y arranca así el que será el barrio más de izquierdas de "Terrassa la roja". De pata negra.

Como no podría ser de otro modo, en la iglesia de Sant Cristòfor llegará un cura rojo, Agustí Daura, quien con el tiempo pasará a ser un alto dirigente del PSUC. Carmen Roca, quien hoy milita en la CUP, lo recuerda así: "Entre los dos fuimos montando grupos sociales", algunos entorno a la Iglesia y otros aprovechando cualquier rendija u oportunidad. A las primeras elecciones democráticas en las cortes españolas el PSUC gana en Terrassa, mientras que por 30 votos queda segunda fuerza y pierde la primera alcaldía de sufragio directo. Emiliano Martínez también destaca que la politización era tal en Ca n’Anglada que dio un diputado a Unió: "El mundo cristiano era muy activo". Dirigentes del PSUC como Castanyé e incluso el actual alcalde, Alfredo Vega (PSC) se crió en el barrio cuando su familia aterrizó en Terrassa.

El cura Agustí Daura

Años 80 y 90: recién llegados del Magreb

Ya en los años 80 y 90 llega la segunda oleada de familias marroquíes (esta vez con las mujeres y las criaturas). "Se preguntan: Dónde están los míos? Y vienen a Ca n’Anglada, está claro, porque quieren hacer comunidad y se ayudan los unos a los otros, con la vivienda", explica Cesc Consola.

La estampa del barrio cambia: aparecen los pañuelos islámicos, las carnicerías halal... Y un barrio que históricamente había acogido la migración del sur (Córdoba, Sevilla y Murcia, especialmente) acoge ahora la magrebí (y posteriormente la de América Latina). Cesc Consola lo resume así: "Si es que Ca n’Anglada no es un barrio problemático, pero sí que es un barrio pobre".

Karim Lo Otmani, activista racializado y miembro del colectivo antirracista Terrassa Sin Muros, entre otros, explica: "Necesitamos vidas dignas y acabar con la precariedad, porque es esto lo que genera sentimientos de superioridad en unos y de inferioridad en otros". Por lo tanto, es la carencia de cohesión socioeconómica el que fomenta el "no-entendimiento" entre comunidades. "Si no se combate la precariedad, un brote xenófobo puede volver a estallar", conversa El Otmani.

El 95% del alumnado es de origen extranjero

La comunidad magrebí supone, actualmente, cerca de un tercio del total de Ca n’Anglada. Los migrantes de países latinoamericanos también son numerosos en la vecindad. Esta mestiza comunidad se refleja también en la escuela pública del barrio, Antoni Ubach, pero de una manera alarmante: el 95% del alumnado es de origen migrante. La segregación escolar (prácticamente absoluta) se debe al hecho que los niños y niñas de origen catalán son escolarizados en otros centros de la ciudad, en escuelas donde se supone que la ratio de personas por comunidades está más equilibrada.

Un proceso similar de abandono del barrio se ha dado en las últimas dos décadas por parte de los vecinos y vecinas más jóvenes, que se han ido trasladando a pisos en la zona del centro (o directamente en otros barrios de la ciudad). "La gente cuando puede se va", dice Cesc Consola, antiguo director del Esplai, entidad de origen cristiano que atiende ahora mayoritariamente niños magrebíes.

La gente joven se va, y solo queda gente mayor. "Esto favorece una segunda fractura, además de la de origen: la brecha generacional", explica el regidor de la CUP Marc Medina. El Ayuntamiento está impulsando ahora la Tabla de Futuro Ca n’Anglada 2030. "Y aquí es donde tenemos que apostar por destinar dinero a las políticas de cohesión social, y no a enviar más policía, a prohibir el llamado ‘mercado de la miseria’, etc.", conversa el regidor anticapitalista. La Mesa es una petición del movimiento vecinal, que se encuentra ahora atomizado en diferentes entidades.

El también regidor Emiliano Martínez (Terrassa en Común) cree que "falta capacidad de diálogo" entre todas las partes. Las familias migrantes no participan de las Asociaciones de Vecinos tradicionales, sino que forman su propia Comunidad. "Tenemos que aprender a compartir las fiestas", apunta Martínez, en los que haya comida de todo tipo. Dicho de otro modo: si se organiza una comida popular de vecinos con productos cárnicos (como una paella con costilla o una botifarrada) es evidente que la comunidad islámica no participará.

Martínez también cree que defender la idiosincrasia y el comercio del barrio no está reñido con la apertura de nuevas tiendas de productos magrebíes: "Si hay oferta de estos productos, es que hay demanda. Y por lo tanto, está bien".

Educadores sobre el terreno: "Faltan puntos de encuentro"

Javier Ortega, educador social que hasta hace poco trabajaba en este medio, apunta: "Sigue quedando pendiente trabajar más las dos intersecciones: De origen y edad". Según su experiencia, es visible en cualquier calle o plaza: "Unos se van a su zona, los otros a la suya". Por eso asegura que faltan puntos de encuentro. "En la Asociación de Vecinos, por ejemplo, no participa gente migrada: creo que sienten cierta reticencia, como si se estuvieran colando en un espacio que no es el suyo", considera.

Otro punto a trabajar (y romper barreras) es la islamofobia: "Los Mossos han hecho muchas redadas en el barrio. Así que la población marroquí piensa: hoy no salgas, hoy hay redada, te pueden pillar... En cambio, algunos de aquí piensan: bueno, algo habrán hecho". Por eso, Ortega apuesta por trabajar la islamofobia por las dos partes: desde quien la sufre... y desde la posición del que quien la ejerce (o que al menos tiene el privilegio de ser blanco y no ser racializado).

Se supone que la aplicación del Plan de Barrios tenía que tender a esta línea, pero apostó más por las soluciones urbanísticas que no por invertir en cohesión social. Por eso, la gran respuesta institucional ha sido el esponjamiento: derrocar algunos edificios para ganar espacios verdes. "Y creo que ha sido más para dispersar la población y que no haya concentraciones de bloques donde la policía no pueda entrar", conversa Ortega.

Barrio de Ca n'Anglada

Del barrio de tapas al miedo a Vox

Más allá de la cotidianidad de sus vecinos, quienes visiten hoy Ca n’Anglada encontrarán un barrio con magníficas pastelerías árabes (miel y canela a los labios), conocidas carnicerías halal que despachan clientes de toda la ciudad (especialmente para barbacoas), e incluso el restaurante vasco más célebre del Vallès: Cal Txetxu, vizcaíno amante del Athletic de Bilbao.

Un barrio por el cual pasó, en 2014, la manifestación anticapitalista del 1o de Mayo de los colectivos alternativos, para la sorpresa del vecindario. Un barrio donde encartelar, para ganar así el sello de progresista. Y un barrio en el que no hay demasiados comentarios xenófobos, dice Karim El Otmani, o al menos no más que en cualquier otro barrio catalán. Ahora bien, matiza: "La gente ya no verbaliza comentarios abiertamente racistas, pero sí que lo notas con las miradas: sientes que el otro te ve diferente".

En cambio, a nivel electoral, la xenofobia tiene un (pequeño) lugar: El partido Plataforma per Catalunya logró en las municipales de 2015 más de 500 votos, con el 5.5% del total. Una cifra superior a la de partidos consolidados como el PDeCAT(3,7%) y la CUP (2,8%). Ahora está por ver cuántos votos logrará VOX el próximo 26 de mayo.

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