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Conflicto vasco Paul Ríos: "En Euskadi todavía quedan espacios de sufrimiento, sobre todo en el ámbito de las víctimas"

Cuando se cuestiona a la ciudadanía vasca sobre las causas de la violencia, las respuestas son diversas, dispares y, a menudo, contradictorias: ETA, el Franquismo, el terrorismo de Estado. En cambio, cuando se la cuestiona sobre el futuro, la respuesta es unánime: "No queremos repetir tanto sufrimiento". El encaje de esta memoria poliédrica es el gran éxito de un proceso de paz que hizo posible el final de ETA. 

Paul Ríos (Lokarri) en imagen de archivo.
Paul Ríos en imagen de archivo.

"Las heridas de la violencia no se cierran nunca y lo único que puedes hacer es poner las condiciones para que las personas puedan tener un nuevo comienzo". Con esta convicción, Paul Ríos (Getxo, 1974), licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto y activista por la paz y los derechos humanos, lleva más de tres décadas trabajando incansablemente por la paz, el diálogo y la convivencia en Euskadi, primero como portavoz del movimiento pacifista Elkarri (1994-2006) y más tarde como coordinador de Lokarri (2006-2015), su sucesor.
Ambas instituciones han sido claves en el impulso del diálogo y el final del terrorismo. Elkarri, heredera de la Coordinadora Lurraldea, ligada al activismo medioambiental, logró impulsar un modelo de solución pacífica y dialogada al conflicto vasco. Lokarri tomó el relevo tras la disolución de la anterior en 2006. Entre sus objetivos se encontraban la reivindicación y promoción de un acuerdo colectivo hasta alcanzar el fin de la violencia.

Su voz pausada transmite seguridad, cercanía y una profunda empatía hacia los sufrimientos propios y ajenos. Si la historia fuera justa, Paul contaría con un espacio privilegiado. El mediador cuenta a Público los entresijos de un proceso de paz que devolvió a la sociedad vasca la normalización de la convivencia después de medio siglo de violencia, así como la recuperación del diálogo y la solidaridad entre quienes han padecido su sufrimiento.

Los expertos internacionales en el primer Foro Social por la Paz , una entidad que reivindica el protagonismo de la sociedad civil en el proceso de paz junto a Paul Ríos (primero a la derecha) | Cedida por Paul Ríos.

Las claves del éxito

El camino hacia la paz en Euskadi ha sido una maquinaria compleja dispuesta a saltar por los aires al mínimo error. "Durante los años que duró el proceso de paz hubo dos momentos de crisis muy fuertes: en 2006, con el atentado en Barajas y la ruptura del proceso de paz; y en 2009 porque no acababa de arrancar el debate interno en la izquierda abertzale sobre el fin de la violencia y parecía que ETA podía volver a controlar las decisiones de Batasuna", afirma.

Caminar durante tanto tiempo en semejante cuerda floja precisó llevar los bolsillos cargados de "esperanza y constancia", explica Paul, además de altas dosis de ‘insistencialismo’, un ingrediente que estos ingenieros de la paz acuñaron como una mezcla de perseverancia y convicción ante la idea de que la violencia no es el camino, y en que el diálogo es imprescindible para superarla. Además de estas virtudes cívicas, se precisaron otros elementos tangibles capaces de impulsar definitivamente el cambio: "Si queríamos un proceso de paz en Euskadi necesitábamos que se dieran dos hechos fundamentales: que se produjera el fin de la violencia de ETA y que se legalizaran todos los partidos", agrega.

"Lo que sucedió no tuvo nada de ético; fue horrible y generó mucho sufrimiento y sólo comprendiendo ese sufrimiento se puede evitar que vuelva a suceder", explica Paul.

Bajo la premisa de insistir, Lokarri impulsó un trabajo de facilitación del diálogo entre los diferentes actores que culminó en la Conferencia Internacional de Paz de San Sebastián celebrada en el Palacio de Aiete (octubre de 2011) y cuyo gran éxito fue sentar las bases del diálogo en un marco común inédito hasta entonces, "un terreno de juego aceptable para todos" en el que de entrada nadie se sintiera excluido o comprometido. "Ni amenazados por la violencia [de ETA], ni perseguidos por la Justicia [de los Estados]": éstas fueron las "condiciones de seguridad" que, tal y como relata Paul, fueron la clave a la hora de decantar la balanza.

Los logros de Aiete no se hicieron esperar. Tan solo tres días después de que concluyera la cumbre, ETA anunció "el cese definitivo de su actividad armada" en un comunicado difundido simultáneamente por la BBC, The New York Times y los diarios Gara y Berria poniendo fin a 43 años de terror. No sería su última proclama. Tras la escenificación de la entrega de armas en abril de 2017, un año después y a través de una carta, ETA anunció la disolución de todas sus estructuras, asumiendo el sufrimiento causado y pidiendo perdón a las víctimas.

Entre imponer una memoria compartida y construir el consenso

Paul rememora las secuelas que dejó en Euskadi el paso de las violencias, incluidas las personales. Porque, en honor a la verdad, estas fueron tantas y tan diversas que, en adelante, debería imponerse su uso en plural:  "En Euskadi todavía quedan espacios de sufrimiento, sobretodo en el ámbito de las víctimas" Aunque es escéptico a la hora de hablar de memoria compartida, cree firmemente en las virtudes del fuerte consenso social que se ha instaurado en Euskadi: "Las vivencias de los grupos son tan diferentes que tratar de buscar una misma interpretación es imposible. No ha pasado en ningún lugar del mundo ni en ningún proceso de paz" . Un consenso que implica, por encima de las lecturas personales de los diferentes actores sobre las causas y consecuencias de la violencia, un convencimiento compartido y anclado en el respeto por los derechos humanos para el futuro: "En lo que sí creo es en que se puede llegar a un acuerdo sobre lo que sucedió, en los hechos con matices, en el sentido de que lo que nos pasó fue un desastre que no hay que volver a repetir."

Decenas de miles de personas convocadas por la red ciudadana Sare piden en Bilbao un cambio en la política penitenciaria y el fin de la dispersión. EFE

Para el getxotarra, lograr una paz duradera hace necesario "proporcionar más espacios para que la memoria de las diferentes personas y grupos pudieran ser compartidos siempre desde el respeto y quizá esto es lo que está faltando ahora más en Euskadi." Estos espacios, en los que todos puedan compartir su relato y sentirse respetados, son especialmente importantes a la hora de trabajar con las generaciones que han nacido y crecido en libertad y para las que hoy “ETA representa la prehistoria”. El exdirigente de Lokarri se muestra firme a la hora de eliminar cualquier matiz épico o heroico de los relatos sobre las causas y las consecuencias del conflicto: "Lo que sucedió no tuvo nada de ético; fue horrible y generó mucho sufrimiento y sólo comprendiendo ese sufrimiento se puede evitar que vuelva a suceder". 

El final del camino: la situación de los presos y la reparación de todas las víctimas

La posibilidad de construir una convivencia verdaderamente integradora pasa actualmente por dos cuestiones: el reconocimiento y la reparación de todas las víctimas de vulneraciones de derechos humanos y la cuestión de los presos. En esta línea, Paul reconoce que, pese a los avances y la voluntad de reintegración, existe aún un grave problema de fondo que tiene que ver con la brecha entre los relatos sobre el fin de la violencia. "El pensamiento que hay en España es que gracias a la presión judicial y policial se ha logrado el final de ETA, y ese relato es mucho más rico aquí en Euskadi. Si tu relato es que gracias al inmovilismo se ha conseguido el final de la violencia, entonces llegas a la conclusión de que no hay que cambiar nada. En cambio, en Euskadi se han visto otros elementos como la estrategia de la izquierda abertzale, la movilización ciudadana por la paz y el diálogo o el hecho de que el Gobierno vasco haya estado tratando de paliar el inmovilismo del Gobierno de España". 

En este sentido, la derecha española continúa condicionando los pasos hacia una verdadera integración. Primero desde la vieja estrategia maniquea del "todo es ETA" (a pesar de que ETA ya ha desaparecido), y, después, recurriendo ante el Constitucional todas y cada una de las iniciativas legales que se han impulsado en esta línea [Ley 12/2016, de 28 de julio, de reconocimiento y reparación de víctimas de vulneraciones de derechos humanos y Ley 5/2019 de 4 de abril]. "Cuando tienes un relato más rico sobre las causas que han llevado al fin de la violencia, esto te lleva a apostar por medidas más acordes al nuevo tiempo". 

Con todo ello, después de medio siglo de violencia, la paz en Euskadi es hoy posible gracias al impulso de muchas voluntades, así como a las actuaciones de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. También gracias al compromiso cívico de su sociedad civil y sus instituciones y, también de la ausencia de gobiernos, que obligaron a tirar de ingenio. La sociedad vasca mantiene aún muchas y muy diversas interpretaciones sobre lo ocurrido, pero una idea se impone por encima de todas: no quiere volver a repetir semejante sufrimiento. Y ETA, por primera vez en casi sesenta años de despropósito aceptó que no tenía cabida en el nuevo ciclo histórico.

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