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Kichi y el retorno del Cantón de Cádiz

El éxito de la franquicia local de Podemos se asienta en una larga memoria colectiva, en la vocación rebelde de la provincia y en el clima levantisco de la transición y la reconversión naval

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Pablo Iglesias, junto al alcalde de Cádiz, José María González, 'Kichi'. / EFE

CÁDIZ.- No fue un simple capricho lo que llevó a José María González, Kichi, flamante alcalde de la capital gaditana, a cambiar el retrato de Felipe VI que reinaba en el despacho de Teófila Martínez por el de Fermín Salvochea, algo más que un símbolo local, una figura anarquista que, en el sur, despierta tanta veneración como la de Simón Bolívar en Venezuela.

Salvochea proclamó el Cantón de Cádiz en 1873, durante la efímera I República española, y fue elegido presidente del comité administrativo del cantón, un territorio autogestionario cuyo mapa era el del estricto término municipal. Una polis libertaria que tuvo amplio eco en la época, desde Cartagena a Sanlúcar de Barrameda o Tarifa.

Hasta hace poco, la tumba de Bigote –así se le llamaba popularmente– era visitada masivamente en el desaparecido camposanto de Cádiz, a donde fue trasladado desde el cementerio inglés.  En 1873, durante la época del cantonalismo, Salvochea fue elegido presidente del comité administrativo del Cantón de Cádiz, donde sus huesos iconoclastas habían descansado durante un siglo. Los gaditanos lo elevaron a la categoría de santo laico e incluso le rogaban milagros, desconociendo quizá que su formación teórica no radicaba tanto en el santoral cristiano como en pensadores decimonónicos de la talla de Owen o Paine, el príncipe rojo y negro Piotr Kropotkin, Mijail Bakunin o los españoles Anselmo Lorenzo o Francisco Mora con quien mantuvo contactos.

Desde el despacho que ahora ocupa el líder de Por Cádiz sí se puede, en el edificio de 1799 que corona la plaza de San Juan de Dios, Salvochea ordenó desalojar conventos, sustituyó en las escuelas la enseñanza de religión por la de “moral universal” y cambió en sus frontispicios e nombre de los santos por el de virtudes cívicas como la Razón, la Igualdad o la Armonía.

Poco antes de que el cantón fuera suprimido a punta de bayoneta, la leyenda cuenta que estuvo a punto de vender la custodia del Corpus para comprar armas con las que defender su utopía. Sus pecados le valieron una condena a cadena perpetua que no llegó a cumplir tras fugarse a Marruecos. Su presencia mítica en la ciudad es de tal calibre que los días de chubascos torrenciales, los gaditanos siguen diciendo: “Llueve más que el día que enterraron a Bigote”.

Su sepelio ocurrió en 1707. 108 años después vuelve a estar más vivo que nunca. Al menos en el discurso de José María González, quien el pasado viernes –bajo un levante tórrido– recibió allí a Pablo Iglesias, el dirigente de Podemos, como primera etapa de su ruta del cambio, su larga marcha hacia el Madrid de la Zarzuela, la Moncloa y Manuela Carmena.

Una auditoría pendiente

Ahora, la derecha le culpa de haber arriado la gigantesca bandera española, estilo Plaza de Colón madrileña, que ondeaba en la Plaza de Sevilla de Cádiz, frente al puerto y junto al Palacio de Congresos: “La hemos quitado para limpiarla. Estaba muy deteriorada. Yo respeto mucho los símbolos”, arguyó Kichi en cuanto le reprocharon dicho asunto.

El Ayuntamiento parece tan pobre como la ciudad que le rodea: “Ahora le toca arreglarlo a ellos, que son quienes gobiernan”, retó hoy mismo la exalcaldesa Teófila Martínez a sus sucesores, que a espera de una auditoría amplia calibran que la deuda municipal oscila en torno a 200 millones de euros y que debe 63 a los proveedores. De momento, intentarán afrontar estos últimos pagos y descartan recortes de plantilla, tal y como había insinuado los conservadores.

La irresistible ascensión de Podemos y su franquicia local a las urnas gaditanas se asienta sin duda en una larga memoria colectiva, en la vocación rebelde de la provincia, desde los tiempos de la Mano Negra en Jerez o de la matanza de Casas Viejas, pero muy especialmente en el clima levantisco de la transición política y la reconversión naval, que desde 1977 provocó numerosas protestas e incluso produjo la aparición de una ocasional guerrilla urbana: “Las balas de goma/ dan mal resultado/ pelotas nos sobran/ a los gaditanos”, bufaba el coro de Los Camaleones en aquel año. “Guardia no tires pelotas,/ que pa pelotas Puerto Real”, cantaría luego Carlos Cano.

Durante el posfranquismo, Cádiz fue uno de los enclaves donde naciéron los Grapo, con el actor José María Sánchez Casas, alias Garratón, como ideólogo del PCE(r). Había un Cádiz en pie de guerra y otro que buscaba la reforma, el subsidio como un colchón para la catástrofe del monocultivo industrial de la Bahía. Este último extremo explica la larga hegemonía provincial del PSOE, rota en la capital cuando Teófila Martínez, del PP, obtuvo en 1995 su primera mayoría absoluta con la candidatura del Partido Popular.

Ella salió de la alcaldía hace una semana, dolida, con un desabrido discurso, que recibió una oleada de abucheos a su salida del palacio consistorial, en una Plaza de San Juan de Dios inundada de votantes ilusionados del nuevo alcalde. En su discurso, Kichi subrayó los dos problemas principales de la ciudad, la precariedad de empleo y la de vivienda: “Este despacho es más grande que mi casa”, afirma José María González, en comparación con su modesto paradero en el barrio de la Viña.

“Si yo fuera algún día el alcalde de Cádiz”

Profesor de historia y sindicalista de USTEA, es la actual pareja de Teresa Rodríguez, la portavoz de Podemos en el flamante Parlamento de Andalucía. El discurso de González, bien estructurado, recordó a Salvochea pero también esbozó una serie de referencias programáticas a los problemas de la ciudad y a la insurgencia cívica que había ido dando la cara en los últimos años y muy especialmente a partir del 15-M de 2011.

A Kichi se le conoce también por formar parte de la comparsa de Jesús Bienvenido, que en 2008 fletó el tipo de Los mendas lerendas e interpretó un emotivo pasodoble cuya letra era sin duda premonitoria: “Si yo fuera algún día el alcalde,/ el alcalde de Cádiz, el que Cádiz requiere/ si yo fuera algún día ese alcalde,/ el que hace cien años que Cádiz no tiene/ llenaría de trabajo las manos/ de los gaditanos de nuestra bahía,/ guardaría en un rincón las promesas,/ llenaría las mesas del pan de cada día./ Si yo fuera el alcalde de Cádiz/ aunque un loco y un menda yo sea/ si yo fuera el alcalde de Cádiz/ sería un alcalde como Salvochea. Y brindemos por los gaditanos/ porque vivan tres mil años/ y se mueran los tiranos,/ porque vuelvan por el puente/ los que un día se marcharon/ cargaítos con su cruz”.

Los que se marcharon son los jóvenes que, a miles, han tenido que abandonar la ciudad por falta de trabajo, de vivienda o de futuro. La capital, de hecho, hoy tiene menos censo que otras ciudades de la provincia como Jerez de la Frontera. Hay un puente pero ya hay dos. El de la Pepa, o de la Constitución de 1812, otro símbolo, una costosísima obra faraónica que no inaugurará su principal impulsora, Teófila Martínez, sino el actual alcalde. Quizá hiciera falta en otro tiempo, cuando había trabajo en la Bahía y frecuentes atascos para acceder a la ciudad. Las empresas han ido cerrando, con Delphi al frente, los astilleros siguen abriendo con respiración asistida y la ciudad, cuya burguesía ya huyó a mansalva en los años ochenta, nutre su padrón de subsidiados, jubilados, funcionarios, profesionales o parados, mientras los cruceristas patean a cientos estas calles dieciochescas aunque sin dejar demasiado en el depauperado comercio local.

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