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La 'niña de la guerra' que sobrevivió al siglo XX en los brazos de Rusia: "Pensé que volveríamos al acabar la guerra"

Virtudes Compañ fue una de los miles de niños y niñas que fueron evacuados de España durante la Guerra Civil. Acabó en la Unión Soviética y a día de hoy sigue viviendo en Moscú, donde recibe la visita de 'Público'. Virtudes fue testigo de medio siglo de Unión Soviética, y de su derrumbe explica muchas cosas de la Rusia de hoy.

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Virtudes Compañ Virtudes fue una de las niñas enviadas a Rusia, donde sigue viviendo en la actualidad. Para más información, contactar con http://centroespanolmoscu.ru/ .- JAVIER G. CUESTA

Nunca fue fácil la vida de Virtudes Compañ Martínez (1928, San Sebastián). “Niña de la guerra” para los españoles, “Niña de Rusia” para los rusos, su infancia fue una huida constante de las bombas, desde Vizcaya al Volga; y en su vida adulta se cruzó durante demasiado tiempo un invisible telón de acero entre ella y su familia. Nueve décadas de recuerdos, desde los cariñosos abrazos de La Pasionaria al miedo a la guerra nuclear en una redacción en Moscú. Virtudes fue testigo de medio siglo de Unión Soviética, y de su derrumbe explica muchas cosas de la Rusia de hoy.

“No tengo ningún rencor por nadie”, afirma en su apartamento cercano a la avenida Lenin de Moscú. En plena Guerra Civil, entre 1937 y 1938, fueron enviados fuera de España más de 30.000 niños, la mayoría a Francia. Uno de cada diez, más de 3.000, acabaron en la Unión Soviética. Cientos, puede que más de un millar, murieron asesinados o por enfermedades antes de acabar la Segunda Guerra Mundial. Hoy apenas quedan unos 120 “niños” en Rusia, pero para los expatriados que vivimos aquí conocer a sus hijos y nietos ha sido un regalo imborrable.

Para no agobiar al lector con tantos nombres, lo mejor es hacer antes un repaso rápido de la vida de Virtudes. En 1937, con 9 años, sus padres la embarcaron en Santurce rumbo a Leningrado, desde donde sería enviada a la Casa de Niños Nº1 del pueblo de Pravda, cerca de Moscú. Tras cuatro años felices en la residencia, la guerra volvería a amenazarla y fue evacuada por el Volga a la aldea de Kukkus, junto al frente de Stalingrado. En 1944 regresaría a Moscú para licenciarse como perito textil, conociendo allí a su primer marido, un español con el que tendría el primero de sus tres hijos. Fueron años de supervivencia y la relación se rompería a mediados de los cincuenta.

Sin apenas ingresos, conviviendo con su prima en un pequeño apartamento, 1957 fue un año clave en su vida. Estando fuera de Moscú no se enteró de que se hizo una lista de regreso a España, y tuvo que quedarse en la URSS, mudándose a un piso con una viuda de la guerra. Allí conocería a su futuro marido y padre de dos hijos. “Si así lo ha dispuesto Dios, por algo será, ¿no?”, afirma antes de resaltar que no tiene sentido pensar en cómo hubiera sido su vida de volver a casa. “La mayoría de necesidades nos las inventamos nosotros mismos”, agrega.

La tranquilidad de las siguientes décadas llegaría a su fin con el hundimiento de la perestroika, donde la falta de medios en los hospitales acabaría con la vida de su hijo mayor, mientras que el mediano recibiría una paliza a principios de este siglo.
En 2008 regresó a España, pero fue una vuelta fugaz. “Herida” por las críticas a los rusos que la habían acogido, entendió que su casa estaba en Moscú. Allí, donde morirían posteriormente su marido y su hijo mediano por un cáncer, decidió escribir sus memorias: La española rusa.

Virtudes Compañ Virtudes fue una de las niñas enviadas a Rusia, donde sigue viviendo en la actualidad. Para más información, contactar con http://centroespanolmoscu.ru/ .- JAVIER G. CUESTA

La huida

Virtudes nunca vería a su padre tras dejar España, y con su madre sólo pudo encontrarse tres veces en toda su vida. Su infancia tornó en pesadilla cuando él irrumpió en casa apremiándoles a escapar a la estación, rumbo a Bilbao, con los disparos de los requetés de fondo. Su seguridad duraría poco, lo que tardaron en caer las primeras bombas de los aviones franquistas. No obstante, el primer cadáver que vio en su vida, y hubo muchos, fue el de una mujer que a la salida de una iglesia gritó “¡malditos!” a los pilotos soviéticos que protegían la ciudad. Un grupo de sardineras la tiraron al Nervión y Virtudes, zafándose de su madre, pudo ver “los tirones de la falda negra a flote” en el río y, “en medio de aquel círculo, como se tambaleaban en remolino largos mechones de melena negra”.

El 12 de junio de 1937 partió junto con su hermana Angelita en el navío La Habana. Para que no la olvidase, su madre le puso un vestido de fiesta, un collar y unos pendientes nuevos. “No comprendimos que cambiaría nuestro destino. Pensábamos que volveríamos al acabar la guerra”, afirma Virtudes. El barco dejó en Burdeos a un gran número de niños que fueron recibidos con bollos y chocolate, pero ella tuvo que seguir abordo. “Pagaron para dejarlos en Francia”, señala.

Tras cruzar la costa europea en unas condiciones terribles, con el miedo a ser hundidos por Alemania como el Komsomolets, llegaron a Leningrado una soleada noche de junio. “Las noches blancas”, recuerda con emoción Virtudes. “Todo lleno de gente, nadie se quería ir. Querían acogernos, algunos con juguetes para regalarnos”, agrega. Sin embargo, los menores fueron llevados al edificio de desinfección, donde le quitaron las joyas y su vestido fue sustituido por otro de franela con una venda como cinturón. Rompería en lágrimas, desnuda, en la ducha.

Con sus amigas Dolores y María.- JAVIER G. CUESTA

“Fíjate tú cómo te acogen todos y cómo, hablando en plata, por una zorra, yo lloro y quiero volver a mi casa”, lamenta. “Es la diferencia: una persona estropea todo lo que hacen los demás. Si yo me hubiera marchado después de eso diría que son unos ladrones, pero después de una vida en la que todos me ayudaron a salir adelante no puedo decir nada malo de ellos”, subraya antes de reafirmarse: “Los rusos de por sí son buenísimos. Tienen un corazón grande, grande”.

No obstante, acabó la Guerra Civil y no volvió a España. El franquismo había ganado y la Unión Soviética era el enemigo. Aunque pudo cartearse con su familia desde 1939 gracias a la mediación de la Cruz Roja, no vería a su madre hasta 30 años después su despedida, en 1967 en Burdeos, donde vivía otra hermana suya que tuvo más suerte. Sin embargo, su padre fallecería en 1964: “Al día siguiente de su cumpleaños le llegó la felicitación de Rusia, abrió los ojos y expiró”.

La Pasionaria y Barneto

Preguntada por sus tutores en la Casa Nº1 de Pravda, muchos de ellos españoles exiliados, Virtudes hace el gesto ruso de echarse sal sobre el pulgar. “Tak joroshó” (“Muy bien”), afirma. Recuerda por ejemplo al maestro José Arregui, quien perdió un brazo luchando contra el fascismo en España, y a Kolia, “un joven fornido, rubio, de ojos azules” que en Educación Física les enseñó a no rendirse. Le acompañó cuando se alistó como voluntario en 1941, y murió en la defensa de Moscú dejando viuda y niña de tres años.

Sin embargo, Virtudes guarda en su corazón un lugar especial para dos sindicalistas y dirigentes del Partido Comunista Español: José Díaz y Saturnino Barneto. “Eran muy simpáticos, todo el mundo reía con ellos”, recuerda. “¡Qué hombre!, como decía el famoso escritor ruso Máximo Gorky cuando alguien destacaba por su gran alma”, apunta.

“Un día me llamó Barneto para preguntarme si quería ser su hija. '¿Cómo?', le dije. 'Mientras estamos aquí', me respondió. Le dije inmediatamente que sí y fuimos a ver al director, pero el traductor no entendía nada. Le explicó que quería ahijarme para tener a una persona a la que cuidar cuando estuviera aquí. El director le dijo que no, que mis padres todavía vivían, pero él le explicó que ya tenía seis hijos y una mujer en España. Me necesitaba”, cuenta Virtudes.

El coro de españolas del Técnico.- JAVIER G. CUESTA

Los últimos años de Barneto fueron trágicos. Como venganza por no haber podido capturarle, el ejército de Queipo de Llano asesinó a su madre de 72 años durante la matanza de Sevilla y dejó su cuerpo expuesto a la vista de todos en la calle varios días, mientras que su mujer fue encarcelada hasta acabar la contienda.

“Tenía un gran corazón. Estaba gravemente enfermo, y desde el hospital me mandaba caramelos”, rememora Virtudes. En 1940 falleció y fue a su entierro. Allí conocería a Dolores Ibárruri, La Pasionaria. “Me cogió y me abrazó. Me pregunto cómo estudiaba y le dije que bien. 'Muy bien porque en España nos hace falta gente con estudios', recuerda esta “niña de la guerra”.

Otro encuentro tuvo lugar durante el entierro del doctor Castaño, padre de su primer marido y amigo de La Pasionaria. Su casa fue un escondite durante la época que empezaron a perseguirla. “Hay que estudiar”, le repitió quien fuera la máxima dirigente del PCE tras la muerte de José Díaz.

Otra ocasión en la que se vieron fue en 1944, en el callejó Granovski de Moscú. Virtudes fue elegida para representar a los jóvenes españoles en un encuentro “de camaradas del partido” con motivo de la marcha de La Pasionaria a Francia.
En aquella época, últimos años de la Gran Guerra Patria, Virtudes vivía en una residencia de estudiantes y apenas comían “carne ni mantequilla”, llevando una olla en el tranvía desde su instituto a casa. Cuando apareció en la fiesta se encontró jamón, salchichón y anchoas, y soltó “un ¡oh! que hizo reír a todo el mundo”.

"La Pasionaria nos consiguió ciertos privilegios que no tenían los rusos. ¿Se habría logrado esto de oponerse al sistema soberano de Stalin?"

En aquel encuentro el ambiente era de amistad, según sus palabras, y se arrancó cantando la jota ‘ayené, mi novio no me quiere...’. “Dolores, emocionada, me dio un abrazo y me recordó que a España le hace falta gente con estudios”, reitera Virtudes.

La mujer continúa defendiendo a La Pasionaria, que fue acusada de firmar los documentos que impidieron la vuelta de los niños de la URSS. “Nos consiguió ciertos privilegios que no tenían los rusos”, afirma. “¿Se habría logrado esto de oponerse al sistema soberano de Stalin? Conociéndola personalmente, yo no puedo creer que ella los firmara por su propia voluntad”, subraya. En aquel sistema estalinista bastaba con mandar una carta anónima a las autoridades “y tu vecino desaparecía”, quedándote “con sus metros cuadrados o su esposa”, lamenta Virtudes. De hecho, algunos de sus tutores, “los más críticos” fueron enviados a Siberia.

En 1992, trabajando en la biblioteca del Centro Español de Moscú, halló una revista soviética donde se narraba el envío del oro español a Rusia. En su opinión, como el Gobierno franquista exigía su devolución junto con los niños, Stalin desvió la responsabilidad a La Pasionaria y a Gueorgui Dimitrov, entonces secretario general de la Internacional Comunista. Hace pocos años, Virtudes encontró otro documento en el archivo de la Komintern donde el comité ejecutivo de la Internacional Comunista propone dar “una rotunda negativa” a “las reiteradas tentativas del Gobierno de Vizcaya y de Falange para organizar el regreso de los niños”. Con fecha 10 de agosto de 1940 y un “soglasen” (de acuerdo) bien visible, “solo aparecía la firma de Dimitrov”.

La Gran Guerra Patria

El 22 de junio de 1941 volvió el terror. Esperaban en balde una visita a la residencia, cuando irrumpió “la crujiente voz por el altavoz” de Viacheslav Mólotov: comenzaba la invasión nazi.

Los niños fueron evacuados por el Volga pocos meses después, cuando quedó claro que los alemanes llegarían a las afueras de Moscú. En las paradas que hacía el navío veían “como subían los reclutas entre el dolor y la desesperación de madres y esposas”. Al estar en las primeras oleadas “iban a morir”.

La noche antes de llegar les despertaron las bombas que caían cerca del barco. “Los ya despiertos en la cubierta contemplábamos inertes el rumbo del avión que nos bombardeaba”, describe sobre aquel momento en un capítulo de su libro.

Virtudes Compañ recordando el pasado.- JAVIER G. CUESTA

En Kukkus encontraron una aldea abandonada. Aquel invierno fue durísimo y la poca leña que había estaba mojada, por lo que no podían encenderla porque se llenaba de humo el cuartel. Así, para darse calor dormían de dos en dos. Además, la comida era regular pero escasa: 50 gramos de pan, gachas y vaso de té para desayunar; 50 gramos de pan, una sopa de verduras y un plato de papillas como comida; y 50 gramos de pan, una remolacha cocida y un te para cenar.

De 300 niños que estuvieron allí, durante toda la guerra no hubo ninguna epidemia y “solo murieron seis por tuberculosis, falta de alimentos y una deficiencia cardíaca”, señala Virtudes al recordar la atención y las órdenes de la enfermera Ñura. Una vez, al ir a ordeñar una vaca, advirtieron a Virtudes de que no bebiese porque tenía una T marcada: “Tuberculosis”.

Aunque no estaban en pleno frente, a su aldea llegaban a descansar los soldados que rotaban de Stalingrado. Uno de ellos se enamoró de Magdalena, de 17 años, “asturiana rubia de sonrisa perenne”. Le pidió la mano antes de volver a combatir, haciendo soñar a todas las amigas por el ideal de sus futuros maridos. Solo recibió de él dos cartas. A la tercera la comunicaron que había caído heroicamente, pero Magdalena no lloró. “Desde entonces conservo un gran sentido de amargura, ¿es que ella no llegó a quererlo? ¿Y toda la escena que se jugó de amor, fue todo una farsa?”, lamenta Virtudes.

Siendo apenas unas adolescentes, aquellas “niñas de la guerra” atendieron a los heridos ya operados. Muchos de ellos presentaban gangrenas porque a falta de vendas, solo pudieron cubrirse con paja sucia las heridas.

No obstante, Virtudes tuvo la suerte de evitar lo peor de la guerra. Tras el conflicto se reencontró con otros niños que habían logrado sobrevivir a Leningrado, Jersón y Odesa, muchas veces solos. Conchita, que había perdido las piernas al ser atropellada por un vagón durante la huida, yacía en un hospital cuando los soldados alemanes irrumpieron fusilando a todos los heridos. “No te atrevas, es una niña española”, gritó la enfermera. Poco después fue liberada en un contraataque, y tras la guerra logró andar sobre dos prótesis.

La invasión nazi marcó a los rusos para siempre. Tras el conflicto, en los clubes que reabrían “los soldados mutilados miraban desde las esquinas con tristeza y angustia a las parejas que bailaban. Rompía el corazón”, recuerda Virtudes.

Asimismo, la URSS se convirtió en un país de viudas. Sin embargo, Virtudes rememora algo que la impresionó. “En una marcha de presos alemanes, una mujer le dio pan a uno y todo el mundo miró a otro lado. “Un buen rasgo típico del carácter ruso es la falta de rencor en ellos”, sentencia.

El hundimiento de la URSS

Visita del Príncipe Felipe al Centro Español en Moscú en 2002

Rehecha su vida en los cincuenta, con un piso entregado por las autoridades a las familias hispano-rusas, Virtudes pudo disfrutar de décadas de tranquilidad. Con trabajo estable como mecanógrafa en la agencia de noticias Novosti y todas las necesidades cubiertas, su familia recorría durante un mes cada verano los ríos de “la sexta parte del mundo”, como se conocía a la Unión Soviética.

Presenció algunos de los congresos del PCUS más importantes, y vivió “anécdotas” como el momento más grave de la Crisis de los Misiles (La Crisis Caribeña, en ruso) en pleno Moscú, objetivo de los misiles nucleares estadounidenses.

“Toda la noche esperando en la redacción en silencio. Qué pasa, quién de ellos va a… Terrible, todos esperando quién de los dos… hasta que Jruschov dio marcha atrás”, rememora Virtudes. ¿Qué se pensaba de los americanos? “Creíamos que eran gente normal como nosotros, pero todo dependía de dos personas”.

Ella culpa de la caída de la URSS a la degeneración posterior a la guerra, cuando “todo lo aguantábamos con tal de evitar una nueva guerra o revolución, con tal de que no se derramara sangre”. Esta “niña” denuncia que al Partido Comunista “solo ingresaban los ambiciosos de poder” y la corrupción empezó a florecer.

Así, con la perestroika todo terminó de desplomarse. Su hijo se rompió una pierna y en el hospital no había nada: “No les daban de comer durante días y con una aguja hacían las inyecciones de todos”. Fallecería poco después por una infección.
“En los ochenta había carestía en las ciudades, colas inmensas; y en pueblos no había nada”, recuerda antes de afirmar que “todo era confuso, sentíamos haber perdido todos los pilares en los que pudiéramos apoyarnos”. Para ella, la Rusia de hoy es muy distinta a la que recuerda, aunque su gente conserva esos rasgos que siempre la fascinaron: “Siempre están dispuestos a ayudarte, siempre”.

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