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Perfil: Íñigo Errejón El constructor de pueblos

"Erróneamente, se tilda a Errejón de moderado o se le insulta diciendo que es la izquierda amable que, llegado el momento, servirá de báculo al PSOE aunque, en realidad, su radicalismo es mucho mayor del que se le presume".

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Retrato del líder de Más País, Íñigo Errejón, realizado por el ilustrador Thorsten Rienth. – PÚBLICO

Más que un partido, lo que le haría falta a Iñigo Errejón es un centro de experimentación o un gabinete de estudios porque el suyo, más que un proyecto político, es una conjetura, una problema de álgebra dispuesto para despejar incógnitas y confirmar sus teorías. Al que fuera considerado cerebrito de Podemos le imagina uno con una pizarra a su espalda tatuada en tiza con todas y cada una de sus fórmulas. Terco en sus conclusiones, cuando Pablo Iglesias puso en duda esa ecuación suya en la que afirmaba que algunas sumas restan le hizo frente en un duelo al sol en Vistalegre. No se discutía quién debía ocupar el ático del edificio sino cómo habían de ser los cimientos que tendrían que sostenerlo. Errejón perdió el envite, vio cómo le ponían un candado al laboratorio y aceptó partir hacia el destierro siberiano sin abjurar de sus conclusiones. Eppur si muove, que hubiera dicho Galileo.

La historia posterior es sobradamente conocida. Conmutada su pena por la magnanimidad del líder supremo, al matemático rebelde se le permitió ensayar sus derivadas en la Comunidad de Madrid, pero fuertemente vigilado por si le daba por ganar el Nobel y dejar en evidencia a sus detractores. Tras varios tiras y aflojas y ver relegado a su equipo, Errejón escapó cavando un túnel. Al otro lado le estaba esperando Manuela Carmena con sus magdalenas y la plataforma Más Madrid, embrión de ese Más País con el que concurre este próximo 10 de noviembre a las generales en varias provincias.

Desde entonces a Errejón se le ha tildado de traidor, aunque siendo justos hay que decir que ha sido el más fiel a los postulados que el grupo fundador de Podemos alumbró en aquellos fines de semana en Valsaín y en las tertulias en Tío Pepe, porque después de un cocido en la Sierra bien regado es cuando de verdad se arregla el mundo. Los fundamentos y los engranajes de lo que luego sería la máquina asalta-cielos que tanta impresión causó se deben a Errejón y a sus lecturas de Laclau, con sus significantes vacíos, sus transversalidades y sus nosotros y ellos en sus distintas versiones: los de arriba y los de abajo, la casta y la gente, y los malos y los buenos. Uno no hace una tesis doctoral sobre cómo Evo Morales se deshizo en Bolivia de la oligarquía dominante para que luego coja polvo como el arpa de Bécquer.

Si Podemos fue populista era porque Errejón, sinceramente, creía (y sigue creyendo) en el populismo, a diferencia de muchos de sus compañeros de viaje que interpretaban que el instrumento está muy bien en períodos convulsos y de crisis, pero que, al concluir estos sin haberse alcanzado el poder, lo mejor es refugiarse en los cuarteles de invierno de la izquierda, a la que nuestro personaje siempre ha considerado “una metáfora para los de abajo”. Es decir, que si los pretendidos beneficiarios de su causa se encuentran más cómodos sintiéndose de izquierdas bien está, pero sin perder de vista que el mensaje se dirige también a quienes se hallan en la otra orilla del río.

La conclusión es obvia: Errejón no se encasilla en la izquierda ni se siente llamado a sostenerla y mucho menos a liderarla porque su tarea como albañil de lo social es “construir pueblo”, esto es, una voluntad popular que, según ha explicado, aspire a un “sistema económico que sea ecológicamente sostenible, socialmente justo, equitativo en términos de género y que permita a la gente perder el miedo, ser libre y vivir en condiciones de igualdad de oportunidad relativa, lo mejor posible”. Y eso, que suena tan bien, vale para los de izquierdas y para los de derechas.

Más allá de los desencuentros personales con Iglesias, aquí se encuentra la razón primigenia de su accidentado divorcio. El chico de las gafas con cara de niño podía aceptar que se llegara a acuerdos con IU, pero se negaba en redondo a compartir techo y cama con esos comunistas, porque en su pizarra estaba escrito que para ganar no se puede ser la parte izquierda del pueblo sino el pueblo en su conjunto, es decir, la representación de una soberanía nacional liberada de la ley de la selva de la oligarquía.

Erróneamente, se tilda a Errejón de moderado o se le insulta diciendo que es la izquierda amable que, llegado el momento, servirá de báculo al PSOE aunque, en realidad, su radicalismo es mucho mayor del que se le presume. Basta con leer algunas de sus declaraciones para encontrar algunos términos  (“fuerzas patrióticas”, “internacional nacional popular democrática”...) que encajan bien en realidades políticas más caribeñas pero que al otro lado del charco, en la biempensante Europa, espeluznan bastante.

Quizás consciente de ello y para no dar la razón por completo a otros matemáticos que sostienen que, igual que algunas suman restan, es de Catón que las divisiones dividen, Errejón ha modulado el discurso para justificar su presencia en los próximos comicios. Si da el paso, o eso dice, es para poner fin al bloqueo y permitir un Gobierno progresista pero teniendo cuidado de ampliar la base de votantes potenciales rescatándoles de la abulia o de la abstención, y de ahí su cuidadosa selección de destinos. De igual manera, su ciega disposición al entendimiento con los socialistas tiene que entenderse como una simple maniobra táctica, más útil a sus intereses que mostrarse intransigente y refunfuñado con el PSOE, al que hay que marcarle el camino, no con piedrecitas ni garrotes, sino con zanahorias.

La verdad es que a Errejón no le quedaba otra que presentarse por eso de que a los trenes hay que subirse justo cuando pasan por la estación porque a la carrera uno no suele acertar con el estribo y cae a las vías o en el olvido, que es casi peor. El temor de muchos es que al concurrir, aunque sea parcialmente, cause un roto considerable tanto a Unidas Podemos como al PSOE, que lo azuzaba como un espantajo contra Iglesias para que comulgara con ruedas de molino y renunciara a la coalición, y que ahora es muy posible que en el pecado lleve la penitencia.

Llega Más País a la cita con el traje a medio hacer y pobremente hilvanado. Forzosamente, ya que así lo exige ese “hegemonizar la nación” al que aspira todo populismo, será un partido muy jerarquizado con un liderazgo providencial como el que imaginaba para Iglesias y que ahora le corresponde ejercer por necesidades del guión recién estrenado. De este obligado cesarismo ya se han tenido pruebas, como la designación discrecional del nuevo portavoz de Más Madrid en la Asamblea autonómica y amigo personal de Errejón, que provocó la dimisión de Clara Serra y sus justificados reproches. No es ninguna casualidad que la primera norma del chat de Telegram habilitado para facilitar el contacto entre la militancia fuera esta: “No se admite la política de corriente en este chat”. Suena a chiste que el errejonismo transformado en partido reniegue de lo que fue en Podemos pero es indicativo de por dónde irán los tiros del mando y de cómo se pespuntea la silueta piramidal de la criatura.

Clara Serra llevaba razón en muchas de sus críticas, incluida aquella en la que denunciaba que había que acordarse del feminismo cuando, sin cámaras de por medio, era posible saltar por encima de la hipocresía y feminizar las estructuras internas de las organizaciones. Puede que el caso de Serra sea una de las mayores contradicciones de Errejón, para quien, curiosamente, el movimiento feminista representa el espejo en el que debe mirarse su proyecto porque incluye los principales ingredientes de su receta populista: es transversal, intergeneracional y con capacidad para marcar la agenda política. En consecuencia, es el modelo perfecto, aunque la imitación diste por ahora de ser perfecta.

Su ideario se completa con una generosa mano de pintura verde y con un patriotismo que pretende ser desacomplejado, de los de bandera ondeante incluso, ya que, como suele afirmar, es un error regalar el orgullo de pertenencia al país a quienes reniegan de una de sus mitades. Ahí encaja su visión plurinacional sobre la que construir pueblo dentro de un equilibrio entre los principios y el pragmatismo: “Si sólo tienes pragmatismo puedes acabar dando vueltas en círculo, y si sólo tienes principios te puedes convertir en un charlatán, en un fanático”. En resumen, populismo sí, pero dentro de un orden y con mucho realismo porque a nadie se le escapa que esto no es Bolivia ni mucho menos Venezuela.

En el páramo que acostumbra a ser la política española, Errejón es una rareza capaz de articular un discurso inteligente, con independencia de que se esté o no de acuerdo con sus postulados. Titila su luz en el túnel, aunque como todo faro, puede evitar naufragios o conducir directamente hacia las rocas. Esperanza o peligro. Las urnas le pondrán en su sitio.

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