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Perfil: Pablo Iglesias Sansón va al peluquero

"Como las paradojas, las acciones de Pablo Iglesias suelen desafiar a la lógica. De hecho, en su día ya nos advirtió de que la política consiste en cabalgar las contradicciones"

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Retrato del líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, realizado por el ilustrador Thorsten Rienth. – PÚBLICO

Antes del 28 de abril los apasionados por la mecánica cuántica buscaban similitudes entre la situación de Podemos y el gato de Schrödinger, ese felino prodigioso que, encerrado en una caja y ante la posibilidad de estar o no expuesto a un gas venenoso, puede estar vivo o muerto. Pues bien, una vez abierto el paquete electoral se comprobó que la formación de Pablo Iglesias respiraba sin ventilación asistida, aunque lo de rechazar luego la merluza a las finas hierbas con guarnición de ministerios que se le sirvió desde La Moncloa no era de estar muy vivo ni muy cuerdo, ni como partido ni como gato.

Como las paradojas, las acciones de Iglesias suelen desafiar a la lógica. De hecho, en su día ya nos advirtió de que la política consiste en cabalgar las contradicciones. Una de ellas fue la propia creación de Podemos, que a muchos pareció una forma revolucionaria de unir a la izquierda dividiéndola primero. Se dijo entonces (lo hizo con gran brillantez el filósofo Santiago Alba Rico) que Podemos no nacía para aprovechar de manera oportunista el malestar social sino que era una urgencia, una manera de interpelar a la izquierda existente y a la que aún ignoraba que lo fuera, un vehículo en el que cabían todos porque la única alternativa al apocalipsis era tomar el poder. La disputa, por tanto, era entre los de abajo y los de arriba, entre la gente y la casta, y no entre la derecha y la izquierda, más si cabe cuando ésta última no era capaz de conquistar ni el poder ni la calle.

El propio Alba Rico alertaba del gran peligro que acechaba, que no era otro que el liderazgo y, más concretamente, la elección de un dirigente cuyo exceso de inteligencia pudiera ser más una tentación que un instrumento en contacto con la capacidad corruptora de los medios. Y quizás a la excesiva inteligencia de Iglesias y a su sempiterna visibilidad se deba la segunda gran contradicción de Podemos, pensado inicialmente como una marea de voces plurales, donde no cabían facciones ni traiciones, pero que rápidamente vio alzarse a su alrededor esa polvareda tan cotidiana de los campos de batalla. Aquel modelo ideado para ganar no dejaba de expulsar a sus propios perdedores a los márgenes del camino. Aquel coche perfecto, aquella maquinaria impoluta con la que se iba a asaltar el cielo, se había dejado abierto el capó y lo que permitía ver en su interior era un espectáculo poco edificante. “Nos hacemos mayores”, se dijo por toda justificación.

"¿Se equivocó el rumbo cuando se impidió la primera investidura de Pedro Sánchez con la idea de dar el ‘sorpasso’ al PSOE?"

Las contradicciones empezaron a acumularse, demasiadas para el pobre Rocinante y para su Quijote, desvencijado en su armadura por el peso de tantas adulaciones. Cuando se cabalga así es fácil cometer errores aunque la osadía del jinete siempre fue tal que se prohibió a sí mismo ver la luz cuando caía del caballo. O la vio pero quedó cegado por ese gigantesco resplandor que producen cinco millones de titilantes votos.

Bajo aquel atestado firmamento hasta los buenos navegantes pueden tener difícil orientarse. ¿Se equivocó el rumbo cuando se impidió la primera investidura de Pedro Sánchez con la idea de dar el sorpasso al PSOE? ¿Era posible imaginar que hubiera sumas que restan y que, tras la coalición con IU, es decir, entre el 20-D y el 26-J, iban a perderse un millón de votos? ¿Fue prudente cambiar la cabalgadura de un proyecto nacional, populista, si se quiere, para tomar las riendas de otro exclusivo de la izquierda? ¿Seguía siendo posible volver a hablar al conjunto de la sociedad y no sólo a los convencidos?

En esas se estaba cuando de verdad se jodió el Perú a la altura de Galapagar y se hizo trizas el relato. Como expiación al gran pecado inmobiliario hubo primero un desnudo integral sobre nóminas y herencias futuras que a nadie interesaba, y que sólo se explicaba porque Iglesias y su pareja, Irene Montero, eran conscientes de que su chalet con piscina y suelos de Porcelanosa era un misil contra el partido que pulverizaba su discurso contra las elites. Después vino lo peor, con un plebiscito peronista para que la militancia en su conjunto se convirtiera en avalista solidario de la finca y del ego de sus propietarios. Se cabalgaba una nueva contradicción en un disparatado tránsito de la ingenuidad y la inocencia al más necio de los infantilismos.

El drama posterior de Podemos tiene su origen en esta particular crisis del ladrillo que, entendida como un ataque externo de la derecha, de los poderes económicos, de la prensa y hasta de cierto quintacolumnismo, acentuó el cesarismo, proscribió el debate interno, fomentó las deserciones y devastó en gran medida la ilusión colectiva por un proyecto que se ha demostrado tan volátil como imprescindible.

"El drama posterior tiene su origen en esta particular crisis que  acentuó el cesarismo, proscribió el debate interno, fomentó las deserciones y devastó en gran medida la ilusión colectiva"

Iglesias no hubiera necesitado golpes de timón para reforzar una autoridad que nunca estuvo en entredicho. Si las cloacas del Estado intentaron fabricar pruebas para desacreditarle, si activaron una guerra sucia contra Podemos en uno de los mayores escándalos de la democracia fue porque le temían, porque sí se podía, porque demostró ser capaz de catalizar la indignación y articularla, porque, en definitiva, representaba la voz de los que nunca eran llamados a la mesa y exigían finalmente su trozo del pastel. Tratando de dar miedo a los poderosos puede que se le fuera la mano y extendiera la inquietud entre sus propios representados. El problema, como llegó a afirmar el considerado mayor traidor de entre las filas de los asaltantes de los cielos, es decir Íñigo Errejón, no es provocar miedo al Ibex sino dárselo a esa vecina tuya tan maja y tan impresionable.

Es difícil llegar lejos con tanto tiro en el pie. Y la escisión del errejonismo fue la consecuencia de una inolvidable balacera en las extremidades inferiores y en esa parte de la anatomía que reacciona con un grito a los golpes bajos. En ocasiones, ante pulsos que se entienden ilegítimos, conviene tragarse el orgullo de un sorbo rápido y con los ojos cerrados en vez de guiñar uno de ellos para apuntar mejor. Errejón no era un traidor por pedir que Podemos trascendiera a sus siglas para atraer más votantes, ni era el submarino de los poderes fácticos para hacer saltar por los aires el bloque de la moción de censura, ni siquiera el agente durmiente encargado de dinamitar el partido en un descuido. Tampoco era una infiltrada la entonces alcaldesa Manuela Carmena, de la que se llegó a insinuar que se había vendido a la banca y las constructoras en la llamada Operación Chamartín. Con la ejecución sumaria del primero, al que situó fuera de Podemos, era el partido en su conjunto el que se hacía el haraquiri mientras se allanaba el camino para que la derecha gobernara en el Ayuntamiento de Madrid y lo siguiera haciendo en la Comunidad.

Si los resultados de las elecciones generales de abril fueron algo más que decepcionantes, las municipales y autonómicas del mes siguiente certificaron que el problema no era el grano extirpado sino la septicemia organizativa de una formación que, saltando de nube en nube, se había olvidado de colocar sus propios cimientos en tierra firme. Volatilizados o jibarizados hasta la insignificancia en numerosas autonomías y privados de casi todas las joyas de la corona de su poder local, Iglesias comprendió tarde que lo peor que le puede pasar a una maquinaria de guerra electoral como la suya es quedar reducida a una escopeta de perdigones o a un vulgar tirachinas.

Quedaba la baza de la institucionalización definitiva con la entrada en un Gobierno de coalición, algo que se daba por hecho y que era la mejor manera de aplazar la resolución del galimatías interno y facilitar una sucesión ordenada, que muchos reducían entonces a la abdicación en Irene Montero para que todo quedara en casa. El politólogo jugó bien sus cartas, incluida su renuncia a formar parte del gabinete, hasta que las ramas le impidieron ver el bosque y el tapete. Puede que el galán de la Moncloa nunca quisiera la coalición, como se empeñó en demostrar a la vuelta del verano, pero, si absurda era la pretensión de formar un gobierno dentro del gobierno, más lo fue rechazar la oferta de una vicepresidencia y tres ministerios por muy floreros que a Iglesias le parecieran, en otro absurdo desafío a la lógica más elemental. Que en última instancia el acuerdo se esfumara por un mensaje de texto recibido tarde porque Pablo Echenique le daba a Telegram y no a WhatsApp ejemplifica el disparate de quien jamás desaprovecha la oportunidad de desaprovechar una oportunidad.

El de Iglesias es un barco por cuya borda han empezado a saltar coaligados y confluencias, previendo un naufragio muchos más aparatoso que el acaecido en primavera. Entonces, el emperador de Unidas Podemos impidió el Waterloo que se dibujaba en el horizonte a costa de un buen número de bajas. Hoy, junto a las deserciones, acecha el voto útil, Más Errejón y, sobre todo, un hartazgo formidable entre la izquierda. Derribar el templo de los filisteos sin que te caiga un capitel en la cabeza se antoja una misión imposible para Sansón después de pasar por la peluquería. Veremos hasta dónde llega su fuerza y cuántas vidas tiene el gato de la caja.

Nota: Originalmente este perfil fue perpetrado en abril y ha sido actualizado por su autor en los albores de ese día de la marmota en el que repetimos las elecciones generales. A la manera del Gatopardo se han cambiado y añadido cosas para que todo parezca exactamente igual.

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