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Primarias del PSOE Susana Díaz no es Margaret Thatcher

La candidata a liderar el PSOE es dura, cercana con la gente, feroz con sus rivales, adorada y odiada por los suyos, que necesitan su liderazgo, pero la ven como una contradicción de la izquierda.

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Susana Díaz en una foto de archivo / EFE

En los días previos a las elecciones andaluzas de 2015, las primeras para Susana Díaz, la flamante candidata socialista se bajaba del autobús de la caravana electoral en cada pueblo de Andalucía, y una multitud enfervoriza de vecinos la rodeaba, la aclamaba y se hacía paso a empujones para tocarla y hacerse fotos con ella. Díaz estaba embarazada de cinco meses. Las vecinas le tocaban el vientre y le hacían regalos para su bebé: una canastilla, unos patucos, unos baberos… “Éste se está portando bien, apenas da qué hacer. Parece que quiere contribuir a la mayoría porque no me da cansancio ni fatiga ni ná”, les decía ella, sin dejar de sonreír.

La sevillana, relajada, feliz, muy en su salsa, se paraba con todos, puerta a puerta, besando a ancianas, cogiendo a niños en brazos, estrechando la mano de jóvenes. “¡No nos falles, Susana!”, le gritaban. “No, eso nunca. Mi padre no me dejaría”. Fue entonces cuando nació una leyenda apócrifa: una ardilla podría viajar de Almería a Huelva sin tocar el suelo, desde la costa este hasta el extremo opuesto de Andalucía, saltando de selfie en selfie de Susana Díaz con un simpatizante del PSOE. En Andalucía hay en torno a 45.500 militantes socialistas, casi una cuarta parte del conjunto del país, y la secretaria general del PSOE-A ha pedido conocerlos a todos. Si la leyenda de la ardilla funciona también de norte a sur de España, como esperan los suyos, habrá ganado de largo las primarias para ser la próxima secretaria general del partido.

La fortaleza política de Susana Díaz está en su cercanía a la gente, su capacidad de empatizar con un albañil y con un catedrático de universidad, porque el PSOE es “un partido de albañiles y catedráticos de universidad”, resume un miembro de la Junta. Aunque reconoce que Podemos le ha quitado muchos nombres del segundo grupo: jóvenes, estudiantes, clase media formada y desclasada por la crisis. En cada acto, en cada mitin, Susana Díaz es la última en abandonar el recinto, “no se marcha hasta que no ha atendido hasta el último militante que se ha acercado para hablar con ella”, para hacerse una foto con ella, que luego, inevitablemente, subirá a una red social y contribuirá a engrandar su nombre.

No le gustan los intermediarios, prefiere hablar directamente con la gente

El hábitat natural de Díaz es un recinto con 10.000 personas escuchándola, queriéndola. No tiene pánico escénico ante un mitin multitudinario, pero sí ante cuatro periodistas. Lleva dos años sin dar una rueda de prensa. No le gustan los intermediarios, prefiere hablar directamente con la gente. Tiene una relación conservadora con los periodistas, ella elige con quién habla y con quién no. Cada 15 días hay una liturgia de poder en el Parlamento andaluz: la presidenta desciende la escalinata de mármol, sola, y dos pasos por detrás su guardia de corps (cinco hombres).

La candidata del PSOE en las autonómicas andaluzas, Susana Díaz, en el mitin de su último cierre de campaña. REUTERS/Marcelo del Pozo

Díaz camina hacia el hemiciclo y un tumulto de cámaras, micrófonos y periodistas la espera, se arremolina en torno a ella y comienza a retroceder a medida que la presidenta avanza, casi siempre sin detenerse, con declaraciones fugaces. Confusión, tropiezos, nervios, expectación, riesgo de caer de espaldas. ¡Cuidado, cuidado! Todo dura un instante, hasta que Díaz pasa de largo y entra en la Cámara para someterse a la sesión de control al Gobierno. “Le encanta hacerlo. Siempre cada 15 días. No se cansa”, dice un fotógrafo profesional que lleva cangrejeando frente a ella desde 2013.

Otro punto fuerte de Susana Díaz es su infinita memoria: recordará el nombre de todos los militantes que se acercaron, recordará la anécdota de aquella señora del Viso del Alcor que tenía a su marido enfermo y en lista de espera, recordará a aquella mujer de Utrera apenada porque a su hijo no le llegaba para estudiar ni con beca. No sólo lo recordará, hará suyas las historias personales de la gente normal y las incluirá en sus discursos sin necesidad de escribirlas. “La presidenta del pueblo”, hija de un ama de casa y un fontanero, ella misma se dice “de la casta de fontaneros” para devolverle el dardo a Podemos. Las mismas razones por las que unos la adoran, otros la detestan, la llaman populista, la acusan de hablar al pueblo “como si fueran tontos”. “Nadie en el PSOE tiene ahora ese poder de conexión con la gente. Nadie lo ha tenido, a excepción de Felipe González y Alfonso Guerra”, dicen los más veteranos.

Laicista y devota

De Susana Díaz (Sevilla, 1974) se dice que es una política de izquierdas que tiene porte de derechas. En las encuestas, recaba las simpatías del votante conservador, pero en las urnas recoge miles de votos de izquierdas. Susana Díaz es una política de izquierdas con contradicciones en un país que no tolera las contradicciones en la izquierda, y que demoniza a todo aquel que no representa el ideal puro de la izquierda, aunque gane elecciones, o precisamente porque las gana, aun siendo como es. Esto irrita a la izquierda ortodoxa, porque según su visión de la política, es contradictorio.

Es contradictorio que Susana Díaz, a la que Podemos y ahora los sanchistas consideran la expresión más conservadora del PSOE, gane de largo en los comicios a la formación de Pablo Iglesias (a quien aventaja en 33 escaños y más de 900.000 votos). Es contradictorio que el socialismo español, de vocación laicista y anticlerical, se ponga en manos de una católica y ex catequista, devota de la Esperanza de Triana y de la Virgen del Rocío. Es contradictorio que la presidenta de Andalucía, una región con un tejido productivo exiguo donde el 98% de las empresas son pymes, se codee y haga fotos con grandes banqueros y empresarios poderosos del Ibex 35. Es contradictorio que el PSOE, un partido con 140 años de vida que siempre ha estado liderado por hombres, se encomiende a una mujer para afrontar la mayor crisis de liderazgo de su historia reciente. Tan contradictorio es todo esto para una parte de la izquierda, que algunos de los suyos no sólo están cuestionado el izquierdismo de Susana Díaz, también han puesto en duda su feminismo y hasta su condición de mujer, asemejando su forma de hacer política a la de un hombre.

En el círculo de confianza de Susana Díaz, como en el de Thatcher, no hay mujeres

El pasado 8 de marzo, día de la Mujer Trabajadora, la diputada de IU, Elena Cortés, que fue compañera de gabinete de Díaz en el anterior gobierno de coalición PSOE-IU, acusó a la presidenta de “actuar y gobernar como si fuera un hombre”. Un exabrupto bastante común y no exclusivo de la izquierda pura que repudia a la izquierda traicionera, porque algo similar escuchó Margaret Thatcher de los miembros del partido conservador (Tory) al que pertenecía. Ojo: Susana Díaz es ambiciosa, es una alcohólica del trabajo, con disponibilidad las 24 horas los 365 días del año, es dura, es letal con sus adversarios, es de hierro, si quieren. Pero no es Margaret Thatcher.

Díaz y Thatcher representan modelos sociopolíticos antitéticos, la primera es socialdemócrata, lo cual en Andalucía implica mayor cota de intervencionismo si cabe por parte de la Administración, dado que la economía regional funciona a golpe de dinero público. Thatcher, en cambio, era una neoliberal ultra, a quien le sobraban los sindicatos, los comités de empresa, el derecho a huelga y la regularización del mercado. Eso sí, ambas son damas de hierro, baste eso para asemejarlas a hombres y situarlas en el espectro de la derecha. A las dos les precedió una generación de políticos hombres, a ratos machistas, y supieron sacar cabeza como símbolos para las mujeres que rompen el techo de cristal. Pero luego ellas mismas optaron por rodearse de políticos hombres, no aprovecharon su posición en la cima para poner a su lado a mujeres igual de valiosas, con más méritos o los mismos que sus compañeros líderes. En el círculo de confianza de Díaz, como en el de Thatcher, no hay mujeres.

Bética y de la vieja escuela

Susana Díaz vive en el barrio de León, al final de la calle San Jacinto, arteria principal de Triana, que en sentido contrario cruza el puente y atraviesa a Sevilla. Es la mayor de cuatro hermanas, su padre fue fontanero del Ayuntamiento hispalense, al que ella entró como concejala a los 25 años. Está casada con un hombre de su barrio y tienen un hijo. Le gustan los toros y es fan de Morante de la Puebla. Es del Betis, solía ir al estadio del Benito Villamarín a ver los partidos, y repite a menudo que le “gusta ganar”, que “no le gusta perder ni al parchís” (otra contradicción siendo bética este año). Fue delegada de clase y se metió en política a los 16 años. Antes de aprender a conducir y antes de terminar COU ya militaba en Juventudes Socialistas de Andalucía, una organización poderosa, vertical, cantera de políticos profesionales que heredaron el discurso de sus mayores pero, al contrario que ellos, nunca tuvieron oficio conocido al margen de la política.

Este reproche le hizo tanto daño en campaña, que al final la socialista aportó un dato desconocido: sí que tuvo una vez un trabajo remunerado: durante una época vendió cosméticos a puerta fría y dio clases particulares para pagarse los estudios. “Hablaban de la Transición como si hubieran corrido delante de los grises y algunos ni siquiera habían nacido”, dijo en una ocasión un exdirigente que lo fue todo en el PSOE-A. Díaz es licenciada en Derecho por la Universidad de Sevilla, aunque sus rivales siempre le recuerdan que tardó diez años en terminar la carrera. Fue concejal cinco años, hasta llegar a teniente de alcalde, fue diputada en el Congreso en la última legislatura de José María Aznar, y fue parlamentaria andaluza desde 2008.

La llegada de Susana Díaz a la secretaría general del PSOE-A y a la presidencia de la Junta supuso un relevo generacional en la política andaluza, donde llevaban gobernando durante tres décadas los socialistas de la generación de Felipe González. En marzo de 2012, Griñán la nombra consejera de la Presidencia, y a partir de ahí empieza a pulir su imagen de dura, su discurso y su apariencia física: colores suaves, mechas rubias, labios rojos.

Desde entonces ha sido una figura ascendente en la política nacional, referente en el PSOE, una estrella mediática que lleva cinco largos años en el candelero, objeto de todas las críticas posibles, sometida a la mayor presión que ha existido nunca para que diera el salto a Madrid. Ella quiso desde el principio, y acaba de darlo. Ha calculado muy bien su momento. Algunos creen que ha esperado demasiado, que ha quedado demasiado expuesta y que llega quemada a las primarias. Díaz quería un salto sin riesgos, ganar antes de que empezase la partida, como ha hecho siempre. Acude rodeada de todos los grandes nombres del PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra al frente, infundiéndole seguridad y poder. Pero esta vez el margen de error es mayor.

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