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Rajoy defiende de nuevo que gobierne el más votado y subraya que el PP “no es una pandilla”

El candidato que se emociona con las alcachofas mitinea en Pontevedra, la ciudad donde se crio, donde comenzó su carrera política y que le ha nombrado 'persona non grata'

Mariano Rajoy, acompañado por Alberto Núñez Feijóo, Ana Pastor y Alfonso Rueda, en Pontevedra. / EFE

JUAN OLIVER

PONTEVEDRA.-  El candidato que se emociona con las alcachofas acudió ayer a la ciudad donde se crio y donde comenzó su carrera política como concejal, asegurando que el PP “no es una pandilla” y reiterando por enésima vez que debe gobernar la lista más votada. Lo cierto es que Rajoy, si se permite el símil, se mostró también como una alcachofa: duro y fibroso, resistente, e inmasticable por fuera, pero jugoso, con chicha, y hasta tierno por dentro.

A Rajoy lo quieren en Pontevedra, “mi ciudad”, dijo, aunque naciera en Santiago. Abarrotó el Teatro Principal, fácil de llenar porque tiene poco más de 400 plazas, tanto que muchos pontevedreses se quedaron fuera, y empezó mostrando sus gafas y soltando un gracejo: “Como veis, ya las he recuperado”. Se refería al tarado que le pegó un puñetazo en su visita a la villa durante la campaña del 20D.


El presidente en funciones, que por la mañana había entonado el ¡Gibraltar español! en la radio pública para darse luego en Asturias todo un baño de vacas, llegó al Teatro sintiéndose persona grata -el Ayuntamiento, gobernado por el BNG desde hace 19 años con apoyos o en coalición con el PSOE, lo declaró oficialmente hace unos meses todo lo contrario-.

En su discurso, ya lo dijimos, Rajoy hizo de alcachofa. Empezó duro y amargo (“Somos un partido correoso y por eso estamos aquí"), con el taco de billar afilado para denunciar las carambolas de Ciudadanos y el PSOE (“Que gobierne la lista más votada. Algunos no se han enterado de cómo funciona un sistema democrático”), y defendiendo una gestión que, reconoció, se le había atragantado por las difíciles decisiones que, según afirmó, tuvo que tomar.

“¡Te queremos, presidente!” le gritaron los suyos a medida que fue quitándose lascas y mostrando ese lado humano, de corazón de alcachofa: “Quiero deciros que estoy bien, que me siento con fuerzas, que estoy preparado para gobernar España otros cuatro años, y que tengo el respaldo del mejor partido, del más grande”. “Aquí florecen personajes de todo tipo, pero siempre habrá alguien capaz de enarbolar una bandera del Partido Popular. El PP no es una pandilla”, dijo con épico entusiasmo en el minuto de oro de su discurso.

Su formación ya intuye de sobra que los votos que pueda ganar o perder en estas elecciones no se los disputa ni a Unidos Podemos ni al PSOE. Por eso Rajoy se dedicó a defender su mandato con los argumentos consabidos (la sanidad funciona, se crea empleo, se defiende como se debe la unidad de España), y dejó para sus teloneros las menciones más duras contra Sánchez, que había dado otro mitin hacía unas horas a cinco minutos del Teatro Principal y que a la misma hora actuaba en Vigo. Todos los que se subieron al atril mentaron también al PSOE y a Unidos Podemos, pero sobre todo a Albert Rivera. Lógico, el rival a batir en Galicia, es el partido naranja.

Naranjas contra alcachofas, sí. Rajoy se fue desnudando hoja a hoja, cocinaba en casa y sabe que Galicia es una huerta abonada para su formación, y en la que Rivera lo tiene crudo. El catalán obtuvo en diciembre en esta comunidad un 9% pelado de votos, casi cinco puntos menos que su media nacional, y sólo un escaño, por A Coruña. Así, las 50.000 papeletas que Ciudadanos cosechó en la provincia de Pontevedra –apenas 5.000 en la capital- le vendrían como agua de junio al PP para recolectar, quizá, un diputado más el día 26 a costa de En Marea.

Al líder popular lo precedieron el vicepresidente de la Xunta, Alfonso Rueda; y la ministra de Fomento, Ana Pastor. Fue ella la encargada de darle más leña a Podemos con algunas frases poco convincentes (“Carmena es capaz de cualquier cosa con tal de que Madrid no salga adelante”) y otras más ingeniosas (“Ese corazoncito [el de la coalición UP] parece el de Frigo pero sin el helado”).

Tras la ministra disertó el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, que vino a ser como esos taquitos de jamón que maridan tan bien con las alcachofas salteadas, potenciando su sabor y, sin pretender ser el ingrediente principal del plato, sí protagonizar algún que otro bocado.

Estuvo salado, hablando un gallego de dudosa calidad (“obligación” por “obriga” aunque no “hartazgo” por “fartura”, como hizo en una entrevista publicada el mismo día en un medio regional), y con aplaudidas burlas contra Rivera (“Como quiere ir en AVE y no quiere AVE para Galicia, pues no vendrá nunca por aquí”); contra Podemos (“Si Pablo Iglesias fuera el candidato de mi partido le diría que debería aprender humildad de los gallegos”) y hasta con un guiño al perfil de su propio líder: “Pues sí, es un señor de Pontevedra. Y se dedica a lo que se tiene que dedicar un señor [el tono era mayúsculo]: a tratar a todos por igual”. Todo eso lo hizo manejando muy bien la sartén, para evitar ese molesto efecto antidigestivo de las alcachofas, que se repiten como demonios cuando el cocinero deja que se quemen demasiado.

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