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Rubalcaba El más listo de la clase

"No podría escribirse la historia del PSOE de los últimos 30 años sin mencionar a Alfredo Pérez Rubalcaba que inició su trayectoria en el primer Gobierno de Felipe González y que sobrevivió a todos los avatares del partido"

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Alfredo Pérez Rubalcaba. / EFE

A muchos dirigentes del PSOE la figura de Alfredo Pérez Rubalcaba siempre les recordó a la de José Fouché, aquel profesor de Física al que apodaron el genio tenebroso y que fue capaz de sobrevivir a las dos décadas más convulsas de la historia de Francia. Fouché llegó a ser ministro de la Policía de Napoleón y hasta en esto Rubalcaba, ministro del Interior durante cinco años y uno de los principales artífices del fin de ETA, pareció querer emularle.

Fouché, según le describía Stefan Zweig en la mejor de las biografías del personaje, era demasiado inteligente para codiciar el papel de protagonista, un ambicioso carente de vanidad y sin las ataduras de las convicciones. Ansiaba el poder pero le bastaba la conciencia de poseerlo sin importarle vestir la púrpura o el fervor popular. Justamente así fue Rubalcaba mucho tiempo hasta que las adulaciones sobre su talento, que era inmenso, le llevaron a salir de entre bambalinas y ocupar el centro de la escena. Esa fue su tragedia porque cuando por fin pudo mostrarse como líder, cuando no tuvo necesidad de poner palabras en la boca de nadie sino limitarse a pronunciarlas en voz alta, le tocó gestionar su propio naufragio.

No podría escribirse la historia del PSOE de los últimos 30 años sin mencionar a este hombre que inició su trayectoria en el primer Gobierno de Felipe González y que sobrevivió a todos los avatares del partido, incluidos errores propios tan descomunales como el de manifestar su inquebrantable apoyo a José Bono en 35 Congreso de los socialistas que acabaría ganando Zapatero. Rubalcaba fue capaz de convertirse en imprescindible para todos los secretarios generales hasta que él mismo lo fue, y habría mantenido su influencia sobre Pedro Sánchez si no hubiera sentido por el hoy presidente del Gobierno un desdén personal e intelectual que jamás se molestó en ocultar.

Cuando por fin pudo mostrarse como líder, cuando no tuvo necesidad de poner palabras en la boca de nadie sino limitarse a pronunciarlas en voz alta, le tocó gestionar su propio naufragio

Como se ha dicho, cabe atribuir a Rubalcaba un papel decisivo en el final de ETA aunque, posiblemente, la historia le recordará también por aquella comparecencia suya del 13 de marzo de 2004, en plena jornada de reflexión, cuando desarboló el intento de Aznar y Acebes de llegar a las elecciones ocultando la autoría yihadista de los atentados del 11-M con una frase a la que algunos atribuyen la derrota del PP: "Nos merecemos un Gobierno que no nos mienta". Al apagarse las luces y las cámaras confesó a un grupo de periodistas la pregunta trascendental que le había formulado previamente Pilar, su mujer: "¿Es que no había nadie más? ¿Por qué siempre te toca a ti hacer estas cosas?".

Y es que a Rubalcaba le tocaba casi todo o así se lo autoimponía. Interlocuciones con el Gobierno o con la oposición, diseño de campañas, estrategias, mensajes. Su capacidad de trabajo era infinita y sus contactos, innumerables. Se le podía ver en los pasillos del Congreso a última hora de la noche hablando por uno de esos móviles minúsculos y antiguos y repetir la escena a primera hora del día siguiente, como si la necesidad de dormir fuera un contratiempo, un inconveniente. Sus adversarios le presumían una capacidad innata para la conspiración que, en realidad, era su manera de reconocerle como el más listo de la clase.

Tras su fracaso en las elecciones generales de 2011, donde el PSOE obtuvo unos resultados que para sí hubiera querido Pedro Sánchez en su primera tentativa, presentó sus credenciales a la secretaría general del PSOE y logró imponerse por estrecho margen a Carme Chacón, vilipendiada entonces por algún medio afín a Rubalcaba que la situaba en el epicentro de un conglomerado de intereses ajenos al partido. El liderazgo le duró poco más de dos años, cuando una nueva debacle electoral en las europeas de mayo de 2014 le condujeron a la dimisión y a la renuncia de su escaño.

Una cosa es que la política le dejara después de más de 30 años de dedicación absoluta y otra que Rubalcaba abandonara la política. Reincorporado a su plaza de profesor de Química Orgánica y algo debilitado de salud, se dedicó a dar charlas y lecciones magistrales sobre comunicación política en la que no ahorraba burlas a su sucesor en el PSOE. De Sánchez no le gustaban ni los andares, tal y como transmitía en algunas tertulias de amigos, y no le perdonaba el castigo al que había sometido a quien fuera su mano derecha en el partido Elena Valenciano. Cuando le pidió ser el candidato del PSOE a la alcaldía de Madrid pudo darse el gusto de mandarle a hacer puñetas. Quizás fuera su última venganza.

De Fouché opinaba Tayllerand, otro de los grandes supervivientes de la historia, que despreciaba tanto a los hombres porque se conocía demasiado bien. Puede que no sea el caso de este genial intrigante al que durante mucho tiempo le bastó con extender su influencia sin reclamar el bastón de mando. Se ha ido uno de los políticos más extraordinarios de este país, un calculador de mil ojos de una inteligencia espartana. Mirando a nuestros actuales dirigentes es seguro que le echaremos de menos.

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