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Sucesión de Rajoy Feijóo cumple nueve años en la Xunta preparando el asalto de la Moncloa

El jefe del Ejecutivo gallego se posiciona como el candidato mejor colocado para suceder a Rajoy en uno de los momentos más delicados para el presidente del Gobierno.

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El presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Nuñez Feijóo. / SALVADOR SAS (EFE)

El día en que tomó posesión como presidente de la Xunta el 18 de abril del 2009 Alberto Núñez Feijóo se emocionó recordando a sus padres, una humilde pareja de la aldea ourensana donde se crio, Os Peares, y que, según dijo, habían conocido muy de cerca “las penurias de la posguerra”. El apuesto cuarentón al que Fraga había señalado para heredar el PP gallego, y que acababa de arrebatar el Ejecutivo autonómico a la coalición del PSOE y el BNG por un sólo escaño de diferencia, prometió aquel día en su discurso de investidura gobernar “con humildad” y, sobre todo, no olvidarse de los problemas que enfrentaba a diario la gente como sus padres en pleno crac de la economía occidental.

Nueve años después, miles de gallegos siguen pasando penurias –uno de cada cinco viven bajo el umbral de la pobreza y en situación de riesgo de exclusión social, según los datos del Instituto Galego de Estatística (IGE)-. Pero Feijóo se ha convertido en este tiempo en uno de los líderes políticos mejor valorados en España. Es el barón regional más influyente del partido y, tras la caída en desgracia de la licenciada Cifuentes, probablemente el candidato de su partido mejor posicionado para suceder a Mariano Rajoy.

¿Llegará Feijóo a la Moncloa? “Él no muestra preocupación alguna por eso, sólo está centrado en Galicia”, cuentan desde su entorno algunas fuentes que lo conocen bien y que, sin embargo, admiten que el presidente gallego es consciente de sus posibilidades. “Claro que sí. Pero también sabe que en política es mucho más importante estar en el momento adecuado que estar en el lugar adecuado. Por eso ahora toca esperar”, añaden.

Feijóo llegó a presidente de Galicia casi de casualidad. Había iniciado su carrera como letrado de los servicios jurídicos de la Xunta, donde despertó las simpatías de José Manuel Romay, todopoderoso líder del PP de A Coruña que acabaría convirtiéndolo en secretario general de la Consellería de Sanidade.

De aquella época vienen sus polémicas fotos con Marcial Dorado, un escándalo del que sorprendentemente ha logrado salir vivo sin que nadie haya cuestionado que era literalmente imposible que no conociera las actividades del narco cuando se tomaron esas instantáneas. Era el verano de 1995, y Dorado ya había estado implicado en operaciones contra el contrabando y el tráfico de drogas tan relevantes como la Nécora. Sin embargo, Feijóo mantuvo su amistad con él hasta el año 2004, cuando las fuerzas de seguridad encontraron las fotos en una redada en su chalé.

Feijóo tampoco ha sabido explicar nunca por qué ocultó su existencia durante nueve años, ni ha querido confesar que quien le advirtió de que existían era un subdelegado del Gobierno de lengua demasiado larga y escaso aprecio por el secreto de las investigaciones policiales: Arsenio Fernández de Mesa, quien con los años llegaría a director general de la Guardia Civil.

Pero contábamos que Feijóo llegó a la Xunta casi de casualidad, gracias a la marea negra del Prestige y a una sospechosa filtración del PP nacional que desveló que las empresas del delfín de Fraga en Galicia, José Cuíña, estaban lucrándose con la venta de material para la limpieza de playas. A Fraga no le quedó más remedio que obligarlo a dimitir. Y alguien puso sobre su mesa el nombre de Feijóo, a quien su mentor Romay había aupado a la dirección del Instituto Nacional de la Salud y a la Dirección de Correos en Madrid.

Estaba lejos de Galicia, sí, pero estaba en el momento adecuado: Joven, con fama de eficiente y obediente gestor, bien visto en Génova, respaldado por un ministro de confianza de Aznar y sin ataduras aparentes con las corruptelas del partido en Galicia...

Feijóo no tenía territorio ni poder orgánico, dos elementos que los expertos siempre subrayan como elementos fundamentales para sostener a un candidato de éxito. Pero aun así le ganó la batalla a José Manuel Barreiro, hoy portavoz popular en el Senado, para hacerse con el liderazgo de un partido que sin Fraga parecía huérfano. Feijóo asaltó el poder y ganó las elecciones del 2009, aunque por los pelos, con un escaño de diferencia sobre la suma PSOE-BNG y con apenas 32.000 votos más que los que había obtenido Fraga cuando las perdió en el 2005.
Desde entonces se ha dedicado a forjarse una imagen de buen gestor que avala buena parte de sus posibilidades de convertirse en el sucesor de Rajoy y asaltar la Moncloa, pero que contradicen aquel discurso de abril del 2009 en el que prometía humildad y gobernar sin olvidarse de los más desfavorecidos.

En nueve años, Feijóo ha convertido a Galicia en una comunidad ejemplar en la contención del gasto a costa de privatizar y recortar presupuestos y prestaciones en sanidad, educación, cultura, servicios públicos , atención a dependientes... También presume de haber recuperado la economía gallega, cuando el paro sigue por encima del 15%, se cobran los salarios y las pensiones más bajas de España y hay más de 40.000 afiliados menos a la Seguridad Social que cuando él llegó al poder. Se jacta de defender y promover el gallego, cuando lo cierto es que según un informe de Mesa pola Normalización Lingüística, durante su mandato se ha reducido drásticamente el número de hablantes. Para el Consello da Cultura Galega, un organismo oficial vinculado a la Xunta, esa situación tiene relación directa con el hecho de que el Ejecutivo autonómico destine apenas un 0,65% de su presupuesto consolidado a promover acciones culturales en el idioma oficial de la comunidad.

Lo cierto es que todo eso no ha afectado en nada al cartel electoral de Feijóo, que ha consolidado y ampliado sus mayorías absolutas elección tras elección, ni a su poder prácticamente omnímodo sobre del partido en Galicia, a la que tolera que siga manteniendo tupidas redes clientelares en las zonas donde el PP cuenta precisamente con más apoyos. Especialmente en las del interior de la provincia de Ourense, de dónde provienen sus padres y donde la Diputación que preside José Manuel Baltar sigue ofreciendo ejemplos de caciquismo que parecerían sacados de una novela costumbrista.

Pero Feijóo a lo suyo. Una vez construida su imagen de buen gestor gracias a una manipulación sonrojante de los medios públicos –y también de los privados, cuyo apoyo se granjea periódicamente mediante subvenciones, convenios y ayudas a dedo-, se ha dedicado a moldear la de político de raza hecho a sí mismo, de líder capaz de superar escándalos mediáticos y de cuestionar el argumentario del partido cuando conviene a sus intereses. Como ha hecho recientemente al cuestionar la idoneidad de seguir apoyando a Cristina Cifuentes en plena tormenta del máster, o como hizo hace unos meses al encabezar la rebelión de varias autonomías contra la idea del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, de condonar parte de la deuda de la Generalitat.

Feijóo cumple hoy nueve años de aquel discurso con el que accedió al poder prometiendo humildad, sin que las penurias que siguen padeciendo muchos gallegos como sus padres ni sus incumplimientos electorales hayan minado ni un ápice su tirón electoral. Y la onomástica ocurre justo cuando Rajoy atraviesa sus momentos más difíciles en el Gobierno, con las encuestas entregadas a Ciudadanos –que por cierto, en Galicia es todavía una formación residual-, el caos político y judicial sembrando desgobierno en Catalunya y las viejas y nuevas tramas de corrupción del PP abriendo informativos día tras día. Si este no es su momento, se le parece mucho.

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