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Tensión en el Congreso Golpes bajos, malas artes e insultos: el reverso tenebroso de la "casa de la palabra"

Ana Pastor debería asumir que el Congreso puede convertirse en una taberna donde tipos patibularios profieren insultos en sus ajustes de cuentas. No es un producto de la nueva política porque siempre fue así. Históricamente, por su tribuna han pasado muy pocos Azañas y demasiados Cantinflas.

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Gabriel Rufián (ERC) y Rafael Hernando, en dos momentos de tensión en el Congreso. (REUTERS | EFE)

Para evitarse más sofocos como el de este miércoles cuando tuvo que expulsar a Gabriel Rufián del hemiciclo, la presidenta del Congreso, Ana Pastor, debería asumir que su "casa de la palabra" es, en realidad, un teatro que improvisa decorados al alzarse el telón. El templo del diálogo puede convertirse en ciénaga, en patio de colegio, en tienda de camisetas y, lo que es más normal, en una taberna donde tipos patibularios profieren insultos en sus ajustes de cuentas. No es un producto de la nueva política porque siempre fue así. Históricamente, por su tribuna han pasado muy pocos Azañas y demasiados Cantinflas.

Nunca fuimos nunca de guardar las formas. Nos molaba eso de los británicos, lo de la peluca rizada del speaker de la Cámara de los Comunes que se creía que infundía respeto, y hasta intentamos vestir con mucha pompa a nuestros legisladores, pero el experimento fue un fracaso. Contaba Alcalá Galiano que al conocer el gran público el modelito y su parecido con el ropaje de una figura de la baraja de cartas el cachondeo provocó el desistimiento. Durante algún tiempo se impuso el uso de la levita negra y la chistera, tocado que acabó siendo de uso exclusivo del presidente de la Cámara con una función reveladora: si se la calaba en medio del griterío indicaba el levantamiento de la sesión. La costumbre se mantuvo hasta la presidencia de Besteiro, que no debía sentirse cómodo con este sombrero mientras Indalecio Prieto iba con boina. Precisamente a Prieto se le atribuye haber apuntado con su pistola a un diputado de la CEDA en medio de una trifulca parlamentaria que acabó a puñetazos. Ana Pastor, que es buena persona y a la que le subleva que le llamen institutriz, se queja de vicio.

A estas alturas sigue sin saberse a ciencia cierta si el diputado de ERC Jordi Salvador, en adaptación peninsular de la flema británica, escupió a Borrell o si el ministro hizo un Neymar y se inventó el gargajo o lo confundió con resoplido. Intentó aclararlo Ferreras en La Sexta aplicando la moviola pero su investigación no ofreció resultados irrefutables. Nos moriremos pues sin saberlo aunque el episodio forme ya parte de la historia de las pendencias parlamentarias y sus tumultos.

Irrebatible sí fue, en cambio, la expulsión de Rufián del hemiciclo, que, muy a su pesar, no fue la primera como al de ERC le hubiera gustado. Le ganó por la mano —dicho sea sin ofender— el diputado del PP Vicente Martínez Pujalte (mayo de 2006), llamado también tres veces al orden y obligado a dejar la Cámara mientras retaba al presidente Manuel Marín a llamar a la Policía con la muñecas cruzadas ofreciéndose a ser detenido. Por mucho que Rufián guiñe el ojo a Beatriz Escudero, agite impresoras desde el escaño o enarbole las esposas de un kit de vaqueros comprado en un chino, el podio de esa liga de provocadores que disputan algunas de sus señorías ya estaba ocupado.

Gracias a la costumbre estalinista de reescribir la historia, los diarios de sesiones se han ido purgando de hechos lamentables, o así juzgados por el presidente de turno, para evitar la constancia oficial de que el Congreso es un garito de medio pelo

Por la novedad, lo de Pujalte causó mucho escándalo pero quizás el incidente más grave se produjo un año antes con el intento de agresión de Rubalcaba en los pasillos del Congreso por parte del popular Rafael Hernando. Corría el año 2005 y la Diputación Permanente debatía el incendio de Guadalajara en el que habían resultado muertos once brigadistas. Rubalcaba había acusado a los populares de mentir y de tener mucha cara. A la salida, Hernando se fue hacia él y, de no haber sido por Zaplana, Acebes y la fallecida Carme Chacón que se interpusieron en el camino de su brazo, el mamporro habría sido inevitable. El episodio quedó sin sanción.

Gracias a la costumbre estalinista de reescribir la historia, los diarios de sesiones se han ido purgando de hechos lamentables, o así juzgados por el presidente de turno, para evitar la constancia oficial de que el Congreso es un garito de medio pelo al que sólo da respetabilidad los dos leones de la entrada. Formalmente, en la reyerta de este miércoles nadie llamó golpista a nadie ni nadie acusó a nadie de fascista. Sabino Cuadra, diputado de Amaiur, nunca arrancó desde la tribuna varias páginas de la Constitución ni éstas cayeron al suelo como hojas de otoño. Celia Villalobos jamás llamó ladrones a los socialistas, por los que luego dijo sentir mucho respeto. Dolors Nadal, también del PP, no acusó al entonces ministro de Industria José Montilla de embolsarse 1.000 millones ni de "orquestar a los matones" que reventaban algunos actos de su partido. Y, por supuesto, tampoco Francisco Murcia tildó de maricón a Gaspar Llamazares mientras hablaba de los derechos de los homosexuales.

El templo de la palabra ha sido habitualmente el de los gritos, que no sólo llegaban desde los escaños —donde durante un tiempo un grupo de parlamentarios de la derecha constituyeron el llamado tendido del 7 que no pasaba ninguna faena a sus adversarios— sino también desde la tribuna de invitados, que en cierto modo, ya fueran víctimas desesperadas o estibadores cabreados, se limitaban a hacer lo que veían a todas horas en la casa de todos.

De estas malas artes han sido víctimas oradores muy principales como Borrell, al que en 1998 le amargaron su debut como líder de la oposición en un debate del Estado de la Nación que ya ha pasado a los anales. Encelado en los devengos de caja y en la explicación de un supuesto fraude a la Seguridad Social que sólo él entendía, el socialista cayó en la trampa más vieja del parlamentarismo, que consiste en sacar de quicio al interviniente con abucheos, pateos y menciones a la madre, que aquí nunca fue sagrada. Dieciocho veces protestó por las interrupciones en sus 50 minutos de discurso, y hasta los suyos reconocieron que había perdido los papeles aunque hablara sin notas.

Otro tanto le ocurrió al difunto Labordeta, aunque el cantautor ni siquiera necesitara del auxilio de la presidencia para mandar a la mierda a los revoltosos o gilipollas al diputado Carlos Aragonés con más razón que un santo. Lo de gilipollas por cierto creó escuela y hasta Rivera lo ha utilizado con Pablo Iglesias aunque en voz baja, no fuera a empañara su imagen de regenerador y fiel de la balanza entre rojos y azules.

Se impone el espectáculo, el circo, la comedia. Nos asomamos a diario a un patio de vecinos donde se llama a gritos a los niños y al del butano, y donde se insulta al del tercero por sacar la basura a deshoras

El Congreso ha evocado a un colegio de niños ofendidos que se van del patio y que se llevarían hasta el balón si les fuera posible. Grupos parlamentarios enteros, como ayer hizo ERC tras la expulsión de Rufián, han abandonado el hemiciclo en protesta por las ofensas del adversario, por la arbitrariedad de la presidencia, por la reforma a traición y con nocturnidad de la Constitución (artículo 135) o por el machismo irrefrenable de algunos parlamentarios.

Ha sido también torre de Babel, donde se han vivido batallas de lenguas, tendedero, cartelería y pasarela del estampado o del striptease, faceta en la que el diputado Baldoví merece mención aparte. Un debate de 2007 sobre selecciones deportivas se convirtió en un desfile de Adidas. Aquello fue impagable. Josep Maldonado (CiU) se abrió el pecho para mostrar la camiseta de la selección catalana, Aitor Esteban (PNV) la vasca, y Antonio González (PP) la española, con el dorsal 9 de delantero centro. La hoy vicepresidenta Carmen Calvo presidía la sesión de aquella liga de la naciones.

La ciudadanía anda ya curada de espanto de tanta ordinariez, de tanta chabacanería. El esperpento ha alcanzado tal dimensión que lo de menos es que el líder de la oposición acuse al presidente del Gobierno de traicionar a los muertos, como hizo Rajoy con Zapatero, o que Pablo Iglesias le recuerde a los socialistas un pasado de guerra sucia y cal viva. Se impone el espectáculo, el circo, la comedia. Nos asomamos a diario a un patio de vecinos donde se llama a gritos a los niños y al del butano, y donde se insulta al del tercero por sacar la basura a deshoras. La casa de la palabra lava a la vista sus trapos sucios. Da un poco de asquito pero es lo que hay.

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