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Vox ¿Qué hacer para frenar a la ultraderecha? Así han actuado en otros países de Europa

De los cordones sanitarios a la paradoja de Visegrád de los partidos conservadores con la derecha radical, pasando por la profilaxis antifascista. Tras la irrupción de Vox en el Parlamento de Andalucía, analizamos varias estrategias que se han utilizado en Europa para tratar de combatir la creciente fuerza de este espacio político.

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Orbán y Le Pen, en imágenes recientes. REUTERS

El domingo en Andalucía con Vox, hace un mes en Brasil con Bolsonaro, hace un mes y medio en Baviera con Alternativa por Alemania (AFD) y hace casi tres meses en Suecia con Jimmie Åkesson, líder del ultraderechista Demócratas de Suecia. Y ya hace bastantes meses que oímos hablar de Trump, Le Pen, Strache (líder del FPÖ austriaco) o Salvini. La extrema derecha no deja de ganar espacio y poder institucional en todo el mundo y hoy en día es incuestionable que condiciona gobiernos y oposición. El caso andaluz lo ejemplifica muy bien: la apropiación del discurso y propuestas propias de la ultraderecha, como han hecho PP y Ciudadanos con Vox, nunca sirve para frenarla, sino para legitimarla y blanquearla como una opción democrática, a la vez que desactiva las propuestas de las formaciones progresistas, que quedan fuera de la mesa. En vez de luchar contra el racismo lo que se provoca es un fortalecimiento de la derecha radical.

El crecimiento de estos partidos, que se distinguen de la ultraderecha de principios del siglo XX principalmente debido a que aceptan las "reglas del juego" democráticas, comenzó en la década de los ochenta de manera incipiente con formaciones como el Frente Nacional (FN) francés, el Vlaams Belang (VB) flamenco o el Partido Liberal de Austria (FPÖ), y no se ha detenido desde entonces, hasta el punto de llegar a la Casa Blanca o formar coaliciones de gobierno como las actuales de Finlandia y Austria.

¿Cómo se combate y frena la ultraderecha? ¿Cómo se hace frente a su ultranacionalismo identitario y nativismo del bienestar? ¿Cómo se para esta deriva autoritaria y contraria a la migración? La constitución de una nueva internacional no es un hecho demasiado frecuente. En Burlington, la capital del estado de Vermont, unas 250 personalidades de la izquierda de todo el mundo han creado la Internacional Progresista. Este "frente común" es la última gran "alianza" transnacional contra la "derecha populista de Trump, Bolsonaro y Salvini" y en favor de una globalización social. La ha convocado el senador estadounidense Bernie Sanders y cuenta con la presencia de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau; el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis; la primera ministra islandesa, Katrín Jakobsdottir; la alcaldesa de la ciudad puertorriqueña de San Juan, Carmen Yulin Cruz, o el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio. Su objetivo es, en palabras de Sanders "detener el eje autoritario que va de Moscú a Brasilia o de Washington a Budapest.

Sin embargo, ¿son las alianzas internacionales de políticos y personalidades en la izquierda del espectro político la única forma de confrontar la derecha radical? ¿Qué instrumentos tiene esta Internacional Progresista? ¿Qué papel juega el movimiento antifascista?

El cordón y el no cordón sanitario

El cordón sanitario es una de las estrategias más populares para contener a la ultraderecha. Se trata de la formación de un gobierno de coalición o de una coalición electoral de grupos políticos de diferente ideología para impedir que la ultraderecha llegue al poder. Es la estrategia básica y utilizada en toda Europa desde hace años: en Francia para aislar al Frente Nacional, en Suecia para evitar que los Demócratas de Suecia lleguen a gobernar o en los Países Bajos para que Geert Wilders no entre en el Ejecutivo.

Pero el cordón sanitario por sí solo no tiene beneficios políticos claros. Si los acuerdos para aislar la ultraderecha no van acompañados de políticas concretas y de un aislamiento claro del discurso ultra, y sólo son diques de contención para impedir que llegue a gobernar, se puede producir el efecto contrario legitimando su su discurso antiestablishment, como ha ocurrido en Francia o Bélgica. En 2010, el conservador Nicolas Sarkozy comenzó a expulsar y deportar a los gitanos no franceses que vivían en Francia a Rumanía, Bulgaria o Kosovo, política compartida con Le Pen, que siguió con el socialista Manuel Valls en 2013.

Una de las características principales de la extrema derecha es su presencia ausente. Se trata de la capacidad de la extrema derecha de estar ausente de las instituciones, pero que su discurso esté presente, a pesar del cordón sanitario, marcando la agenda de partidos tradicionales. En este sentido destaca el caso del PP catalán, con Xavier García Albiol al frente, utilizando lemas de Plataforma per Catalunya, como el ya clásico "Primero los de casa", en las elecciones municipales en Badalona, Rubí o L'Hospitalet de Llobregat para poder capitalizar el voto ultra.

En otros lugares, como Finlandia o Austria, el cordón sanitario ha saltado por los aires con la entrada de la ultraderecha en el gobierno. En Austria, el conservador y democristiano Partido Popular (ÖVP) de Sebastian Kurz accedió, en diciembre de 2017, a gobernar con los posfascistas y islamófobos de Heinz-Christian Strache, el líder del FPÖ con pasado neonazi. En el año 2000, bajo el liderazgo de Jörg Haider, el FPÖ se convirtió en socio de Gobierno del ÖVP que lideraba entonces Wolfgang Schüssel, convirtiéndose en el primer partido ultraderechista en la Europa de posguerra, un partido fundado por nacionalsocialistas y nacionalistas alemanes de Austria, que accedió a un Gobierno elegido por sufragio universal.

En Finlandia, el Partido Finlandés (PS), la nueva marca de la formación de extrema derecha Verdaderos Finlandeses, ha pasado de ser la tercera fuerza política del país en 2011 y principal partido de la oposición de Finlandia, a socio de Gobierno en 2015. En 2015, el Partido de Centro de Juha Sípilo derrotó a conservadores y socialdemócratas y formó un Gobierno de coalición con el PS. Timo Soini, el actual ministro de Asuntos Exteriores, es el líder del PS, un partido que, en el pasado reciente, como ha publicado la prensa local finlandesa, ha tenido relaciones con movimientos neonazis.

Las previsiones en Andalucía apuntan en esta misma línea. Ni filtro ni cordón sanitario. Con el fin de desbancar al PSOE de la Junta, el tripartito entre PP, Ciudadanos y Vox es más que probable. De hecho tanto Juan Manuel Moreno (PP) como Juan Marín (Cs) se han mostrado partidarios de la coalición.

Santiago Abascal, tras conocer los resultados en las elecciones andaluzas, en Sevilla. EFE/Rafa Alcaide

La paradoja de Visegrád

Mientras los partidos tradicionales hablan de un cordón sanitario contra el auge populista de derechas, los democristianos se acercan cada día más al Grupo Visegrád, el grupo de Estados integrado por Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa, países con gobiernos ultranacionalistas, que se niegan a aceptar refugiados a pesar de las resoluciones de la UE en la línea contraria.

Por su parte, el Partido Popular Europeo (PPE) eligió al bávaro Manfred Weber como candidato para sustituir a Jean-Claude Juncker al frente de la Comisión Europea. El burócrata Weber era el preferido del núcleo duro y cuenta con el apoyo explícito de Angela Merkel, porque el partido bávaro del que forma parte -crítico con la política migratoria de Merkel- está, de hecho, en coalición con el Gobierno alemán. Weber tuvo el beneplácito de todas las grandes delegaciones, incluyendo a la húngara de Viktor Orbán. Fidesz, su partido, es el buque insignia de la reacción más conservadora, autoritaria y bonapartista en la Europa actual. Un partido de masas que ocupa casi dos terceras partes del parlamento y que ha hecho suyas las posiciones del partido neofascista Jobbik hacia las minorías y la migración. Esta es la paradoja de Visegrád, una dialéctica pretendidamente contra la extrema derecha y formar parte de una familia política que cuenta con Orbán, responsable de la violación de los derechos fundamentales de miles de personas.

La preponderancia de la derecha radical está en el hecho de que ha llevado al centro político y social de la sociedad temáticas y discursos que tienen sus orígenes en el extremo, en la ultraderecha. Su discurso, propagado a través del miedo, temores, mentiras, resentimiento, chovinismo y odio, ha sido abrazado y adoptado en repetidas ocasiones, para contrarrestar sus subidas electorales, por los partidos del establishment, tanto por la democracia cristiana como por la socialdemocracia.

Conservadores y derecha radical no son lo mismo. Pero reinciden en su aproximación. El auge de estas formaciones ultraderechistas se ha traducido también en la presencia de representantes neonazis en las instituciones, ya sea en el Parlamento europeo o en parlamentos regionales, y en el acercamiento entre los grupos extraparlamentarios, clandestinos y violentos, y los partidos ultraderechistas que participan en las elecciones.

La profilaxis antifascista

Ante esto, la politóloga Helena Castellà relata, en el informe La extrema derecha, un fenómeno europeo, editado en 2017 por la Fundació Josep Irla, algunas experiencias destinadas a reducir el impacto de la extrema derecha, principalmente rebatiendo su discurso xenófobo. Es el caso de la red antirrumores, que en Barcelona, iniciada en 2010, cuenta con unos 500 miembros y se ha implantado en otras ciudades como Sabadell, Mollet del Vallés, Lleida o en el Alt Urgell. Se trata de un servicio público que básicamente se dedica a rebatir el discurso del odio y las fake news, y a la vez a potenciar la visión de la diversidad como una riqueza, explicando a la ciudadanía que la migración no es un peligro. Además, pretenden demostrar con datos y estadísticas que en realidad la comunidad migrada contribuye a profundizar el estado del bienestar y que la percepción de personas migradas es superior a su presencia real, así como que, además, ésta no es mayoritariamente musulmana.

Si nos fijamos en las encuestas del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO), la preocupación hacia la migración en Catalunya no ha crecido con la crisis. Al contrario, lo hizo entre el 2000 y el 2006, en plena época de bonanza. Hasta un 50%. "Es importante relativizar la tesis de que la ultraderecha crece con la crisis. La preocupación por la migración no es un prejuicio de pobres que sufren la crisis. Es un vicio de ricos que tienen tiempo para preocuparse del vecino y hacerle la vida imposible por el simple hecho de ser diferente", afirmaba hace unos años el periodista Bertran Cazorla en la Directa.

El informe de Castellà también destaca la obra de la plataforma Unitat Contra el Feixisme i el Racisme (UCFR), una entidad que tiene como objetivo "combatir el crecimiento del fascismo y el racismo". Fundada en 2010 para combatir Plataforma per Catalunya (PxC), tiene como principal objetivo "señalar al fascismo y plantarle cara" en movilizaciones en la calle.

Para combatir a la ultraderecha primero hay que entenderla, descalificarla sólo los retroalimenta. En este sentido es fundamental la observación, documentación, hemeroteca, archivo y monitoreo independiente de la derecha radical y los movimientos fascistas. La UCFR reúne a más de 500 entidades adheridas de carácter social, político, cultural, vecinal, sindical y deportivo, así como a miembros a título individual. Desde 2017 no forma parte de ella el PSC, después de que UCFR rompiera con la formación socialista "a raíz de las diferentes maneras de afrontar el crecimiento de la extrema derecha en la sombra de Sociedad Civil Catalana" y su participación en manifestaciones unionistas y españolistas con presencia neonazi y ultraderecha conocida, afirmó la entidad antifascista.

La otra herramienta contra la ultraderecha es el outing, que podríamos traducir como hacer pública la condición de una persona por razones políticas. Inspirados en el movimiento LGTB +, que ha usado los outing para revelar la homosexualidad de algunos famosos, los outing antifascistas revelan la ideología ultraderechista de destacados militantes de ultraderecha. Sin embargo, al contrario que el movimiento gay, los outing antifascistas, realizados por primera vez en Alemania no buscan la aceptación de los afectados, sino su exclusión de la sociedad. Para ello los activistas revelan quiénes son, difunden sus datos personales y actividades ultras repartiendo hojas informativas en su vecindario, cerca de su lugar de trabajo o de estudio, y subiéndolas en internet.

Paul, de Antifa Berlín-Brandenburg, lo ve bien. Dice que ayuda a tener identificado el tejido y la escena neonazi, y que a la vez es como una especie de "escrache". "Son ciudadanos anónimos con un peso dentro del movimiento o con antecedentes violentos. Ciudadanos con alguna proyección pública. En ningún caso neonazis de paja o votantes de partidos".

El hackeo de webs neonazis también ha sido un instrumento importante a la hora de hacer públicas las relaciones entre la escena ultraderechista extraparlamentaria y la derecha radical, la relación de personas y cuadros de partidos, derivando en algún caso a dimisiones de cargos electos.

Un grupo alemán vinculado a Anonymous llamado Nazi-Leaks publicó el año 2012 más de 10.000 datos personales y correos obtenidos hackeando páginas webs del movimiento neonazi alemán: de agrupaciones de partidos, de empresas de venta online de material ultraderechista (desde reliquias del franquismo hasta uniformes de las SS) y grupos de música anticomunista. De entre las páginas hackeadas durante la llamada Operación Blitzkrieg, estaba la de la tienda andaluza Arenal de Sevilla. La acción de Nazi-Leaks permitió demostrar que la organización neonazi Blood & Honour, ilegalizada en Alemania, España o Francia, se mantiene, en la actualidad, todavía activa y conserva contactos con estamentos policiales.

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