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Adiós, pensamiento positivo: por qué “está bien no estar bien” es el lema de la nueva era

La renuncia de diferentes deportistas y otras personalidades públicas a sus carreras profesionales señalando que “está bien no estar bien” ha puesto en la picota al pensamiento positivo, una faceta de la psicología positiva que aboga por centrar la atención en los aspectos positivos de cada situación manifestando una correlación entre el pensamiento y la actitud positiva y el bienestar individual y social.  

A continuación, reflexionamos sobre los excesos del pensamiento positivo, el culto al éxito y la devoción al triunfador y la reacción que estos despiertan provocando actitudes y posturas que defienden abiertamente que (también) está bien no sentirse bien. 

¿Qué es el pensamiento positivo? 

Adiós, pensamiento positivo
Cara sonriente dibujada en el asfalto – Fuente: Unsplash

El pensamiento positivo es una vertiente de la denominada psicología positiva, entendiendo esta como el estudio científico del funcionamiento humano positivo, es decir, de las facetas positivas de la actividad y el pensamiento humano. En este sentido, la psicología positiva se ocupa de las “cosas que hacemos bien”, de lo que funciona, en vez de destacar aquellas en las que “se ha de mejorar”. 

El primer antecedente de la psicología positiva nos llevaría al concepto griego de eudaimonia, que procede de la combinación de los términos eu —bueno— y daimon — genio o espíritu— traducido generalmente como “florecimiento humano”, “prosperidad” o, simplemente, “felicidad”. El propio Aristóteles designaba la eudaimonia como el mayor bienestar humano siendo el objetivo de la filosofía práctica su investigación y consecución.  

En esta línea trabaja la moderna psicología positiva que, con célebres autores como Martin Seligman, mantienen esta apuesta por la necesidad de investigar los aspectos más saludables del ser humano, poniendo el foco en fortalezas como el optimismo, la creatividad, la resiliencia, la gratitud o la propia sonrisa.

En este contexto surge el denominado pensamiento positivo que para algunos autores especializados en psicología positiva es una “reducción y simplificación” de conceptos e ideas mucho más poliédricas.  

Uno de los aspectos más criticados del pensamiento positivo es justamente la negación de las emociones desagradables y negativas y su papel fundamental en el crecimiento personal, además de la denominado “ilusión positiva” a la que se refiere Kirk Schneider: esa suerte de venda de positividad que termina por distorsionar la realidad, casi una fe en “que todo va ir bien” tal y como la propia Clínica Mayo señala a la hora de explicar el pensamiento positivo: “Creer que va a pasar lo mejor y no lo peor”.

La mala interpretación de este lema bienintencionado conduce al derrumbamiento emocional cuando las cosas no salen bien, cuando no se percibe ese “correlato” entre actitud positiva y bienestar. En definitiva, cuando nuestros actos considerados como positivos no se traducen (automaticamente) en consecuencias positivas.

Pensamiento positivo: excesos y “postureo” 

Adiós, pensamiento positivo
Cartel de “Solo buenas vibraciones” en inglés – Fuente: Unsplash

La reducción y simplificación de la perspectiva científica y analítica de la psicología positiva tienen como resultado un mensaje equívoco acerca de conceptos como optimismo, felicidad o tristeza. El pensamiento positivo más ingenuo niega la ira, el miedo o la propia tristeza como emociones “productivas” ocultando su esencia como emociones primarias esenciales en el aprendizaje, el conocimiento y el crecimiento personal. 

El ser humano no puede dejar de sentirse triste, enfadado o aterrorizado porque dejaría de ser humano. Lo que sí puede hacer, al igual que debe hacer con las emociones positivas, es moderar su impacto psicológico para convertir estas emociones en conocimiento sobre la propia personalidad y el entorno. 

En su afán por convertir toda actividad y pensamiento en “positivo”, las tendencias positivas más simples terminan por crear un dogma acerca del comportamiento humano en el cual nadie puede permitirse ver el “lado negativo de las cosas” porque esa actitud no solo se interpreta como perjudicial para el propio individuo, sino también para el conjunto de la sociedad, al mantener esa fe casi devota en la correlación entre pensamientos y actitudes positivas y bienestar individual y colectivo

La cultura popular, el marketing, la publicidad y, en última instancia, Internet y las redes sociales han exprimido el lado más simple del pensamiento positivo generando una suerte de “dictadura de la sonrisa perpetua” en la que nadie se puede permitir un mal gesto, porque no sentirse bien o llevar la contraria se interpreta como un rasgo de falta de actitud… o algo peor. 


El bombardeo constante con imágenes “felices” y lemas optimistas desde redes sociales como Instagram son el cenit de este “postureo” positivo que apuntalan este tótem artificioso del pensamiento positivo.

Al final, tanta positividad termina por sofocar a muchos internautas hasta hacerles dudar de la legitimidad de sus emociones negativas convirtiendo la tristeza o la ira en emociones proscritas que, simplemente, no deben sentirse, como en otros tiempos no tan lejanos debíamos cercenar el deseo sexual como vertiente de nuestro supuesto reverso maléfico o demoníaco.

El culto al éxito y la devoción por el triunfador 

Adiós, pensamiento positivo
Un atleta cruza la línea de meta – Fuente: Pexels

Una faceta más que completa el dogma del pensamiento positiva se vincula al éxito como consecuencia de la actitud positiva y el esfuerzo sin límite. Si eres suficientemente optimista y te esfuerzas adecuadamente conseguirás éxito social y profesional. Y para demostrar este supuesto axioma se nos proponen varias figuras mediáticas de gran éxito profesional —generalmente del ámbito deportivo y cultural— que como mesías deben ser seguidos, imitados y adorados

Esta ecuación de resultado incontestable —según el dogma— por la cual al esfuerzo le sigue el éxito convierten este último en el objetivo esencial de la vida. De forma que si no consigues el éxito será porque no te has esforzado suficientemente. A este respecto, no caben otros objetivos, incluso el de aquellos que no aspiran a ninguna clase de éxito, por increíble que parezca.

“El fracaso es la más resplandeciente victoria”

Leopoldo María Panero

En este contexto, estamos permanentemente bombardeados por mensajes de “triunfadores” que aprovechan la presentación de su última película, último disco o último torneo ganado para hacer sus conjeturas, a menudo inocentes, convertidas, no obstante, en una suerte de homilías a nivel mediático.

Esta presión por alcanzar el éxito y por situar este como objetivo último del crecimiento personal abunda en la ansiedad con la que muchas personas abordan sus momentos vitales más críticos hasta generar una considerable intolerancia al fracaso que genera situaciones considerablemente depresivas. 

“Está bien no estar bien”: un portazo a la simpleza del pensamiento positivo

Adiós, pensamiento positivo
Una mujer de rostro serio sostiene un folio con una sonrisa dibujada – Fuente: Unsplash

El hecho de que Simone Biles o Naomi Osaka decidieran abandonar importantes torneos y competiciones para centrarse en su salud mental ha puesto en la picota los excesos del pensamiento positivo más simplista, así como la devoción al triunfador y su innumerable colección de títulos y victorias.  


El hecho de que hayan sido justamente deportistas (de “éxito”) las que hayan colaborado para poner este debate encima de la mesa ha sido decisivo para que a nivel mediático vuelvan a discutirse desde una perspectiva menos ingenua conceptos como éxito, fracaso, esfuerzo y actitud positiva

En este sentido, hay que recordar que miles de deportistas se esfuerzan cada día por conseguir sus objetivos, pero no alcanzan el nivel de los más mediáticos por diversas circunstancias, no siempre relacionadas con el esfuerzo, ni siquiera con el talento. Ellos no aparecen en primera plana día tras día, pero tal vez muchos de ellos sean más “positivos” y “felices” que los más famosos… aunque rara vez nos enteramos.

Llegados a este punto, ese pensamiento positivo que exige una sonrisa perpetua como entrada para su exclusivo club social ha comenzado a ser refutado. Entender definitivamente que las emociones primarias son consustanciales al desarrollo humano y que tanto la tristeza como la alegría —que tanto el fracaso como el éxito— deben ser experiencias de aprendizaje y crecimiento personal nos permitirá abordar de una forma más realista y completa nuestro desarrollo vital. Y si aún existen dudas, siempre podemos revisar Del revés



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