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Así funciona tu cerebro cuando usas Tinder

30 mil millones de matches desde su creación en 2011 y 26 millones de matches cada día: no cabe duda de que Tinder se ha erigido en algo más que una mera app para ligar y conocer gente.

Su sencillo funcionamiento que permite deslizar decenas de perfiles al día hasta dar con uno interesante lo ha convertido en una adicción para muchos usuarios. ¿Por qué estamos enganchados a Tinder? El funcionamiento de nuestro cerebro cuando se usa esta app podría tener la respuesta a la adicción al swipe

Tinder y la recompensa impredecible 

Tinder
Una mujer sonríe mientras mira su móvil – Fuente: Unsplash

Entras en Tinder y comienzas el ritual del swipe, deslizando perfiles hacia la izquierda hasta que aparece uno atractivo. Entonces entras en su perfil, miras su biografía, revisas sus nueve fotos y algo se mueve en tu interior. Y sin pensarlo demasiado haces el swipe a la derecha. A partir de ese momento toca esperar, es la incertidumbre del match: ¿le interesarás a la otra persona? ¿Te pondrá ella también un corazón verde? 

Durante este proceso que puede durar unos minutos al día, tu cuerpo ha recibido una descarga química liderada, una vez más, por la dopamina que es el neurotransmisor que se activa a través de la recompensa impredecible.  

A estas alturas ya sabes bien cómo funciona Tinder, ya has tenido unos cuantos matches y has sentido esa punzante emoción que antecede a la posibilidad de conocer una persona interesante, de vivir una experiencia sentimental.

Como con aquel chico que fue tu primera cita. Aunque no terminó de funcionar, vivisteis un mes de encuentros memorables. Y ahora quieres volver a vivir esa sensación, quieres volver a ilusionarte. Y le das al swipe porque sabes que llegará tu recompensa… aunque no sabes en qué momento. 

Cómo señala un estudio de la Universidad de Friburgo en Suiza, nuestro cerebro recibe una descarga de dopamina muy fuerte cuando recibe una recompensa por vez primera en una situación concreta. Es el modo en el que nuestro cerebro aprende y anticipa recompensas a eventos futuros relacionados con el primero. 

Tinder
Un corazón rojo en una pantalla – Fuente: Unsplash

Es lo que te sucedió con Tinder, con aquel primer y memorable match, cuando tu cuerpo recibió una considerable descarga dopaminérgica. Este neurotransmisor se libera especialmente cuando participamos en una actividad placentera, pero también cuando esperamos que esta llegue. Es la recompensa impredecible. 

¿Nunca te has sorprendido a ti mismo con una sorprende carga de positividad antes de comer tu comida preferida o antes de ir a sudar al gimnasio? Es la respuesta hormonal que anticipa al placer: saber que algo bueno está por llegar nos proporciona placer, incluso más que la propia actividad placentera.

Una situación similar se vive con los juegos de azar o en los casinos… con una salvedad: los jugadores no saben cuándo llegará el premio, pero sienten una excitación casi permanente ante la posibilidad de ganar. La victoria es una posibilidad, pero el hecho de no saber cuándo llegará —y si llegará— provoca esta segregación hormonal que mantiene cuerpo y mente enardecidos, como en una nube. 

Tinder no deja de ser una suerte de juego de azar en el que el premio es el match. La recompensa impredecible que segrega el subidón de dopamina se produce a través de la espera de una notificación que te informe de que se ha completado el match. O no. Si ese match no llega, vuelta al swipe, una nueva partida. 

Y así es como Tinder te engancha, a través de la seducción dopaminérgica, a través de impredecibles recompensas químicas en forma de swipe, corazones verdes y notificaciones.  


Tinder y la paradoja de la elección

Tinder
Una persona muestra la app de Tinder en un móvil – Fuente: Pexels

El “problema” de la dopamina es que sus efectos duran poco. Además, si acostumbramos a nuestro cuerpo a recibir constantes descargas dopaminérgicas no solo sube el umbral —cada vez necesitamos experiencias o recompensas más intensas para “sentir” la dopamina—, sino que su efecto podría ser contraproducente. No hay que olvidar que las anomalías en la liberación de este neurotransmisor han sido asociadas a diversas enfermedades y adiciones.

De cualquier forma, los creadores de apps de citas y redes sociales están al tanto del funcionamiento neurobiológico del cerebro de sus usuarios diseñando entornos digitales de funcionamiento muy básico —el mencionado swipe— además una sobrecarga de opciones.

Es la denominada paradoja de la elección explicada por el psicólogo Barry Schwartz en su libro subtitulado elocuentemente “cuando más es menos”. Según esta teoría, existe una tendencia del ser humano a estar menos satisfecho con las decisiones que toma cuantas más alternativas tenga donde elegir. 

Lo percibimos cada día en el supermercado, donde cada vez hay más opciones de todo o en la propia televisión con Netflix que apabulla a sus usuarios con un aparentemente ilimitado, indescifrable y en permanente cambio catálogo de contenidos.

¿Y qué supone esta paradoja de la elección para una aplicación como Tinder? El peligro de la insatisfacción permanente que paradójicamente, conducirá al usuario a la adicción, a la búsqueda infructuosa de la persona ideal que llegará en el siguiente swipe

Tinder
Una pareja se mira sonriente en un café – Fuente: Unsplash

Es evidente que buena parte de los usuarios de Tinder no buscan una “pareja” en el sentido tradicional del término, no se trata solo de “amor”. Son encuentros esporádicos, el clásico “lo que surja”. Si es una noche inolvidable y al día siguiente “si te he visto no me acuerdo”, no pasa nada: ha sido una buena experiencia. Si la cena ha ido mal, tampoco importa, hay cientos de personas esperando para hacer un match al día siguiente. 

Esta permanente revisión de perfiles a través de aplicaciones como Tinder evita que profundicemos más de lo debido en cada uno de ellos. Al fin y al cabo, tan solo podemos ver una pequeña biografía y un puñado de fotos. Y aunque en ocasiones nos aburramos de deslizar la pantalla de un lado a otro, la recompensa impredecible siempre está ahí, tal vez esperando que en el siguiente swipe encontremos el perfil ideal. Y recibamos nuestra breve dosis dopaminérgica. Y vuelta a empezar




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