///

En contra de la “industria de la felicidad”

Buscas el libro de moda que promete mostrar el camino a la felicidad, acudes a la conferencia de un coach supervitaminado que garantiza bienestar a sus seguidores, participas en el curso de mindfulness que propone tu empresa para alcanzar la paz —y de paso ser más productivo— y te compras una taza de café con una carita sonriente junto al lema “good vibes only”.

Estás hasta arriba de “industria de la felicidad”, esa siniestra alianza vestida de corazoncitos y supuesto buen rollo que está empeñada en que busquemos la felicidad… a toda costa. 

Industria de la felicidad y desmesura emocional

Industria de la felicidad
Una mujer sonríe junto a un globo sonriente – Fuente: Pexels

Como si se tratase del Santo Grial de los entusiastas caballeros de la mesa redonda —¿o era cuadrada?— o El Dorado de los fervientes exploradores europeos en América, millones de personas ansían encontrar la felicidad, ese concepto equívoco mil veces definido y redefinido desde antiguo por filósofos y pensadores, y más recientemente por psicólogos, neurocientíficos, economistas y conferenciantes de toda condición. Pero como una primigenia gema deslumbrante, la felicidad ha quedado deslucida después de tantos siglos de manipulación. 

Y es entonces cuando la era de la información y el neocapitalismo concluyen que hay que volver a la felicidad, que ese concepto aún tiene vida y, lo que es más importante, es la abstracción ideal para embaucar al ciudadano desnortado y asfixiado de la sociedad líquida: allá, tras las montañas de la precariedad, más allá del valle de la soledad, cruzando el desierto de la hipocresía, encontraréis El Dorado, el Santo Grial, la felicidad, tendréis una sonrisa perpetua hasta el final de los tiempos.

Pero debéis hacernos caso, seguir el camino marcado, porque para nosotros es fundamental que vosotros estéis ocupados buscando lo que sea y cuanto más difícil de encontrar, mejor: así nos dejáis tiempo y manos libres para lo nuestro

Cuando el sociólogo inglés William Davies publicó el libro La industria de la felicidad: Cómo el gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar (2015), concretó esta suerte de superestructura con enlaces en las grandes corporaciones y en los propios estados para convertir la felicidad en el elemento catalizador de este nuevo “mundo narcisista del capitalismo tardío” en el que, como dice Terry Eagleton en la crítica sobre la obra de Davies: “lo que importa no es lo que piensas o lo que haces, sino cómo te sientes”.

Lo que Paul Bloom, autor del libro Contra la empatía, llamó la sobrevaloración de nuestra naturaleza emocional. En este sentido, no es una coincidencia que el siguiente libro de Davies se titule: Estados nerviosos. Cómo las emociones se han adueñado de la sociedad (2019).

Así pues, “el ego brutal y dominante de un viejo estilo de capitalismo ha dado paso a la tierna obsesión del nuevo”. Combinando el paternalismo más hiriente y la condescendencia más cursi, la industria de la felicidad enfoca buena parte de sus esfuerzos a mostrar al ciudadano el camino hacia la felicidad, instrumentalizando la misma para conseguir beneficio económico, el objetivable y prosaico Santo Grial capitalista.

Industria de la felicidad
“Happiness” (felicidad) y una flecha pintados sobre la acera – Fuente: Unsplash

Lo hacen en el sector laboral, en la propia oficina donde trabajas, creando perfiles concretos, generalmente dentro de los departamentos de recursos humanos y marketing, que se ocupan de velar por la felicidad de los empleados. Tras décadas de explotación, se ha llegado a la conclusión de que asfixiando al empleado con largas jornadas de trabajo y sueldos precarios no se consiguen altas dosis de productividad. Ahora buscamos empleados felices… para que produzcan más. Más beneficio económico.

Davies señala en su libro que un trabajador alegre es un 12% más productivo y eso es mucho para no ser aprovechado. ¿Pero cómo se logra que un empleado esté feliz y comprometido con la “causa”? Podríamos pensar en unas condiciones más justas, unas jornadas laborales más flexibles, unos sueldos más igualitarios.

Todo se andará, pero, mientras tanto, vamos a azuzar tus emociones, vamos a hacerte cosquillas para que sonrías: cómprate una taza “good vibes only” y recuerda que la empresa se preocupa por tu bienestar, estamos todos en el mismo barco.

Algo similar sucede en la relación entre los gobiernos y los ciudadanos. La felicidad ya casi forma parte de los programas políticos —al menos los emoticonos y las caritas sonrientes sí han llegado a la propaganda electoral— y todas las tendencias políticas parecen convergen hacia la búsqueda de la felicidad de sus votantes: pero a la hora establecer los medios para ponerla en práctica ya no hay tanta convergencia.


Y es que la infelicidad cuesta mucho dinero a las grandes corporaciones y a los estados. Es entonces cuando la felicidad abandona su tradicional ámbito íntimo y filosófico, siendo definida por el resultado de la práctica de la virtud, como consecuencia de una actitud y un modo de proceder, para entrar en el ámbito de lo cuantificable. ¿Y si pudiéramos obtener la fórmula de la felicidad como obtuvimos el teorema de Pitágoras?

Y es aquí donde entra la ciencia, no entendida “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente” tal y como la define la RAE. No, se trata de otra ciencia, la ciencia presentada como la nueva fe, como la sagrada escritura que tiene todas las respuestas, la que nos mostrará la fórmula de la felicidad investigando nuestro cerebro, nuestras emociones. 

Industria de la felicidad y psicología pop 

Industria de la felicidad
Una mujer con un paraguas sobre un fondo pintado de amarillo – Fuente: Unsplash

Muchos psicólogos denuncian la banalización de su práctica por gurús —muchos de ellos también psicólogos— que en su ánimo por sintetizar los hallazgos de esta ciencia y hacerla comprensible para cualquier persona, terminan por trivializar conceptos mucho más densos y enjundiosos.  

Y es así como llegamos a la denominada psicología pop, una tendencia psicológica en la que colaboran conferenciantes, expertos en marketing y hasta neurocientíficos que tiene por objetivo tenernos entretenidos con la búsqueda de la felicidad: todos ellos muestran el camino a la felicidad. Pero el éxito editorial de los libros de autoayuda parece mostrar justamente lo contrario: pocos lectores encuentran el camino a ninguna parte, porque siguen comprando más y más libros, recorriendo más y más caminos.

Qué la felicidad y la estabilidad en un mundo cada vez más desquiciado se hayan convertido no solo en una máxima individual, sino también en un objetivo económico e institucional, provocaría una triste sonrisa en Aldous Huxley. Parece mentira que hayan pasado 90 años desde que escribiera Un mundo feliz y nuestro querido mundo ansioso por sus chutes de felicidad dopaminérgica y consumista —de su soma— mantenga firme el rumbo hacia la distopía: 

“La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; la verdad y la belleza, no (…). Y no se puede tener algo a cambio de nada. La felicidad hay que pagarla. Está pagando por ello, señor Watson, pagando porque resulta que está demasiado interesado en la belleza. Estaba demasiado interesado en la verdad… Yo también pagué”. 

(Su Fordería Mustafá Mond, interventor mundial de Europa Occidental en Un mundo feliz)

Si hasta prestigiosas universidades y thinks tanks forman instituciones que investigan por qué unas sociedades son más felices que otras, no cabe duda de que este concepto está en pleno auge, tanto para la pseudopsicología más trivial como para la neurociencia más exquisita.  

Industria de la felicidad
Un dado con dibujos de caras sonrientes – Fuente: Pexels

Con tantos científicos, investigadores, gurús, economistas, asesores políticos y baristas estudiando la felicidad, tal vez su cuadratura esté a la vuelta de la esquina, en el siguiente día en la ofi, en el siguiente café del Starbucks, o en el siguiente swipe de Tinder.


Mientras tanto, el planteamiento de Viktor Frankl tiene más resonancia que nunca: “No apuntes a la felicidad, cuánto más la apuntes y la conviertas en un objetivo, más la vas a perder. La felicidad no puede ser obtenida queriendo ser feliz. Tiene que aparecer como consecuencia no buscada de perseguir una meta mayor que uno mismo, o como el subproducto de la entrega de uno a una persona que no es uno mismo”. Pero no, nosotros preferimos precipitarnos egoístamente tras el esquivo fulgor del Santo Grial de la felicidad.



Dejar una respuesta

Your email address will not be published.