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La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos

Nuestra conducta dimana de nuestro sistema de creencias, estableciendo un orden que llamamos coherencia. Pero, ¿qué pasa cuando se produce una disonancia entre lo que hacemos y lo que pensamos? Se produce entonces una disonancia cognitiva que deriva en un estado aversivo que el individuo buscará resolver a toda costa cayendo, a menudo, en el autoengaño más o menos nocivo.

Por regla general, nuestra conducta deriva de nuestro sistema de creencias (y viceversa), estableciendo un orden y compatibilidad que llamamos coherencia. Pero, ¿qué pasa cuando se produce una disonancia entre lo que hacemos y lo que pensamos, cuando la naturaleza de uno nuestros actos diverge de nuestro pensamiento?  

Se produce entonces una disonancia cognitiva que deriva en un estado aversivo para el individuo que buscará a toda costa resolver para recuperar la coherencia. Y la forma más fácil y rápida de resolver una disonancia cognitiva es el autoengaño que, convertido en hábito, puede terminar por transformar al individuo en un farsante, un hipócrita… o un fanático. 

Leon Festinger y la disonancia cognitiva 

La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos
La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos. Fuente: Pexels

La teoría de la disonancia cognitiva elaborada por el el filósofo y psicólogo neoyorquino Leon Festinger (1919-1989) en su obra A Theory of Cognitive Dissonance (1957) es considerada por diversos autores como la teoría más influyente en psicología social del siglo XX.  

Aunque también criticada por la “vaguedad de sus conceptos propuestos, su excesiva generalización y su escaso rigor metodológico en sus aplicaciones experimentales”, tal y como señaló en su día Frederic Munné, catedrático de psicología social de la Universidad de Barcelona, lo cierto es que la teoría de la disonancia cognitiva se ha convertido en un clásico de psicología social logrando la sustitución del paradigma conductista gracias a su valor heurístico —elaboración de estrategias para resolver problemas o conflictos, o reformular teorías de un modo más sencillo—, diversidad de aplicaciones y sencillez expositiva

Tal y como señala el propio Munné, la teoría expuesta por Festinger trató de hacer de la disonancia el proceso regulador del comportamiento social poniendo el foco en la disonancia como fuente de motivación basada en la recuperación de la coherencia, abriendo camino para teorías tan relevantes como la autopercepción de Daryl Bem —que nació por oposición a las teorías de Festinger— o la reactancia psicológica de Brehm

Y es que Festinger logró, a pesar de las críticas, sintetizar con su teoría un conflicto permanente del individuo, el cual ya había anticipado Freud: “ansiamos que nuestras actitudes y creencias apoyen más que contradigan nuestra conducta y deseamos que nuestras cogniciones —el acto de conocer, procesar la información— sean mutuamente reforzantes para formar un sistema coherente”. 

Así, cuando el individuo toma una decisión que contradice su sistema de creencias, se pone en marcha la disonancia cognitiva, un proceso que usa diferentes vías para lograr un objetivo: recuperar la coherencia, la armonía de nuestro sistema de valores y creencias. Pero en buena parte de las ocasiones solventamos el conflicto que supone la disonancia cognitiva con una suerte de autoengaño. ¿Y cómo aceptamos esta farsa, cómo vestimos de coherencia una contradicción para sedar nuestro malestar psicológico? 

Ejemplos de disonancia cognitiva 

La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos
La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos. Fuente: Unsplash

Tal y como aseguran buena parte de los investigadores de la historia de la psicología, el enorme éxito de la teoría de la disonancia cognitiva se debe esencialmente a sus diversas aplicaciones, que van desde los propios actos cotidianos a las relaciones sentimentales, del comportamiento de la masa social al fanatismo político o religioso. 

El experimento de 1/20 dólares 

El propio Leon Festinger cimentó su teoría gracias a experimentos como este. Una serie de sujetos realizaban una tarea aburrida y monótona, pero recibían un premio en metálico por decir a los otros que la tarea había sido interesante.  

Los que recibieron 20 dólares no sufrieron apenas disonancia cognitiva manteniendo que la actividad había sido aburrida. Sin embargo, el grupo que recibió un dólar “cambió sus creencias” asegurando que no había sido “tan” aburrida. ¿Por qué se produjo esta disonancia?  

El grupo de los 20 dólares tenía una justificación suficiente para no tener que autoengañarse, mientras que el grupo que recibió un dolor, al no tener otra justificación (un dólar era una cantidad ridícula), se vieron obligados a cambiar su actitud hacia la actividad, resolver su disonancia llegando “a creer” que la tarea había sido realmente interesante: es decir, al contrario que el grupo de los 20 dólares, terminó por creerse su propia mentira.

¿Conclusión? El individuo busca a toda costa una (falsa) justificación para sus ideas o actos, aunque sean injustificados; el poder del autoengaño (casi) no conoce límites.

El tabaco y la dieta 

Si llevamos esta teoría a la vida cotidiana, existen dos ejemplos recurrentes. Por un lado, está el fumador que, aún consciente de que está haciendo algo perjudicial para su salud y que lo coherente con su cuerpo sería dejarlo, inventa justificaciones (la ansiedad, una mala época, es solo un cigarro) para prenderse otro cigarrillo.  

Lo mismo cabría decir de los propósitos de año nuevo que incluyen una dieta más: nos comemos el “último dulce” a pesar de que nuestra (supuesta) creencia es “llevar una vida saludable” solventando la disonancia cognitiva con el autoengaño: “por un dulce no pasa nada”, “mañana lo dejo del todo”, etc. 

Política e ideología 

La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos
La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos. Fuente: Unsplash

La resolución de las disonancias cognitivas es uno de los cimientos del juego político, hasta el punto de que buena parte de los profesionales más relevantes de la política se ven a sí mismos como adalides de la coherencia cuando los hechos demuestran justamente lo contrario. 

Pero dejemos la política de altos vuelos que consigue resolver sus disonancias —el abismo entre lo que predico y lo que hago— de forma misteriosamente magistral y bajemos a la tierra. Tal y como señala la psicóloga Carol Tavris, la mente del individuo está diseñada para la consonancia, para la congruencia, siendo especialmente dolorosa la disonancia que amenaza un elemento importante del concepto que tenemos sobre nosotros mismos, aquella que cuestiona una creencia política o religiosa

Es así cómo se advierte de la esterilidad de los debates políticos e ideológicos tan de moda, al margen del puro entretenimiento: nadie está dispuesto a cambiar sus creencias sobre temas tan delicados como la política. Entonces, ¿para qué discutir si nadie, nunca, jamás, va a aceptar que está equivocado? 

Esta disonancia cognitiva se presenta de forma paradigmática cuando nos llega una información incontrovertible que golpea la línea de flotación de nuestro sistema de valores ideológico. Negamos rotundamente la veracidad de ese hecho porque aceptarlo supone una disonancia cognitiva inasumible: aceptar que nuestras creencias están asentadas sobre una realidad, como mínimo incoherente y, cómo máximo, falsa.  

Entonces acudimos rápidamente a leer la misma información oportunamente modificada por un emisor afín a nuestras ideas. Es la forma de tranquilizar nuestra conciencia, un peligroso autoengaño que, convertido en hábito a nivel social, impide una mínima concordia ideológica y social básica para la convivencia

Esto explica el modo en el que habitualmente nos informamos para temas delicados, acudiendo siempre a emisores que confirmen nuestras ideas y que refuercen la coherencia de nuestro sistema de creencias, pese a que, en nuestro fuero interno, tal vez sospechemos que ese sistema se resquebraja amenazado por la contradicción permanente. Llegados a este punto y ya a la desesperada, aun aceptando que estamos equivocados, terminamos por acudir al último reducto del autoengaño más tosco: “bueno… y tú más”. 

Es así como se alerta sobre el peligro del abuso del autoengaño para resolver la disonancia cognitiva, no solo como mecanismo de atemperación psicológica, como truco más o menos burdo para recuperar la armonía, sino como sustento de la construcción ideológica:  a fuerza de dar sentido a ideas contradictorias que cuestionan nuestra “lealtad ideológica”, a fuerza de mentirnos para justificar la solidez de un dogma, podemos caer en una espiral que conduce, en primer lugar, al sectarismo para después aislarnos en una caverna de fanatismo y odio: el gran fracaso de una sociedad

5 métodos para resolver una disonancia cognitiva 

La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos
La disonancia cognitiva o por qué nos autoengañamos. Fuente: Unsplash

Ahora que ya sabemos del peligro de convertir en hábito el autoengaño, veamos cuáles son las opciones que tenemos de resolver una disonancia cognitiva para recuperar una suerte armonía psicológica: 

  1. El autoengaño y la justificación. Como hemos visto, la forma más habitual de resolver una contradicción cognitiva es sobrevalorar la alternativa elegida frente a la no elegida, justificándonos a través de engaños más o menos elaborados. Hasta cierto punto y sin perder de vista que se trata de una estrategia rutinaria, esta forma rápida y casi automática de resolver una disonancia cognitiva nos permite no vivir en un tumulto psicológico permanente.
  1. Cambiar la conducta para adaptarse a la creencia. Dejar de fumar porque sé que es malo, dejar de engañar a mi pareja porque me estoy haciendo daño tanto a mí mismo como a mi pareja. 
  1. Cambiar la creencia para adaptarse a la conducta, al modo de comportarse o a la realidad externa al sujeto. Supone un ejercicio de valentía porque conlleva un esfuerzo a menudo considerable además de asumir que un sistema de valores y creencias nunca debe ser un dogma inflexible, sino que debe adaptarse tanto a la realidad externa como a los cambios que nosotros mismos experimentamos a nivel de conocimiento y autopercepción. 
  1. Cambiar la realidad para que se adapte a nuestro sistema de valores. Una de las críticas de la teoría original de Festinger era su enfoque excesivamente individualista y hasta conservador por el hecho de poner el foco en la transformación mental del sujeto frente a la transformación de la realidad, lo que podría conducir a la sumisión. En este sentido, si la disonancia cognitiva se produce entre tu creencia y una realidad externa que la contradice, pero tú estás seguro del “valor y la justicia” de tu creencia, se plantea la opción de la lucha, a menudo quijotesca, con esa realidad externa que la contradice: sin duda, a través de este tipo de resolución de una disonancia cognitiva surgen grandes epopeyas históricas y sociales… o grandes catástrofes.
  1. Asumir nuestra incoherencia y hacer propósito de enmienda. Supone dejar a un lado el autoengaño, la farsa y la justificación para asumir la imperfección tanto de nuestro sistema de valores y creencias como de nuestro comportamiento. Pero no supone hincar la rodilla perpetuando un comportamiento contradictorio, sino que debe conducir al propósito de enmienda, buscando una (nueva) armonía a través de la flexibilización y adaptabilidad de nuestro corpus de creencias y conductas. 

La más absoluta coherencia entre comportamientos, conductas y creencias es un sueño imposible, pero no por ello debemos cejar en el empeño aceptando como inevitables las actitudes mezquinas, hipócritas o fanáticas.

Por eso, al fin y al cabo, la disonancia cognitiva debe valorarse, en última instancia, como una oportunidad: una oportunidad de crecimiento personal, de autoconocimiento, de flexibilización dogmática y de concordia colectiva, la cual es absolutamente imprescindible para el progreso social.



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