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Por qué nos emociona el deporte

Alegría, tristeza, entusiasmo, ira, orgullo y plenitud. El deporte es capaz de activar e intensificar diversas reacciones psicofisiológicas, aquellas que conocemos como emociones, hasta el punto de convertir a una persona flemática y serena en un fiero competidor o, por el contrario, sosegar a la persona más inquieta. Así es el deporte, una actividad que forma parte esencial de nuestra cultura ancestral y de nuestro modo de vida actual. 

El espíritu deportivo 

Por qué nos emociona el deporte
Escultura de los aros olímpicos – Fuente: Pexels

El deporte ocupa un espacio privilegiado en nuestro modo de vida, fomentado y defendido como una actividad que ofrece numerosos beneficios tanto a nivel físico como psicológico. Pero este culto al deporte, como sabemos, no es nuevo.  

Hemos oído hablar muchas veces del espíritu olímpico vinculado a la actividad deportiva en la Antigua Grecia, pero las investigaciones arqueológicas sugieren que hace más de 3000 años ya se practicaban actividades deportivas en China. Así mismo, el deporte también ocupaba una parte importante del ocio en el Antiguo Egipto: el atletismo, la esgrima, la lucha o la natación eran las actividades más populares. 

Finalmente, es en Grecia cuando cristaliza el deporte como fenómeno social capaz de generar treguas políticas entre potenciales rivales para que los deportistas pudieran a acudir a competir a Olimpia: es la consagración del espíritu olímpico, ese concepto que ha heredado el deporte de la era moderna y que se traduce en sacrificio personal, voluntad, competitividad y deportividad, entre otros valores. 

“De la misma forma que, en la vida, lo importante no es el triunfo, sino el esfuerzo, en el deporte lo importante no es ganar, sino participar: lo esencial no es haber conquistado, sino haber competido”. 

Discurso de Pierre de Coubertin en el cierre de los Juegos Olímpicos de 1908, citando una frase de Ethelbert Talbot

Toda esa serie de valores universales asociados al deporte que conforman el espíritu deportivo, explican la emoción, tanto individual, como colectiva, que sentimos practicando o viendo deporte. Nos emocionamos con el deporte porque se trata de una actividad que pone en juego valores universales que se aplican en cualquier otro contexto: el esfuerzo, el sacrificio, el desafío, el éxtasis, la constancia, la confianza o el trabajo en equipo.  

Ya sea participando en una actividad deportiva o viéndola como meros observadores nos integramos en una suerte de representación de la propia vida: personas que durante un par de horas vibran, luchan, engañan, compiten y se sacrifican. Y el espectador toma partido sintiéndose parte de esa lucha, de ese sacrificio, de ese espíritu deportivo. Pura y sana emoción

La recompensa química del deporte 

Por qué nos emociona el deporte
Jugadoras de balonmano celebran un título – Fuente: Unsplash

Pese a ser tres actividades muy diferentes, la música, el amor y el deporte enganchan y seducen por la misma razón: la recompensa química de nuestro sistema nervioso. Esta es otra razón que explica que la práctica deportiva nos emocione.

Y es que se trata de una actividad intensa tanto a nivel físico como mental. El deporte nos exige atención, constancia y esfuerzo, y esa intensidad pone en movimiento diversos neurotransmisores que nos ayudan a desempeñarnos de forma adecuada en el campo de juego. 

La adrenalina es la hormona encargada de prepararnos físicamente para el ‘subidón’ que se produce durante una actividad deportiva. Estimula la frecuencia cardiaca, dilata las pupilas para mejorar el campo visual y tiene un efecto broncodilatador para favorecer la entrada de aire en los pulmones.

La adrenalina nos permite reaccionar de forma más rápida y eficaz en situaciones que requieren emplear todos nuestros recursos físicos y psíquicos. 

La dopamina es un neurotransmisor que también influye en el aspecto emocional del deporte: activando no solo la sensación de placer y felicidad sino también funciones motoras muy importantes en el ejercicio físico y, por ende, en el deporte.

Por su parte, la serotonina, conocida popularmente como la hormona de la felicidad, es un neurotransmisor que regula los estados de ánimo y que es liberado en grandes cantidades en actividades físicas intensas, como el sexo o el propio deporte. Esto explica la sensación de plenitud que sentimos tras la práctica deportiva, desde una simple carrera de media hora para entrenar, hasta la consecución de un título. 


Por último, las endorfinas —cuyo efecto se compara con los opiáceos sintéticos— tiene un considerable efecto analgésico calmando momentáneamente el dolor: así se explica que “no sintamos dolor” en el pico de intensidad deportiva… aunque una hora más tarde casi no podamos movernos. 

Aunque en menor medida e intensidad, estos neurotransmisores y hormonas también se activan cuando vemos deporte, aunque no participemos directamente en él: ¿nunca te has sentido exhausto viendo un partido de tu equipo, de tu jugador preferido o de tu propio hijo, casi como si hubieras sido tú el que estuviera sobre el campo? Es la capacidad que tiene el deporte para integrar emocionalmente a deportistas y espectadores

Descontrol emocional: cuando el deporte embrutece 

Por qué nos emociona el deporte
Aficionados celebran una victoria – Fuente: Unsplash

No dejamos aún el campo de juego del partido de los peques porque nos sirve para ilustrar el reverso tenebroso de las emociones en el deporte, cuando estas no son moderadas, no son canalizadas adecuadamente, esfumando el espíritu deportivo y embruteciendo a espectadores e, incluso, a los propios deportistas. 

Un intrascendente partido de fútbol de un equipo de infantiles puede convertirse en la final de la Champions League en la mente de algunos padres que presencian un partido, contagiando a otros espectadores y a sus propios hijos en un círculo vicioso de emociones desatadas que, en ocasiones, terminan como el rosario de la aurora. 

Pero, aunque el fútbol soporte sobre sus hombros la etiqueta de “deporte de masas”, en el peor de los sentidos, en casi cualquier actividad deportiva profesional —y no profesional— es común presenciar espectáculos vergonzosos de espectadores y deportistas que no han canalizado adecuadamente las emociones asociadas a la práctica deportiva, que no han hecho una buena gestión de los neurotransmisores implicados en una actividad tan intensa como el deporte y que, en definitiva, han perdido de vista los valores positivos que son el pilar del deporte en su sentido ancestral y universal. 

Fans en un estadio – Foto: Depositphotos

Un estudio de dos investigadoras de la Universidad de Toronto y de la Universidad de la Columbia Británica publicado en Qualitative Research in Sport, Exercise and Health analiza esta regulación emocional en el deporte, así como los aspectos interpersonales de las emociones en la práctica deportiva desde una perspectiva psicológica, explorando cómo surgen estas emociones en el contexto de las relaciones sociales construyendo identidades tanto individuales como colectivas. 

Llevando estas emociones grupales al extremo tenemos como resultado ese comportamiento casi irracional de los espectadores convertidos en masa que, envuelta en la tensión y emoción del momento, actúa de forma brutal al unísono.


Cuando el individuo tiene ese sentimiento de pertenecía a la masa, se contagia del comportamiento general, imita lo que percibe a su alrededor inhibiendo su faceta racional para entregarse al “emocionalismo”: 50.000 personas insultando y abucheando a otra persona por pitar un penalti, por ejercer su trabajo. ¿Te imaginas que toda la oficina te abucheara por “un mal día” de trabajo? 

Por supuesto, este hecho es solo un aspecto más de la emoción que envuelve la práctica deportiva. Pero como en cualquier otro ámbito vital, la adecuada gestión de las emociones —la inteligencia emocional— también debe ser aplicada al deporte, tanto dentro, como fuera del terreno de juego: no brutalicemos el espíritu deportivo



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