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¿Por qué sentimos envidia?


Resulta muy difícil encontrar una sola persona que no haya experimentado alguna vez sentimientos de enfado, incomodidad, inquietud o malestar ante la buena suerte, el éxito o el bienestar logrado por otros. Estas sensaciones no hacen distingos y nos afectan a todos en alguna medida. La envidia alcanza más o menos por igual a hombres y mujeres, a gente de todas las edades, orígenes, religiones, ideologías, niveles culturales o clases sociales. No es aventurado afirmar que estos sentimientos poco placenteros constituyen una ‘pandemia emocional’ de carácter universal en la que nadie está inmune. No se conocen vacunas infalibles contra la envidia.

¿Qué es la envidia?

Envidia

En contra de lo que muchos creen, la envidia no consiste en desear algo que aún no hemos conseguido y alguien que conocemos sí posee. La ambición por los bienes materiales, el bienestar o la felicidad es algo natural y no tiene porqué suscitar sentimientos desagradables en quien la experimenta, aunque ese anhelo tome como referencia a algún ser humano de nuestro entorno cercano.

Descrita con sencillez, la envidia es un sentimiento de tristeza, ira o rencor ante las conquistas de otros individuos. No se trata de ansiar lo que otros disfrutan. Más bien se resume en querer que no gocen de tales satisfacciones e incluso de experimentar un cierto rencor hacia quien triunfa o satisface sus aspiraciones. A menudo el displacer interior que nos desata se calma si el sujeto envidiado fracasa o ve malograda su consecución o bienestar. El mayor alivio para la envidia no va a ser tu propio éxito, sino el fracaso del otro, mientras más estrepitoso mejor. ‘Si a mí no me va bien, a ti tampoco y te jorobas’.


¿Existe la envidia sana?

No y nunca, rotundamente. Si es ‘sana’ no podemos llamarla así. Cuando no implica emociones o pensamientos desagradables, no podemos hablar de envidia, sino de admiración saludable, legítima y constructiva. Nos señala modelos a imitar o nos marca pautas a seguir para conseguir nuestras metas personales. Siempre es grato poder avanzar por un camino que otros antes han desbrozado.

‘Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias’.

Miguel de Cervantes

La envidia no es como el colesterol, que lo hay del bueno y del malo. Cuando nos ataca con intensidad resulta fácil que provoque síntomas fisiológicos de malestar, parecidos a los que nos acarrea la ira, la tristeza o la ansiedad, en un siniestro cóctel muy poco equilibrado. Además, suele venir acompañada de pensamientos negativos que nos hacen desear que nuestro conocido, compañero o allegado caiga en la desdicha y sufra algún revés que lo empuje a perder los logros alcanzados.

En definitiva, los términos salud y envidia no deberían convivir juntos en la misma frase.


Causas de la envidia

Envidia

No se ha detectado variable alguna que nos permita explicar o predecir con fiabilidad la aparición de sentimientos de envidia o de cualquiera de sus conductas asociadas. No obstante, si resulta posible identificar algunos factores que incrementan la probabilidad de que alguien pueda ser víctima usual de semejante torrente de emociones negativas:

Baja autoestima:

Las personas con un menor nivel de autoestima cuentan con riesgo más elevado de sentir desasosiego, enfado y contrariedad ante el éxito o el bienestar de otros sujetos conocidos. La inseguridad o la falta de confianza en el propio potencial para los estudios, el trabajo o las relaciones sociales nos vuelven más sensibles a padecer episodios de envidia simplemente porque alguien cercano ha finalizado con brillantez sus estudios, ha encontrado un buen empleo, ha ganado un premio en la lotería o ha anunciado su inminente fecha de boda, por ejemplo.

En otras palabras, los ‘envidiosos’ acostumbran a tener una percepción negativa de sí mismos que los empuja a comparar constantemente su suerte con la de los demás y sentirse desfavorecidos y víctimas a la hora de competir o perseguir objetivos vitales.

Sentimientos de frustración

Quienes se sienten agraviados por la ‘buena estrella’ o la felicidad de los otros suelen convivir con pensamientos que inciden en su inevitable mala suerte o su infortunio. Los triunfos de los demás no vienen ni por el talento, ni por el sacrificio, ni por la tenacidad.  Estas conquistas surgen simplemente porque ellos tienen ‘buena suerte’ y nosotros no.


Esta frustración hace que las personas sientan que no tienen el control o la manija de su existencia y desata sentimientos de odio y revancha hacia aquellos que gozan de mejor ventura. Tal vez podríamos defender que los ‘envidiosos’ son más agresivos y se sienten menos capaces para afrontar los cotidianos retos que la vida nos plantea.

Baja empatía

Quienes con insistencia se ven invadidos por sentimientos de envidia acostumbran a tener una dudosa conexión emocional con las personas envidiadas. Esto no significa que, en general, no sean empáticos con nadie o que no sufran por el dolor ajeno. Más bien cabría afirmar que si tenemos escaso ‘feeling’ con alguien próximo, la oportunidad de sentir envidia por su dicha crece exponencialmente.

Suele ocurrir en ocasiones cuando hay algún tipo de rivalidad pasada o presente entre hermanos, compañeros de estudios, colegas de trabajo, etc. Se trata de relaciones en las que ha habido o aún perdura una intensa convivencia, sin llegar a la enemistad. Aunque si la envidia está de por medio nunca será tarde para que surja el conflicto.

Cómo combatir la envidia

La prevención es tan fácil de enunciar como compleja de aplicar. En la medida en la que elevemos nuestro nivel de autoconfianza, tengamos una mejor imagen de nosotros mismos, nos sintamos más seguros y potenciemos nuestra capacidad para sintonizar con las emociones de los demás, lograremos minimizar las situaciones en las que nos sentimos devastados por la feroz ira de la envidia.

Muchos clásicos hablaron de la envidia como de un ‘vicio’ muy poco placentero. De la misma forma en la que casi todos alguna vez nos hemos tomado una copa, hemos fumado un cigarrillo o hemos comprado un décimo de lotería, también todos hemos sido envidiosos, aunque sea por un solo instante. Y estamos muy cerca de reincidir…


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