Público
Público

9 de marzo - Día de las personas desaparecidas sin causa aparente Desaparecidos: cuando mamá, el abuelo o la niña no vuelven a casa

Familiares de personas desaparecidas sin causa aparente relatan el vacío que dejaron en sus vidas la ausencia de sus seres queridos.

Margarita Pavón, abuela de la desaparecida Malén Zoe Ortiz.
Margarita Pavón, abuela de la desaparecida Malén Zoe Ortiz.


- ¿Cuántos años tendría ahora Paco?
- Tiene, tiene…

Hablan en presente, aunque cada día que pasa los aleja de un tiempo pasado que nunca debió suceder. Paco Molina tenía dieciséis cuando desapareció en Córdoba, por lo que ahora tiene veintiuno. Un adolescente rebelde, como tantos otros, que estudiaba cuarto de ESO. "Es inconformista y chocábamos, pero siempre hemos achacado su actitud a las cosas de la edad", recuerda su padre, Isidro Molina, quien no encuentra ninguna razón que explique su ausencia. "Conociéndolo, no se fugó", tercia su madre, Rosa María Sánchez.

¿Cómo iba a hacerlo, se preguntan sus progenitores, con cuatro euros en el bolsillo? "Alguien tuvo que ayudarlo, porque sin dinero no podría viajar en bus a Madrid", razona el padre, si bien su esposa duda si llegó a la estación de Méndez Álvaro, pues según ellos la Policía no revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad. Sólo saben que una noche de julio les dijo que dormiría fuera, sin especificar dónde, y que se vio con unos amigos en un parque, a quienes les comentó que había quedado con alguien en un bar.

Isidro Molina y Rosa María Sánchez, padres del desaparecido Paco Molina.

El camarero le aseguró a Isidro que no había pisado el local. La última vez que usó su móvil fue pasada la medianoche para comunicarse por Whatsapp con una amiga, a quien le dijo que le escribiría más tarde, porque apenas tenía batería. No volvió a encenderse, aunque sus padres siguen pagando la línea y llamando a su hijo, esperando escuchar su voz. "Quizás algún día…", susurra esperanzado su padre. "Al menos que llame para decirnos que está bien. Yo sólo deseo que sea libre", implora Rosa.

La Policía llegó a investigar en entornos ultras del equipo de fútbol local y a plantearse que quizás nunca salió de Córdoba. La televisión italiana se hizo eco de su caso y se realizaron pesquisas en una decena de países, con resultado infructuoso. Isidro Molina entiende que no debe descartarse ninguna hipótesis, si bien afirma que no le gustaba el fútbol. "Yo creo que le ofrecieron algo, aceptó y luego se encontró con una realidad distinta que se volvió en su contra". Un problema que se fue haciendo cada vez mayor y no ha sabido cómo afrontar.

"Tal vez pensó que la había liado y desde entonces no ha vuelto a llamar", aventura la madre. "Eso, en el supuesto de que no esté retenido", añade Isidro, quien no deja de tropezar con interrogantes desde que su hijo desapareció. Convencido de que "alguien sabe y calla", tan sólo espera que su móvil vuelva a estar operativo para poder respirar al fin. "Mientras tanto, vivimos en la incertidumbre". Su mujer, en cambio, no cree que pueda llamársele vida al estado en el que se encuentran desde hace cinco años: "Esto es un sinvivir".

Sandra Carrera, hija del desaparecido Elías Carrera.

"Si a mi padre le da vergüenza volver, no debería preocuparse"

Isidro y Rosa acudieron el pasado viernes al Congreso de los Diputados, escenario de los actos conmemorativos del décimo aniversario del Día de las personas desaparecidas sin causa aparente, que se celebra cada 9 de marzo tras su aprobación por el pleno de la Cámara Baja. Hasta allí también acudió Sandra Carrera, cuyo padre alquiló en julio de 2013 un coche en la estación ferroviaria de Ourense y lo entregó en la de Vigo. Desde entonces, su familia no ha vuelto a recibir noticias de él.

Elías Carrera tenía 61 años y trabajaba como taxista. Meses antes tuvo un bache psicológico y no parecía el de siempre. "Estaba anímicamente bajo, como evadido y con la mirada perdida. No estaba diagnosticado, pero creo que sufría una depresión", rememora Sandra, convencida de que su padre desapareció voluntariamente, por mucho que le siga extrañando que tomase esa decisión. "Carece de sentido que se fugase, porque no sería normal en él, una persona muy responsable y apegada a su familia", explica su hija.

Quizás los achaques de salud minaron su ánimo. Primero el colesterol y, cuando dejó de tomar la medicación, la diabetes. "Con lo que yo me cuido, no es justo que me venga esto", pudo pensar. Sin embargo, ni ese supuesto motivo tiene suficiente peso para los suyos, pues es tan cohibido que sorprende que se fuese de de casa. "Quizás ahora le dé vergüenza volver, mas no tiene que preocuparse por nada. Lo esperamos con los brazos abiertos, porque no podemos seguir sin él", suplica Sandra Carrera.

Sus allegados lo buscaron por toda Galicia y el norte de Portugal. Hablaron con personas que viven en la calle y recorrieron albergues. Hasta pidieron ayuda al padre Ángel, cuya fundación presta ayuda a los sintecho, por si se hubiese mudado a Madrid. "Somos cabezotas, por lo que seguiremos insistiendo hasta encontrarlo". Pero Elías, quien actualmente tiene 67 años, no aparece. Aquella tarde se dejó en casa el móvil, que sigue funcionando por si algún día decide llamarse a sí mismo para decirle a Sandra: "Hola, soy yo, papá".

Margarita Pavón, abuela de la desaparecida Malén Zoe Ortiz.

"No quiero irme de este mundo sin poder abrazar a mi nieta"

"Al principio piensas en una cosa, luego en otra y, al final, te planteas todas las posibilidades. Lo que creo que realmente sucedió me lo tengo que callar". La abuela de la adolescente Malén Zoe Ortiz, quien tenía quince años cuando se le perdió la pista en Calvià, se emociona con sólo nombrarla: "Necesito que vuelva mi nieta para seguir viviendo, porque ahora ya no vivimos. Y ella también nos necesita a nosotras, por lo que le pido a Dios que esté bien mientras esperamos que aparezca", ruega Margarita Pavón antes de deshacerse en lágrimas.

La madre de la chica recuerda que "desapareció un maldito 12 de diciembre de 2013" tras salir del instituto, apearse del bus y desplazarse en patinete hasta la casa de su novio. "A los quinientos metros de recorrido, se la tragó la tierra, aunque todos sabemos que nadie se esfuma así", explica Natalia Rodríguez. El reloj marcaba las cuatro de la tarde, si bien ningún transeúnte advirtió movimientos extraños. Malén no llegó a encontrarse con su pareja. "Tengo la corazonada de que no se la llevaron por la fuerza, sino que se subió al coche de una persona a la que conocía".

La joven vivía con su hermano y su padre, separado de su madre. "Antes me hacía mil preguntas, pero tras levantarse el secreto de sumario me han surgido un millón", comenta Natalia. La abuela insiste en que prefiere permanecer en silencio para proteger a su niña, quien ahora tiene veintiún años. "Cada vez que me acuesto le doy las buenas noches. Y cuando me levanto le doy un beso. Así, día tras día, porque no quiero irme de este mundo sin poder abrazar a mi nieta".

Diego Meneses, marido de la desaparecida Francisca Cadenas.

"Mi mujer no nos ha dejado, a ella se la han llevado"

Francisca Cadenas salió de su casa vestida con unas mallas y una camiseta de manga corta para despedir a la familia de una niña a la que había estado cuidando aquella tarde. O sea, no llevaba ropa de abrigo pese a la noche desapacible porque pensaba ausentarse durante un rato, pero no volvió. Ningún vecino de Hornachos, una localidad pacense de 3.500 habitantes, vio nada el 9 de mayo de 2017. Pronto se cumplirán tres años y todavía hoy se desconocen las causas de su desaparición.

"La paz y la armonía constituyen la mayor riqueza de la familia", reza la pancarta que sujeta su marido en la sala Ernest Lluch del Congreso, donde la Fundación Europea por las Personas Desaparecidas QSDglobal entregó sus premios anuales. "Y a nosotros nos faltas tú", puede leerse en el otro extremo. Francisca tenía 59 años y le había dicho a uno de sus hijos que no hiciese la cena, pues no tardaría en regresar y se la prepararía ella. Pronto se percató de que algo no iba bien: "A mamá le ha pasado algo".

¿Por qué iba a abandonar Francisca a su madre, a su marido y a sus hijos?, se pregunta retóricamente su esposo, Diego Meneses. "Era muy familiar y jamás haría eso, por lo que no se fue por su propio pie". Tras su desaparición se efectuaron varias batidas en las que colaboraron los vecinos del pueblo y alrededores, un gesto que la familia no deja de agradecer. Luego, su pareja estrecha el cerco con un par de frases crípticas, donde parece querer decir sin decirlo: "Muy lejos no anda. Yo creo que está en lo cercano". Alude a su entorno inmediato: "Aquello es pequeño y hay muy poco que buscar". Sin embargo, la Guardia Civil no cuenta con una pista sólida.

Francisca Cadenas salió de casa sin documentación, pero Diego tiene grabada en su mente su fecha de nacimiento. Pronto cumplirá 63 años y, cada vez que se acerca su aniversario, la familia se desespera. "Si yo supiera el motivo de su desaparición…", suspira su marido. "Aunque de algo estoy seguro: no nos ha dejado, a ella se la han llevado".

Isabel Movilla, madre de la desaparecida Caroline del Valle.

"Creo que raptaron a mi hija para explotarla sexualmente"

Cinco de la madrugada del 14 de marzo de 2015. Zona Hermética de Sabadell: discotecas y botellones. Una veintena de chavales se echa a correr cuando advierte la presencia de los mossos, pues la mayoría están tutelados por la Generalitat y se han fugado de sus centros de acogida para salir de marcha.

Caroline del Valle, de catorce años, corre detrás de Justin, la última persona que la vio. Él asegura que la deja atrás para esconderse de la policía. Posteriormente, regresa a Barcelona más tarde que sus amigos y con manchas de barro. Algunos menores aseguran que, antes de darse a la fuga, los ocupantes de un vehículo rojo con matrícula francesa habían estado hablando con las adolescentes del grupo. Nada se sabe de ellos.

"La niña me engañó, porque me dijo que aquella noche se quedaba a dormir en casa de una amiga", recuerda su madre, Isabel Movilla, quien no desconfía de Justin. "La policía sospechó que pudo haberla matado y arrojado a un contenedor, pero no creo que le diese tiempo. En realidad, el último que la vio fue un mosso que iba corriendo tras ella".

Isabel especula con la posibilidad de que la menor fuese raptada y de que ahora sea una víctima de explotación sexual. "Una de las chicas de la pandilla era una captadora de niñas. De hecho, mi hija la llamó aquella madrugada y no le respondió", asegura la madre, quien relaciona a esa joven con los varones del coche rojo. Los Mossos, en cambio, pretenden someter a Justin a una prueba de la verdad para determinar si ha mentido.

"Al menos tengo la esperanza de que está viva, pero a veces pienso que no la voy a ver nunca más", se lamenta Isabel. "Quién sabe, porque la vida da muchas vueltas", añade la madre, quien lucha para que su hija no se convierta en un número sumergido en un mar de cifras. Según el Centro Nacional de Desaparecidos, dependiente del Ministerio del Interior, el año pasado se registraron 26.356 denuncias. Casi una décima parte permanecen activas, lo que significa que 2.451 personas todavía no han sido localizadas.

Charo Gómez, hermana del desaparecido Joaquín Gómez.

"Los desaparecidos mayores como mi hermano son invisibles"

Charo Gómez no tiene esperanzas de encontrar a su hermano. No porque las haya perdido, sino porque es consciente de que un diabético de 68 años que sufrió varios comas difícilmente puede sobrevivir en medio del campo sin comida ni bebida. Su única esperanza, pues, es encontrar su cuerpo para poder velarlo. "Joaquín murió aquella misma noche, porque necesitaba medicación y se olvidó la mochila con un zumo en la puerta de casa".

Es la única familiar que habla en pasado. Con entereza. Todo sea por recuperar sus restos, aunque critica que las autoridades y las fuerzas de seguridad no se implicasen más en su búsqueda, así como la falta de medios para dar con él desde que se perdió su rastro el 23 de septiembre de 2018 tras cruzarse con unos vecinos, los últimos que lo vieron caminando. "Los desaparecidos mayores son invisibles. Ni televisiones, ni nada".

Joaquín Gómez salió a dar una vuelta, como de costumbre, a las siete de la mañana. Era domingo y no se llevó el móvil. Después de pasear por una extensa finca, solía visitar a unas sobrinas que regentan un bar en Lora del Río (Sevilla). Aquella mañana no lo hizo y a las diez su mujer comenzó a preocuparse. "Creo que falleció de un coma diabético", afirma su hermana, quien detalla que quizás había sufrido microinfartos cerebrales previamente. Confundía el caldo con el gazpacho, su cuerpo también le fallaba, ya había sido ingresado por otros comas…

"Algunos dicen que se quitó la vida, pero Joaquín no tiene alas, ni se enterró solo, ni tampoco se lo llevó un ovni". ¿Qué ha sido entonces de su cadáver?, se pregunta Charo Gómez. "Las zapatillas que llevaba mi hermano eran mías. Ellas me dirán dónde está Joaquín".

Más noticias de Política y Sociedad