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Arqueología en el Valle de los Caídos Reabrir la tierra para conocer la Historia: así vivieron las familias de los trabajadores del Valle de los Caídos

Un equipo de arqueólogos del CSIC estudia el asentamiento de las familias de los trabajadores. Las chabolas no tenían más de 9 metros cuadrados y jamás contaron con luz ni agua. En 1950 se derribaron por orden del régimen franquista.

Vista de la cruz del Valle de los Caídos desde donde se ubicaban los barracones de los trabajadores de Banús.
Vista de la cruz del Valle de los Caídos desde donde se ubicaban los barracones de los trabajadores de Banús. Nerea Villuendas

El último mes de primavera deja el Valle de Cuelgamuros sembrado de margaritas y plantas con flores amarillas. Un amarillo chillón que contrasta con la dura roca de granito decorada por un musgo más seco que vivo. En una pequeña zona del territorio bajo control de Patrimonio Nacional (PN), varios científicos del Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit) trabajan para sacar a la luz las infraviviendas que habitaron las familias de los trabajadores de la iracunda construcción. Trabajadores libres, trabajadores presos, que tuvieron cerca a sus seres queridos: mujeres y descendencia que durante años habitaron la escarpada zona, en chabolas de 9 metros cuadrados y sin acceso a agua ni electricidad.

Tres empresas usaron como mano de obra a presos políticos durante el franquismo para construir y levantar lo que después sería el Valle de los Caídos. El Poblado de Banús, una de esas empresas, se conserva casi íntegro y no ha sufrido reocupaciones posteriores. "En la parte del destacamento se han encontrado los cimientos de dos barracones de presos, un almacén, un edificio multiusos, un barracón de obreros libres, otro de encargados y dos fosas sépticas", informan desde PN. Pero eso no es todo. Ocho décadas después, el equipo arqueológico desempolva, limpia, analiza las zonas adyacentes, donde se ubicaban las viviendas de las familias de los obreros.

Alfredo González Ruibal es doctor en arqueología, científico titular del Incipit y dirige el proyecto de excavación: "Estamos investigando en un sitio único en el que se desarrollaron siete años de la España franquista, un lugar excepcional como fuente de conocimiento  . La mayor parte de asentamientos que estuvieron poblados con chabolas que surgieron en la periferia, como Vallecas u Orcasitas, han seguido siendo utilizados, por lo que no quedan huellas de su periodo inicial". Y precisamente son eso, chabolas, lo que el equipo de González ha cifrado en 40 tan solo en el Poblado de Banús, aunque originariamente podrían ser 20 más.

Tras unos días de intenso trabajo por el equipo del Instituto adscrito al CSIC, queda patente la planta de estas 15 casas estudiadas, en las que aún se encuentran restos de la época: "Hemos descubierto trampas para conejos, botellas de vidrio, monedas, suelas de zapato hechas con caucho de neumático reutilizado y muchos elementos asociados a niños, como juguetes y calzado de criaturas muy pequeñas, de unos 2 años de edad, además de que por testimonios sabemos que al menos un par de mujeres dieron a luz aquí", explica González sobre el terreno.

Un lugar sin documentar

Su compañero Luis Antonio Ruiz Casero es doctor en historia contemporánea y especialista en la Guerra Civil: "Antes de la excavación llevamos a cabo una labor de documentación desarrollada principalmente entre el Archivo General de Palacio, que depende de PN, y el Archivo General de la Administración. Rastreamos todo tipo de documentación, planimetrías, e informes sobre los destacamentos penales, y al igual que existe información sobre la construcción del monumento y algo menos de los barracones de los trabajadores, sobre las chabolas y casas a su alrededor no hay ninguna referencia".

Las paupérrimas construcciones también tenían unos límites respecto a cuántas, cómo y dónde se podían realizar. "Está claro que para el propio régimen debería ser algo incómodo porque hay varias órdenes de demolición de las chabolas a partir de 1950", apuntilla González a Público mientras a escasos metros sus compañeros siguen trabajando en la excavación. También eran diferentes entre sí, pues aunque los barracones se dividían entre los trabajadores penados y los trabajadores libres, o al menos todo lo libres que puede ser una persona que decide trabajar en el Valle de los Caídos, en los poblados convivían familias de ambos.

Los familiares de los presos tenían menos poder adquisitivo porque recibían una fracción del salario, así que los expertos piensan que algunas disparidades que se aprecian en las chabolas pueden obedecer a ello: "La gente con un poco más de dinero tenía un suelo de cemento algo mejor o paredes más acondicionadas, pero ninguna contaba con electricidad ni agua, algo que en aquella época ya era relativamente normal", se expresa el arqueólogo justo antes de encontrar en el suelo un frasco medicinal de la época. La condición diferenciada de los trabajadores también acarreaba otras consecuencias, pues los libres sí que podían pasar más tiempo con sus familias mientras que a los presos tan solo se les permitía acercarse a las cabañas un rato antes de dormir.

Una experta trabaja en una de las chabolas que acaban de empezar a excavar.
Una experta trabaja en una de las chabolas que acaban de empezar a excavar. Nerea Villuendas

La alimentación de los pobres

La cuestión esencial del acceso al agua la dilucida Ruiz: "Pensamos que se valdrían de un arroyo que pasa cerca del Poblado, además de que en los picos de algunas rocas cercanas había un pequeño manantial". Las repercusiones en su alimentación eran claras: "Los datos negativos, a veces, son muy elocuentes, y yo creo que ahora lo son. Aunque hemos excavado mucha superficie, no han aparecido huesos de animales en este sector. Solo en la casa de un empleado en otro destacamento penal, en su basurero, hemos hallado restos de cordero y aves, seguramente gallinas. Eso indica que no encontramos huesos porque, simplemente, esta gente estaba privada de proteínas animales", tal y como afirma el arqueólogo.

Los familiares también visitaban la tienda economato de los destacamentos. Con su poco dinero, en ella adquirían latas de comida, algunas de ellas aparecidas durante la excavación. Otros "objetos interesantes", tal y como los denomina el científico del Incipit, que han descubierto son frascos de medicina laxante. "Esta gente tenía problemas intestinales porque apenas comían frutas y verduras. A partir de 1943 les dejan cultivar, lo que claramente representa un acto de benevolencia por parte del sistema penitenciario pero en realidad era algo que a ellos les convenía. Al fin y al cabo, los propios obreros producían su propia comida y complementaban su dieta con las vitaminas y fibra que el Estado no les proporcionaba".

La invisible labor de las mujeres

Por otra parte, el sector más invisibilizado en el Valle de los Caídos es el que ha adquirido una gran importancia en estas casas y la cotidianeidad de las familias. Pese a que el lugar siempre se ha relacionado con algo muy masculino ya que los soldados enterrados son hombres, al igual que los ingenieros y arquitectos, y al igual que los trabajadores, el equipo de González está descubriendo una gran presencia femenina: "Todas estas mujeres que estaban aquí cumplían una labor muy importante de mantenimiento de la población masculina. Por un lado, el apoyo psicológico que les daban al estar tan cerca, sin olvidar que había gente que llevaba ocho años sin ver a sus familiares, pero también el apoyo práctico de complementar la dieta o lavar su ropa. Es ese trabajo invisibilizado que llevan haciendo las mujeres desde hace miles de años", en palabras del director del proyecto.

"De los tres destacamentos penales que había en el Valle, nos hemos centrado en dos porque uno de ellos está totalmente derruido. En total, hemos excavado unas 15 casas de este tipo. Estamos descubriendo el lugar en el que llegó a nacer mucha gente, personas que ahora tendrán unos 80 años y habrán llevado en sus pies el calzado que ahora estamos desenterrando. Nos gustaría que si esto lo lee algún testigo o protagonista que vivió esta época se pusiera en contacto con el Incipit", agrega González aludiendo a la "memoria que todavía vive", tal y como la describe su compañero Ruiz.

Dos botellas encontradas durante las excavaciones.
Dos botellas encontradas durante las excavaciones. Nerea Villuendas

Conseguir resignificarlo

Es el historiador quien hace memoria al recordar que en la primera fase del proyecto los superiores del Archivo General de Palacio le dijeron que tenían que revisar antes que él una carpeta que quería estudiar; pero si vuelve al presente apunta que "resulta sobrecogedor reproducir los pasos que se dieron hace 80 años, sobre todo cuando te encuentras objetos como el calzado de un niño y todo el peso emocional que tiene". El arqueólogo, en cambio, describe como "emocionante" la empresa que están realizando, además de que en él, en cierta forma, se cierra un círculo: "Mi abuelo tuvo una constructora y sé que trabajó con presos políticos durante el franquismo, así que esto es una especie de justicia poética para mí".

Al fin y al cabo, el Incipit está literalmente abriendo la tierra como si quitaran unos puntos puestos con prisa y que suturaron mal la herida: "Este sitio se consideraba un lugar intocable, el último bastión del franquismo, y yo creo que este tipo de proyectos son una demostración de que el Valle se puede transformar y adecuar a la sensibilidad democrática mayoritaria de la sociedad", reflexiona el arqueólogo. Tras él, un rollo de tela geotextil que cubrirá los yacimientos ahora revelados consuman esta historia sobrevolada por un interrogante: ¿cuándo se musealizará la zona para que todo el mundo la pueda visitar?

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