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Artistas callejeros El último titiritero urbano

Mario González, un joven de 26 años, estudiante de arte dramático y artista polifacético, entretiene a los madrileños dando vida a sus marionetas. Es músico y apicultor, y ha trabajado como cocinero, carpintero, camarero y hasta sepulturero

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Mario González, con sus marionetas, en una calle del centro de Madrid. M.T.

Manolo Bolaño es un consumado cantante melódico que ha paseado su éxito por las capitales de media Europa. Embutido en un traje oscuro y tocado con un clásico bombín, sólo necesita un pequeño escenario para cautivar con su voz a todo tipo de audiencias. Se atreve con la canción más arrastrada de Joaquín Sabina y con las composiciones más intimistas de Charles Aznavour. Sabe atrapar a su público y tiene una rara habilidad para abrazar a los niños y conseguir que claven su mirada en él, con una mezcla de ingenuidad y admiración. Manolo Bolaño es… ¡una marioneta!

Y quien le da vida y mueve los hilos (nunca mejor dicho) de su existencia es un joven madrileño de 26 años, Mario González, un artista viajero y polifacético, que se ha convertido posiblemente en uno de los últimos titiriteros urbanos de Madrid.

Criado en el pueblo conquense de Huete, donde aprendió a ser apicultor y a hacer jabón con aceites reciclados, Mario ha trabajado como carpintero, cocinero, camarero y hasta sepulturero.

Ahora lleva ocho años viviendo en Madrid, donde estudió interpretación en la Real Escuela Superior de Arte Dramático. Al terminar la carrera decidió convertirse en un trotamundos para dedicarse a lo que él define, con orgullo no disimulado, como el “arte de la calle”.

Manolo Bolaño, micrófono en mano, durante la actuación. MTZ

Su vocación como titiritero surgió en un viaje en caravana que hizo junto a un grupo de amigos por el sur de Francia para ver el Festival de Teatro de Avignon. Una noche, en el Parque de Perú, de Montpellier, conoció a un joven artista que tenía una maleta repleta de marionetas y que le inculcó la pasión por el oficio.

Escupitajos en la guitarra

Antes de dedicarse al mundo de los muñecos de trapo, Mario probó suerte como músico callejero. En 2014, cuando estaba en Melbourne (Australia) sufrió el rechazo y las actitudes racistas de mucha gente que le reprochaba cantar en español. “Me escupían en la funda de la guitarra y me decían ‘puto español, vete a tu país a buscar trabajo’. Y todo por tocar música de Los Delincuentes, Estopa y Fito y los Fitipaldis”, recuerda.

Mario González, con sus bártulos. M.T.Z.

Ese rechazo y las secuelas de un accidente de tráfico que sufrió en la capital australiana precipitaron su vuelta a España y fue entonces cuando reflexionó seriamente sobre su futuro.

“Me voy a construir un títere que no tenga nacionalidad, que hable en todos los idiomas y que quepa en una maleta de mano. Voy a ser como aquel genio de Montpellier”, se dijo entonces.

Para ver si la fórmula funcionaba, Mario hizo el Camino de Santiago sin dinero y comprobó que con lo que le daba la gente podía seguir adelante. Desde entonces, se gana la vida con sus marionetas.

La familia de Mario está formada, además de por el señor Bolaño, por su hija Matilde y por otro títere de gran tamaño, estilo Bunraku, que es un payaso. También tiene media docena de muppets, o marionetas de guante.

Recoger los bártulos

Ahora suele actuar frente al número 22 de la calle Arenal, que va desde la Puerta del Sol hasta el Teatro Real. Antes antes ha estado en Moncloa, Fuencarral, Preciados, Chamartín, El Retiro, Tetuán y el Templo de Debod. “Hemos conseguido crear entre todos: los porteros, los empleados de las tiendas cercanas y los dueños de los bares de alrededor, una pequeña comunidad. Son ellos los que, a veces, me avisan de que llega la policía para que recoja los bártulos. Otras veces me saludan y me preguntan cómo me va el día”.

Mario González tiene acumuladas multas de la Policía Municipal por 1.200 euros

Una hora de trabajo, y dependiendo del día, del tiempo y de la afluencia de gente, le reporta entre 15 y 20 euros. “El problema es que no se puede trabajar más de dos o tres horas seguidas. En esto de las marionetas hay que estar concentrado al cien por cien. Si estás dos horas, tienes que estar en plenitud tanto física como mental”.

Donde más dinero llegó a recaudar fue en Florencia (Italia). Su cazo se llenó con 300 euros en apenas una hora, cantidad que jamás ha logrado igualar. “Hay días”, explica, “en los que saco el títere en Madrid y después de estar más de dos horas sólo tengo lo suficiente para tomarme un vaso de leche”.

“El dinero importa y todo el mundo tiene que vivir de su trabajo, pero lo que a mí me importa es que haya gente que está disfrutando de tu trabajo. Disfrutar de la sonrisa de un niño pequeño que salta del carrito y le pide al padre que pare para ver la marioneta”.

Mario tiene acumuladas multas de la Policía Municipal por valor de 1.200 euros por ocupación del espacio público y porque su reproductor de música (la orquesta enlatada de la que se sirve el señor Bolaño) excede el nivel de decibelios permitido por la ordenanza municipal.

“Lo que yo hago es un trabajo profesional en cuya preparación invierto muchas horas. Pero los políticos que se encargan de hacer las normas y los policías que las hacen cumplir no te ven como un artista de calle”.

Manolo Bolaño cautiva a los espectadores. M.T.Z.

El titiritero subraya que con la actual normativa, sólo se le concede el permiso de artistas callejeros a los músicos, “mientras que al resto se nos discrimina, ya seamos bailarines, actores o titiriteros. Los músicos con permiso pueden utilizar un amplificador de hasta 20 vatios y yo, que uso uno de 5, soy sancionado por exceso de decibelios”.

Madurez y juventud

Los fines de semana, Mario actúa en el restaurante Abonavida, un local del centro de Madrid en cuyo sótano, según cuenta, también ofrecieron su arte Paco de Lucía y Camarón de la Isla. Allí representa una obra que él mismo escribió, titulada Artistas para unos, que trata de los problemas que tienen que afrontar los artistas de calle. Manolo Bolaño y Mario interactúan e intercambian reflexiones confrontando la madurez con la juventud.

Con todo, la verdadera pasión de Mario es la de titiritero. “Cuando actúo, puedo ver perfectamente el paisaje humano que tengo ante mí: esa señora mayor que va en silla de ruedas y se está emocionando, el niño pequeño que se ríe a carcajada limpia o los señores trajeados que trabajan en los bancos y oficinas de la zona”.

“Un día, un señor trajeado y con corbata, que parecía triste y cansado, se paró a ver la representación. A los cinco minutos, dejó el maletín a un lado y empezó a bailar el rock con el señor Bolaño. Se puso de rodillas y se desmelenó. Luego me echo dos euros, me dio la mano y me dio las gracias porque, según él, le había cambiado el día”.

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