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Barcelona El mercadillo de la precariedad que surgió entre empresas tecnológicas y 'startups'

En el marco de la cambiante Plaza de las Glorias de Barcelona, más de doscientos manteros conforman un mercadillo en el que se venden objetos usados y, en muchos casos, inservibles. Los vecinos se quejan de la suciedad y de que las calles quedan obstruidas; ellos dicen que no tienen otro modo de ganarse la vida.

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Un vendedor con la torre Agbar al fondo. - JORGE GARCÍA LÓPEZ

Hoy la jornada no promete demasiado. Él, llamémosle Juan, despliega un pareo sobre el que se amontonan numerosos objetos, todos “reciclados” (“reciclado” es el término que utiliza para aclarar que provienen de los contenedores, que en ningún caso los ha robado), entre ellos, varias gafas de buzo y otras tantas de sol, mecheros, linternas, abanicos, zapatos de señora, llaveros e incluso una bota de vino, todo a un euro ─como mucho a dos─ y, sin embargo, entre este porfolio de objetos no hay calzado deportivo ni aparatos de electrónica. Son los productos más demandados y con ellos, calcula que podría ganar hasta 40 euros. Como hoy no es el caso, apenas tiene expectativas de llegar a la mitad.

Son las 9 y las calles comienzan a llenarse pero Juan y gran parte de los manteros llevan aquí desde antes del amanecer. Es el único modo de conseguir algo que resulta fundamental de cara al éxito o fracaso de la jornada: obtener un lugar visible en el atiborrado mercadillo ilegal de la Plaza de las Glorias. En él se concentran cada día más de 200 vendedores que conforman aquello que diversos medios de comunicación han bautizado como el “mercadillo de la miseria”.

Restos, objetos parciales

Los productos electrónicos y las zapatillas son los que reportan más beneficios a los vendedores. - JORGE GARCÍA LÓPEZ

Barcelona es una ciudad de mercadillos: los hay a decenas; proliferan en las estaciones de ferrocarril, en las calles del Born, en las antiguas fábricas del Poblenou. En ellos, uno puede encontrar discos de vinilo, ropa vintage de segunda mano, artesanías de madera, carteles. Productos acabados, enteros, listos para ser consumidos. Como si de su reverso terrorífico o irónico se tratase, en el mercado ilegal que se asienta de lunes a domingo en la Plaza de las Glorias se venden esencialmente restos o productos parciales.

Sí, hay relojes, pero sobre todo hay partes de relojes (correas, pilas, cajas sin manecillas), también hay móviles, cámaras y ordenadores, pero muchos están rotos y se venden únicamente para ser desmontados. Hay muñecas Barbie, pero están desnudas; juegos de mesa, pero faltan las piezas. Botellas vacías, juguetes rotos, zapatos sin pareja: un sin fin de objetos cotidianos cuya función habitual aparece desplazada sin que ninguna otra ocupe su lugar.

De ahí ese perezoso calificativo, “mercadillo de la miseria”. Es el modo en el que el lenguaje pone tierra de por medio entre este y los otros mercadillos, como Palo Alto ─a solo 20 minutos a pie de aquí─, demasiado trendys para convivir con el de Glorias ─y toda la extrañeza que le es inherente─ bajo una misma denominación.

Mercado itinerante

Pocas cosas en este mercadillo tienen un carácter definitivo, ni siquiera el espacio que ocupa está del todo precisado. En principio su lugar se encuentra frente al Centro Cultural La Farinera, el punto exacto en el que se cruzan Avenida Meridiana y Gran Vía, dos de las principales calles de la ciudad. Sin embargo, es habitual que la policía acuda para desalojarlo. A menudo ocurre de este modo: dos o tres coches de la Guardia Urbana se detienen en uno de los extremos del mercado y dan las luces o encienden la sirena mientras avanzan poco a poco. Los tenderos recogen sus cosas y se marchan, pero que nadie espere aquí una huida trepidante: lo hacen a paso normal, con resignación, charlando entre ellos. Rara vez son objeto de una denuncia policial.

Vendedores se desplazan de zona mientras el mercadillo es desalojado por la policía. - JORGE GARCÍA LÓPEZ

Es entonces cuando empieza la peregrinación: de La Farinera, el mercado se desplaza frente a la Torre Agbar, cruzando la Gran Vía, o a otra parte cualquiera de la plaza. A veces, la policía también desaloja este segundo asentamiento, lo que genera una nueva peregrinación que no es necesariamente la última. Según cuentan varios vendedores, hay días en los que el mercado se traslada de sitio hasta cinco veces.

Los vecinos se quejan de la suciedad que deja a su paso. Las patrullas de limpieza no dan a basto y algunas calles quedan obstruidas ante la presencia de cada vez más manteros, lo que se agrava con los mencionados desplazamientos, que a veces dan a parar a lugares estrechos que devienen intransitables.

Glorias, zona fronteriza

No se puede decir, sin embargo, que este mercado haya brotado de la nada ni que sea ajeno a la historia y la geografía del lugar en el que se ubica. En la segunda mitad del siglo XIX, el trazado ortogonal con el que se construyó el Eixample de Barcelona, sumado a la presencia de numerosas vías férreas en la zona, dio lugar a un espacio inaudito, la Plaza de las Glorias, un vacío equivalente a 9 campos de fútbol que, desde entonces, ha sido llenado y vaciado en sucesivas ocasiones.

Imagen del estado actual de una parte de la plaza de Glorias. - JORGE GARCÍA LÓPEZ

Ningún gobernante, ningún urbanista ha logrado dotar a este espacio de unas edificaciones permanentes ─mucho menos, habitables─, o lo que es lo mismo: de una forma definida; de ahí que la haya acompañado siempre cierto aire marginal. En cien años ha sido un cobertizo de la red de ferrocarriles, un poblado de chabolas y, más adelante, un acrobático e imposible nudo de circulación. En cualquier caso: un límite, un borde, una zona fronteriza. A un lado, el Eixample Derecho, la Sagrada Familia, el Teatro Nacional; al otro, El Clot, un barrio tradicionalmente obrero, y también las fabricas abandonadas y los descampados de Provençals del Poblenou. Poco de lo que hay en una banda de Glorias se parece a lo que hay en la otra.

La llegada del 22@, como se conoce a la concentración de empresas tecnológicas instaladas en la zona desde principios de este siglo, supone la enésima reinvención del espacio. Como parte clave del proceso, se reubicó el Mercat dels Encants, ya envejecido y cada vez más precario, en un luminoso edificio de acero inoxidable. En el lugar que aquel ocupaba, el ayuntamiento está a punto de inaugurar un parque al que solo la Avenida Meridiana separa del mercado ilegal.

Juan es de Barcelona y lleva vendiendo productos “reciclados” en Glorias desde hace dos décadas. Explica que siempre ha existido un mercado ilegal pero que en los últimos meses la cantidad de manteros ha crecido muchísimo. A eso se suma la falta de espacio como consecuencia de las obras y las nuevas zonas verdes. Cuando se le pregunta a él o a otros vendedores por una posible solución, contestan que les gustaría realizar su trabajo legalmente previo pago de una licencia, aunque sea simbólica. Juan, que está jubilado, agrega que no tiene otra manera de ganarse la vida que esta y que lo seguirá haciendo pase lo que pase.

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