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EMT El bus tortuga: Carabanchel denuncia que la EMT discrimina los barrios del sur de Madrid

Los vecinos reclaman diez autobuses y veinte conductores más para el 34, la línea que transporta más viajeros de la capital, debido a sus retrasos y aglomeraciones. "Sólo somos iguales al norte a la hora de pagar impuestos, no para recibir servicios"

La línea de bus 34 de la EMT, que comunica la plaza de Cibeles y Carabanchel Alto. / H. M.

Una pareja de jubilados espera en la plaza de Cibeles el 34, la línea de autobús que transporta más viajeros de la capital. Ocho millones y medio de pasajeros al año, entre los que se encuentran Carmen y José Ángel, quienes confirman en una aplicación del móvil que tardará veintiún minutos en llegar. “Después del río, Madrid es otro mundo. Se nota el trato diferente del Ayuntamiento entre barrios, porque cuida menos los humildes”, se queja ella. “Hay un desprecio hacia el sur, que está más abandonado”, le secunda su marido.

Ambos viven en Marqués de Vadillo, en la otra orilla del Manzanares, por lo que cubrirán sólo un tercio del recorrido, que comienza en la céntrica fuente y termina en la avenida de Las Águilas: más de una hora de viaje hasta completar doce kilómetros y 41 paradas, siempre que los atascos y otras incidencias no provoquen retrasos. En una pueden entrar tanto una anciana como veinte estudiantes, pues el itinerario está jalonado de escuelas e institutos. Una ruta que baja o sube, según se mire, pues la otra cabecera está situada en Carabanchel Alto, aunque los de arriba suelen verla desde las alturas.

Resulta curioso que haya más autocares que van del sur al centro, algo que tiene sentido a primera hora de la mañana, cuando los ciudadanos se desplazan a sus puestos de trabajo. Sin embargo, el flujo no se invierte con el discurrir de las horas, de modo que volver a casa implica un mayor tiempo de espera debido a la menor frecuencia. “Es muy maquiavélico”, razona Pedro Casas, miembro de la junta directiva de la Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto, en pie de guerra contra lo que considera una discriminación. “¡Venga, que lleguen pronto al curro, pero que les den cuando terminen su jornada laboral!”.

La Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto denuncia las aglomeraciones en el bus 34 de la EMT. / H. M.

Para justificar el maltrato que sufren, el pasado 13 de noviembre realizó un control del paso, comparándolo con el de la línea 27, que transporta un 10% menos de pasajeros y abarca una distancia más corta. Eso sí, parte de la glorieta de Embajadores, flanquea el Museo del Prado, asciende por el paseo de la Castellana, penetra en el corazón financiero y alcanza la plaza de Castilla, donde se asientan las torres KIO. Dieciocho vehículos prestan servicio en cada ruta de la Empresa Municipal de Transportes (EMT), aunque la 34 tiene un 50% más de recorrido, por lo que la carrera se dilata un porcentaje de tiempo similar.

Conclusión: los vecinos de Carabanchel aguardan una media de casi ocho minutos, mientras que los usuarios del 27 se ahorran tres. No obstante, como la comprobación se prolongó desde las 6.30 hasta las 22.30 horas, en 78 de los 245 pasos registrados en ambas direcciones la espera fue de diez o más minutos, con ocho picos superiores a veinte. Ana, una joven que trabaja como técnica de laboratorio, lleva mirando el reloj durante un cuarto de hora e ironiza sobre la reducción de las emisiones contaminantes. “Nos dicen que debemos ser ecológicos y usar el transporte público, pero así resulta imposible entrar con puntualidad en clase o en la oficina”.

Cuando jugaba en el Club Deportivo Aviación, solía llegar tarde a los entrenamientos nocturnos, recuerda la exfutbolista, una de tantas viajeras que aseguran que tanto pueden aguardar quince minutos como asistir a la circulación de dos buses seguidos. Un chófer reconoce que serían necesarios diez vehículos y veinte compañeros más para ofrecer un servicio adecuado, aunque también justifica que en los desajustes en las frecuencias influyen las vicisitudes que se suceden en la carretera: la lluvia, un camión de la basura, la salida de las escuelas una manifestación… “En todo caso, estamos quemados”, confiesa el conductor, cuyo gremio fue a la huelga en diciembre para exigir 450 contrataciones.

Pedro Casas, miembro de la Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto, en una parada del bus 34 de la EMT. / H. M.

“La EMT no refuerza la línea 34 porque cubre la zona sur”, deja caer antes de interrumpir su reflexión, un silencio que apuntala la queja. “Sobran los comentarios… No es que esté marginada, pero sí un poco suelta”. Andrea, una alumna del Colegio Amorós, no se anda con rodeos: “Está el barrio que es una pesadilla”. Sus amigas coinciden. “La periferia está maltratada y el bus parece un lata de sardinas, hasta el punto de que a veces ni abre la puerta y debemos coger el siguiente”, protesta María. “Los peores horarios son por la mañana y cuando terminan las clases”, añade Alejandra.

Hasta la parada situada ante los marianistas bajan caminando estudiantes de Salesianos Carabanchel, cuyo relato no difiere. David asegura que ha esperado hasta media hora, mientras que para Daniel el deterioro del servicio refleja el abandono del distrito. “Es algo descarado. Pagamos los mismos impuestos que los residentes en el norte, pero nos tratan peor, como evidencia la comparativa con el 27. Claro que esto no es el eje financiero, ni el Madrid bonito”, ironiza Pedro Casas, quien subraya la abundancia de centros educativos a lo largo del recorrido del 34, algunos de ellos concertados, lo que motiva que los chavales que viven lejos se desplacen en bus.

Dos buses seguidos en Cibeles y tres en la plaza de la Emperatriz, en una foto tomada por la AAVV de Carabanchel Alto. 

“Está fatal, sobre todo por las mañanas. Las mamás aguardamos desde las 8.30 y a veces aparece a las 8.50 horas, de manera que los niños entran tarde”, comenta Esther. Para evitarlo, hay padres que acercan a sus hijos en coche, lo que contribuye a colapsar una calle de dos carriles y a retrasar el paso de los autocares, explica el miembro de la Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto. “Es comprensible que haya desajustes en medio del itinerario por culpa del tráfico, aunque no tiene sentido que la incidencia se repita en las cabeceras”. Unas veces la demora se eterniza y otras circulan dos seguidos.

Un problema que viene de lejos sin haber sido subsanado por ninguna corporación municipal, si bien Casas también apunta hacia la Comunidad de Madrid como responsable, pues la EMT es una empresa pública del Ayuntamiento pero opera bajo la autoridad del Consorcio Regional de Transportes. Así, en 2010 los vecinos realizaron un estudio similar que muestra que la espera media subió casi un minuto, mientras que su uso no ha dejado de aumentar, hasta que hace dos años se convirtió en la línea con más pasajeros. Pese a que la ocupación no sea similar durante todo el trayecto, hay aglomeraciones en algunos tramos, y eso que la capacidad de estos vehículos articulados es de unas 140 personas.

El bus 34 de la EMT, que comunica Las Águilas y la plaza de Cibeles, a rebosar. / H. M.

“¿Por qué sufrimos una discriminación respecto a otras rutas?”. La pregunta está en el tejado de las administraciones, aunque este vecino de Carabanchel adelanta que el barrio es “penalizado” desde el momento en que que se planifican los horarios, con una frecuencia menor en el caso del 34. “El norte y el oeste de Madrid pueden ser una periferia geográfica, pero no social. Mientras, el sur sociológico es menos valorado por los gobernantes. Sólo somos iguales a la hora de pagar impuestos, no para recibir servicios de calidad”, denuncia Casas.

Según él, carece de sentido que la EMT destine a la línea 34 sólo dieciocho buses, el mismo número que a la 27, cuando su recorrido y su frecuencia son menores. Por ello, exige diez vehículos y veinte conductores más. Eso aliviará a los chóferes actuales, “más quemados que la pipa de un indio” y objeto de las quejas de los usuarios, a pesar de que no tengan culpa, añade el activista. “Los viajeros se desahogan con ellos porque no pueden pedirle cuentas al concejal. Resulta inconcebible que esté tan mal regulado, porque rara vez te encuentras con tres buses seguidos, aunque sí es habitual ver dos juntos. Como dice un compañero, parecen de la Guardia Civil, porque van en pareja”.

Frecuencias de paso programadas desde Cibeles hasta Carabanchel Alto, donde vive Pedro Casas. / H. M.

El 34 va parando en la calle Joaquín Turina antes de enfilar Eugenia de Montijo, donde accede un grupo de estudiantes del Colegio San Gabriel. “Aquí ya no cabe nadie más”, comenta uno. “Por favor, señora, ¿me pasa la tarjeta por la máquina?”, pregunta un hombre que no logra alcanzar la validadora. “¡No se la acerques más, que ya le ha cobrado dos veces!”, tercia una mujer antes de la parada de Puerta Bonita. La gente sube como bien puede, pese al tapón en la entrada, mientras que dos ancianos corren el riesgo de quedarse fuera. “¡Niños, pasad p’alante!”, se gritan unos alumnos a otros.

Casi todos los comentarios de los chavales y los adultos, trufados de sorna y guasa, aluden al bus saturado. “Hay que apretarse un poco”, dice una señora. “Pues ahora, como vamos tan apretujados, no pagamos”,  bromea alguien. “Jefe, ¿me puede abrir la puerta de delante?”, pide un pasajero al que le resultaría imposible llegar a la de salida aunque intentase abrirse paso con un machete. El conductor observa que el pasillo es una jungla y le deja descender por la entrada.

“¿Ves lo que te decía?”, comenta el chófer cuando el apuro ya ha pasado tras dejar atrás General Ricardos y cruzar el río, donde Madrid, como decía Carmen, es otro mundo, al menos en lo que al transporte público se refiere. “Pues en mi turno no bajo de 900 viajeros y el otro día superé los 1.100, por lo que puedes imaginarte qué ocurre cuando, por circunstancias diversas, nos quitan dos buses”. Precisamente, los mismos que coinciden ahora en la cabecera de Cibeles, a punto de arrancar hacia el sur.