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Cabalgata Reyes Magos La cabalgata de Hortaleza que se rebeló contra la privatización del PP y en la que Baltasar es un migrante 'sin papeles'

El vecindario del barrio del noreste madrileño, donde las carrozas se construyen a mano, se rebeló contra la privatización del desfile doblegando al Ayuntamiento de Madrid de Gallardón.

El joven guineano Mohamed Zidane Barry, que saltó la valla de Ceuta, encarnó a Baltasar en la cabalgata de Hortaleza de 2019. REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SANDRA BLANCO

RAY SÁNCHEZ

En pocos lugares del mundo la visita de los Reyes Magos se prepara con tanta dedicación como en Hortaleza, distrito del noreste de la ciudad de Madrid con 180.000 habitantes. En este antiguo pueblo absorbido por la capital, la cabalgata se empieza a diseñar a finales de verano. Cientos de personas colaboran en su organización durante meses, y otras tantas dedican sus vacaciones navideñas a trabajar en la construcción artesanal de las carrozas que forman la comitiva del 5 de enero. Todo de forma altruista y sin apenas presupuesto. Un tremendo esfuerzo colectivo hecho por amor al barrio.

“Es una forma de amor muy bonita. Una manera de cuidar y de querer a tu barrio y sus gentes”, defiende Silvia Serrano, profesora de Lengua de 36 años que lleva toda su vida enganchada a la cabalgata. Primero “como niña que veía pasar la cabalgata con una ilusión tremenda y recogía caramelos”. Después, en la adolescencia, se subió a una carroza y desde entonces no se ha bajado. “Mi relación con la cabalgata es muy emocional”, dice para hacer entender por qué pasa las navidades echando horas a la intemperie acicalando un camión para un efímero recorrido de apenas un par horas.

Silvia es voluntaria de la asociación Jóvenes del Parque, que trabaja con personas con diversidad funcional y forma parte de la coordinadora de entidades que pone en marcha esta cabalgata vecinal y participativa en la que se vuelca medio barrio. En ella participan desde parroquias a activistas del 15-M. También los colegios, la emisora del barrio, un huerto urbano, las feministas del 8-M, un bloco de samba o las autoescuelas que prestan los camiones. Una variopinta confluencia al servicio de sus majestades de Oriente.

La cabalgata de Hortaleza tiene arraigo. Su origen se remonta a 1974, cuando por los olvidados barrios periféricos de Madrid no pasaban ni los Reyes Magos. Ante el abandono del centralizado ayuntamiento de la dictadura, el incipiente movimiento vecinal se las ingeniaba para recibir a sus majestades de oriente en comitivas a caballo y con algún Citröen dos caballos haciendo de carroza.

Montaje de las carrozas de la cabalgata de Hortaleza, que construye y diseña el propio vecindario. SANDRA BLANCO

En los ochenta, las asociaciones acordaron con la primera corporación del socialista Enrique Tierno Galván la “cogestión” de la cabalgata, como recuerda Rubén Caravaca, entonces responsable de cultura en la Junta de Hortaleza. “La organización seguía corriendo a cargo de las asociaciones, mientras la Junta ayudaba asumiendo parte del coste y la difusión. Una gestión compartida que ha permitido a la cabalgata dotarse de unas señas de identidad propias”, señala el asesor cultural.

Esa filosofía ha permitido que varias generaciones de niños y jóvenes de Hortaleza sientan la cabalgata como algo propio. No son meros espectadores que recogen caramelos, también participan en su diseño y construcción. “Los chavales y las chavalas con diversidad funcional lo viven muy intensamente, con muchísima ilusión. Se sienten protagonistas y sujetos activos, y para personas que suelen estar olvidadas, eso es un sentimiento muy enriquecedor”, expone Silvia.

Germán Peña, sociólogo de 39 años, es otro clásico de la cabalgata, en la que empezó a colaborar desde Amejhor, una veterana asociación dedicada a la atención a la infancia en la UVA de Hortaleza, barrio formado por casas prefabricadas donde hay familias que llevan más de medio siglo esperando un realojo. “Para las niñas y niños que son de la UVA, es darles un protagonismo que nunca tienen ni han tenido, pero al cual tienen derecho”, reivindica.

La dimensión solidaria de la cabalgata prendó al escritor Isaac Rosa cuando se mudó a vivir a Hortaleza. “De Madrid solo conocía la cabalgata central, me sorprendió descubrir una cabalgata popular que tuviese tanta participación del barrio, de vecinos y colectivos. Era el reverso de la cabalgata central, entregada a patrocinadores y grandes marcas y montada para los niños pero sin los niños”, relata el novelista sevillano. “Representa muy bien a un barrio como Hortaleza, su largo historial de luchas vecinales y su capacidad organizativa”, apostilla.

Carroza egipcia de las asociaciones deportivas Alacrán y La Torre de Hortaleza. SANDRA BLANCO

Rebelión contra la privatización

La cabalgata de Hortaleza entró en el siglo XXI manteniéndose como un reducto frente a la mercantilización de la navidad. Una historia de cuento que dio un giro con la aparición de una villana que quiso arrebatársela al vecindario para ponerla en manos de una empresa privada. Fue en 2007, cuando el entonces alcalde Alberto Ruiz-Gallardón confió la presidencia del distrito de Hortaleza a la concejala Elena Sánchez Gallar, recordada en Hortaleza como “la peor de la historia”. La edil del Partido Popular empezó a ganarse el apelativo en cuanto entró al despacho, porque su primera decisión fue privatizar la histórica comitiva vecinal.

“Lo recuerdo como un mazazo muy grande al principio”, rememora Cristina Sandoval, que participaba en la cabalgata desde los noventa como educadora de jóvenes en riesgo de exclusión social en la asociación Fray Escoba. Esta profesora de 41 años estuvo en la reunión donde la concejala Sánchez Gallar argumentó su irrevocable decisión. “Dijo que no tenía la excelencia cultural que merecía una cabalgata de un distrito de Madrid”.

La edil, sin embargo, reconoció no haber visto nunca las carrozas de Hortaleza, aunque después se desdijera ante el micrófono del periodista Fernando González, Gonzo, en un memorable reportaje del programa Caiga quien caiga. “Vi la cabalgata el año pasado por casualidad y me pareció que había una falta de seguridad impresionante”, según la concejala. “En todos estos años, ¿hubo algún problema de seguridad?”, preguntó el periodista gallego, disfrazado de rey Gaspar para la ocasión. “No, pero lo puede haber, y más vale prevenir que curar. La cabalgata se hará profesionalmente, y lo saben los vecinos que están de acuerdo y los que no están de acuerdo”, zanjó la concejala en televisión.

Sánchez Gallar no sólo privatizaba la cabalgata, también reducía a la mitad el recorrido tradicional, excluyendo barrios populares como la UVA de Hortaleza, para que el desfile desembocase precipitadamente en los alrededores de un centro comercial patrocinador. “Debe ser que, para la concejala, la excelencia equivalía a exclusión”, interpreta Germán Peña de la asociación Amejhor.

La cabalgata de Hortaleza reúne cada año a miles de asistentes. SANDRA BLANCO

Soliviantado, el tejido asociativo de Hortaleza se rebeló contra los planes de la concejala. “La privatización, tras el mazazo inicial, unió a muchos colectivos en el trabajo para recuperar una tradición”, afirma Cristina Sandoval. “Fue pura acción-reacción: frente a la privatización, un hecho que nos tocaba a las entidades de forma individual, hicimos socialización de la dificultad y supimos darle respuesta desde lo colectivo”, añade Germán.

El barrio se movilizó inmediatamente en defensa de su cabalgata. El 5 de enero de 2008, el primero tras la privatización, más de 2.000 personas se manifestaron por las calles eliminadas en el recorrido de la nueva comitiva externalizada con “una camioneta que nos prestó una cristalería del barrio, una pancarta, varios grupos de samba que vinieron a poner música, mucha energía y ganas de trabajar por y para el barrio”, enumera Germán. No faltaron vecinos insignes como Porretas, los embajadores rockeros de Hortaleza, y el actor y cómico Agustín Jiménez, que leyó el manifiesto al culminar la marcha.

“Había que intentar frenar esos pequeños pasos que da el neoliberalismo económico entrando en cada rincón de nuestras vidas”, proclama Agustín Jiménez. “Recuerdo la implicación de todas las personas ante una invasión de su sentir como barrio. Hortaleza ha sido acogedora y reivindicativa contra las injusticias sociales. Si no nos dejan reunirnos o celebrar nuestra identidad, se acabó, se terminan los barrios”, añade el cómico, que desde entonces no ha dejado de apoyar a la cabalgata actuando en las fiestas que se celebran para financiarla.

El grupo de percusión Sambaleza pone el ritmo a la comitiva del 5 de enero. SANDRA BLANCO

Duelo de cabalgatas

Mientras en la cabalgata privatizada de Hortaleza desfilaban gigantescas botellas hinchables de Coca-Cola, las asociaciones se pusieron manos a la obra para arrancar una comitiva alternativa a pesar del ostracismo. En 2009 consiguieron recorrer el itinerario marginado por la cabalgata oficial, con apenas un par de camiones prestados y montados debajo de un puente. Sortearon el veto municipal mediante una solicitud de permiso de manifestación ante Delegación de Gobierno. Aquella cabalgata alternativa congregó a miles de personas, pero no lo hizo la Noche de Reyes, sino un día antes, porque la Policía Municipal prohibió la coincidencia de desfiles aunque discurrieran por recorridos diferentes. Las presiones del Ayuntamiento del Partido Popular alcanzaron límites absurdos. Por ejemplo, cuando agentes municipales se apostaron en la entrada del Punto Limpio del distrito para impedir el reciclaje de los materiales de las carrozas, mientras advertían a las asociaciones que las denunciarían si los dejaban en la calle.

Pese a todo, el vecindario no dejó de empujar la cabalgata participativa hasta que pudo salir el 5 de enero. Ocurrió en 2011, originando una situación inaudita: los Reyes Magos se desdoblaron en sendas cabalgatas que desfilaron de forma simultánea. Un duelo que se repitió hasta 2014, cuando la cabalgata privatizada, que contaba con un presupuesto de 70.000 euros, fue víctima de los recortes de un Ayuntamiento asfixiado por la deuda. La cabalgata participativa de Hortaleza, “la de toda la vida”, ganaba el pulso. Siete años después, volvía a ser la única en el barrio. David vencía a un Goliath en números rojos.

El rey Melchor, fotografiándose con un niña al finalizar la cabalgata de Hortaleza de 2019. SANDRA BLANCO

“No pudieron acabar con la cabalgata popular, ni controlarla, y esa fue una victoria muy importante para la autoestima ciudadana en tiempos de retrocesos de derechos y libertades”, sostiene Isaac Rosa, que durante años dedicó su columna del 5 de enero a extraer moralejas de la titánica lucha del vecindario de Hortaleza. “Me parece un símbolo perfecto de la manera en que la ciudadanía madrileña ha tenido que organizarse y defender sus derechos una y otra vez. Y el aprendizaje está claro: las luchas que se sostienen en el tiempo, que cuentan con gran respaldo vecinal y demuestran inteligencia e imaginación colectivas, se acaban ganando”, argumenta.

Para Germán Peña, “la lucha de la Cabalgata es la lucha de lo colectivo frente a lo individual, de lo común frente a lo privado, de lo cooperativo frente a lo competitivo, de las relaciones frente al aislamiento”. En su opinión, aquella privatización que restringía la participación del vecindario provocó el efecto contrario: “Ha cohesionado al tejido asociativo, con mayor fuerza y ha dado lugar a una dinámica imparable de participación ciudadana”.

En los últimos años, la Cabalgata Participativa de Hortaleza no ha parado de crecer en número de entidades y afluencia de asistentes, todo manteniendo la austeridad de los años de autogestión: su presupuesto apenas alcanza los 10.000 euros. El Ayuntamiento selló la paz en 2015, después de que la candidatura de Ahora Madrid arrebatase el Palacio de Cibeles al Partido Popular. El Consistorio de Manuela Carmena decidió volver a prestar apoyo a la cabalgata con el alquiler de camiones y la cesión de espacios públicos para el montaje de las carrozas. El actual gobierno municipal de PP y Ciudadanos no se ha atrevido a cambiar los términos del acuerdo.

No hay que subestimar el poder transformador, casi mágico, de la cabalgata de Hortaleza, donde Baltasar no llega desde el lejano Oriente, sino del África subsahariana jugándose la vida. Desde hace años, el rey mago lo encarna alguno de los jóvenes migrantes que acoge la asociación El Olivar, supervivientes de travesías en cayuco o en patera. El Baltasar del año pasado fue Mohamed Zidane Barry, guineano de 21 años que entró en Ceuta rajándose las manos con las concertinas de la valla fronteriza. Había abandonado su país siendo un niño en 2008, huyendo de la violencia que acabó con la vida de su padre por un conflicto étnico. Gracias a la cabalgata de Hortaleza, su historia llegó a oídos del director de cine David Trueba, que le ofreció un papel en su nueva película, A este lado del mundo, cuyo estreno está previsto para la próxima primavera. “La cabalgata es eso, la posibilidad de soñar, y hacer real lo soñado”, sentencia Germán.