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Por qué Catalunya nunca ha sido una colonia: así lo ven tres activistas descoloniales

Hablamos con Daniela Ortiz, Sara Cuentas y Maria Dantas sobre las discrepancias con parte del movimiento independentista y los retos en materia de antirracismo que tiene por delante la sociedad catalana.

Estàtua de Colon a Barcelona.

Desigual, jerárquica, autoritaria, opresora... En un contexto de alto conflicto político con presos y exiliados, escalada represiva, movilización continuada y unas demandas que no llegan a puerto, la relación entre España y Catalunya se ha ganado una larga lista de calificativos. Parte del movimiento independentista se ha atrevido, incluso, a situarla dentro del marco histórico del pasado colonial de España. “La relación entre Catalunya y España es una relación colonial”, decía Ramón Cotarelo en una entrevista en ElNacional.cat

“Catalunya es la última colonia que queda”, explicaba también quién encabezaba la ANC en Madrid, Belén Murillo. De revisiones históricas y columnas de opinión de independentistas no faltan, acuñando los estudios decoloniales, propios del análisis del genocidio y explotación del sur global por parte de los estados europeos. ¿Pero, qué piensan las activistas decoloniales catalanas del uso que se hace de esta terminología?

“No se puede tratar de una relación colonial porque Catalunya nunca ha sido inscrita en el sur global y nunca ha tenido una economía extractivista”, sentencia Daniela Ortiz, militante antirracista y decolonial quien se trasladó de Perú a Barcelona ahora hace más de 10 años. “La población ha sufrido discriminación por cuestiones relacionadas con la lengua, se ha cuestionado la autonomía política y se acentúa la represión, como la que se está viviendo estos días, pero no se puede comparar con procesos de violencia legal, estructural e institucional que han vivido los pueblos del sur global”. A modo de ejemplo, Ortiz cita la Encomienda y las Leyes de Indias, el código que regulaba la vida de los indígenas durante la colonización española, o el Código Negro, que ponía las bases de la esclavitud en las colonias francesas y que se cogió como referencia en el imperio español.

Daniela Ortiz: "No se puede tratar de una relación colonial porque Catalunya nunca ha estado inscrita en el sur global y nunca ha tenido una economía extractivista"

“Colonizar es matar 56 millones de personas indígenas. No podemos banalizar lo que fue la colonización en la Abya Yala [topónimo para referirse a América Latina que los pueblos originarios utilizan en oposición a "América"]. Para mí es cómo si lo hiciéramos con el término 'holocausto'”, argumenta Maria Dantas, diputada de ERC en el Congreso, de origen brasileño y conocida por su energético rechazo a Jair Bolsonaro. Dantas, que no se considera una experta en teorías decolonials, recalca que habla desde su experiencia como brasileña: “En toda América Latina, hablar de genocidio, de colonia, de esclavitud, de racismo, es una cuestión muy sensible. Yo vengo de un país donde hace solo 130 años todavía había gente esclavizada con documentos oficiales”, denuncia, y recuerda también los cinco millones de africanos que llegaron a Brasil forzosamente en manos de esclavistas. Un colonialismo que todavía perdura, explica: “Hace pocos días pudimos ver como la autoproclamada presidenta Jeanine Áñez en Bolivia daba un golpe de estado con la biblia en la mano, como hicieron españoles y portugueses los siglos XV y XVI”.

Catalanes en 'las Américas'

Para estas activistas denominar como coloniales las relaciones entre Catalunya y España tiene otra consecuencia grave: la invisibilitación del papel que jugaron los catalanes en la ocupación y la explotación de los territorios colonizados. “Catalunya forma parte de las sociedades que constituyen Europa, esta Europa socializada en la colonialidad del poder”, explica Sara Cuentas, periodista y feminista decolonial de la Red de Migración, Género y Desarrollo, también venida de Perú. “Muchos catalanes fueron a hacer 'las Américas', a hacer dinero en el mercado esclavista en La Habana. Y no solo la burguesía catalana, también la clase trabajadora fue y se favoreció de este mercado”, explica Cuentas, quien también nombra las numerosas calles y monumentos en homenaje a conocidos esclavistas de Catalunya. “Las mismas Habaneras vienen de esta tradición”, recuerda.

Retirada de la escultura de Antonio López en la plaza con su nombre, en el distrito de Ciutat Vella de Barcelona.

Para Cuentas, la naturalización de este pasado es el que favorece que empresas transnacionales catalanas y españolas exploten actualmente los territorios antiguamente colonizados, que sea prohibitivo para una persona migrada conseguir la residencia, así como que se alimente el relato del alteridad –es decir, que no forman parte de un “nosotros”– con personas racializadas, sean recién llegadas o hayan nacido aquí.

Esta relación entre pasado y presente es la que trata Ortiz en su exposición Esta tierra jamás será fértil por haber parido a colonos, en el palacio de la Virreina de Barcelona, edificio que, paradójicamente, lleva el nombre en homenaje a Manuel de Amat i Junyent, virrey del Perú durante la colonización española: “La explotación del sur global fue la que permitió el proceso de industrialización catalana. Ni Eusebi Güell ni José Xifré fueron a cortar caña de azúcar con sus manos, lo hicieron esclavos de los territorios colonizados”.

Hablar en castellano es una imposición, no una elección

El otro frente de debate donde las tres ven malentendidos es en lo referente a la defensa de la lengua, el catalán, desde donde a menudo se critica personas migradas por no hablarlo. “Yo soy una gran defensora del catalán. Lo reivindico, lo hablo, y no creo que lo haga porque sea una persona colonizada”, explica Dantas, que dice que, por sus similitudes fonéticas con el portugués, le ha sido más fácil aprender. Pero la diputada de ERC, que se considera activa en la lucha por la lengua, no ve legítimo exigir el uso siempre: "Recuerdo cuando llegué, ahora hace 15 años, que tenía tres trabajos y dos hijas. No tenía ni tiempo ni ganas de conocer la lengua. En una situación de este tipo, exigir que una persona aprenda catalán es clasismo y racismo institucional”.

Maria Dantas: "Cuando llegué, tenía tres trabajos y dos hijas. Exigir que una persona en esta situación aprenda catalán es clasismo y racismo institucional"

“La imposición es colonialista. Es una práctica colonial. No podemos imponer una lengua a nadie. Lo que podemos hacer es invitar a tener una conexión vital para habla una lengua”, reivindica Cuentas, quien habla un catalán perfectamente fluido. La activista explica que en la lengua quechua, uno de los idiomas originarios que tiene hablantes en seis países de la América Latina, se utiliza el término “Munay” para referirse al reconocimiento del otro como parte de la comunidad, aún y las diferencias: “Las lenguas también construyen prácticas comunitarias y de reconocimiento de la diversidad. Creo que tenemos que pensar si, cuando se defiende la lengua, se hace defendiendo el catalanismo desde un concepto de pureza cultural, o si se hace reconociendo la comunidad catalana en su diversidad”.

Daniela Ortiz también rebate aquellos que critican las personas de origen latinoamericano que utilizan el castellano en Catalunya, la lengua propia de "el Estado opresor": “Hablamos español porque no tenemos derecho a habla ninguna lengua originaria por orden colonial. No porque sea nuestra lengua, sino porque no nos queda otra”. Ortiz lamenta que esta exigencia no se extrapole a todas las personas de fuera de Catalunya: “No hay un cuestionamiento hacia alemanes, belgas, ingleses o madrileños, a quienes no se les pide informes de arraigo donde tengan que probar que hablen catalán. Los catalanoparlantes no tienen problemas en cambiar al castellano si son ellos quienes lo hablan”. Ortiz, que también defiende la protección del catalán y que también lo habla, cree que este tipo de ataques hacia los castellanoparlantes con vínculos en América Latina no tienen nada que ver con la defensa de la lengua: “En realidad es la excusa para canalizar el racismo propio de una sociedad blanca europea".

Espacios entre el independentismo y el antiracismo

Queda mucho por decolonializar, dicen. Ante el racismo latente de la sociedad catalana, ¿qué puentes se pueden construir entre el movimiento independentista y el antirracista? "Yo soy independentista, no nacionalista, ni de mi país. Hay muchísima gente que quiere un referéndum aquí", explica Dantas, que defiende sus ideas en el Congreso de los Diputados. Para la republicana es necesario reconocer que el Estado español ejerce poder contra Catalunya en muchos ámbitos "sin que esto nos haga perder el norte" y hablar de colonialismo: "Se puede incluso hablar, si me apuras, de la condición imperialista del Estado, o más bien del Capitalismo financiero que tiene sangre indígena. Se puede hablar de la represión y la violencia policial. Soy independentista porque estoy por la autodeterminación de los pueblos, soy internacionalista y soy antifascista".

Sara Cuentas: "Si no planteamos un proceso que sea feminista, decolonial, antirracista, antifascista y no clasista, no podremos transformar nada. Solo colocar fronteras"

También lo comparte Ortiz, quien explica que votó la CUP en las últimas elecciones gracias al hecho que una chica le cedió su voto, puesto que ella no puede participar de ningún proceso electoral por no contar con la residencia: "Estoy de acuerdo con el derecho a la autodeterminación. Y me parece bien que se utilicen los marcos jurídicos y políticos que ha utilizado el sur global, como por ejemplo los que establece la ONU, porque estoy a favor del derecho a la autodeterminación de los pueblos, pero no que se haga una narración desde una realidad política y económica de pueblo colonizado". Recuerda, por ejemplo, que el 1 de octubre no se hizo nada para que las personas sin papeles pudieran ejercer el derecho en voto, o el decorado de la plaça del Nord en las Fiestas de Gracia, cuando se acusó a activistas antirracistas "de españolistas" por denunciar la caracterización de un pueblo indígena. Ortiz denuncia la relación de opresión de España con Catalunya, pero ve necesario una aproximación del movimiento independentista a las luchas antirracistas: "Hay una relación de poder entre nuestras comunidades, y se tiene que reconocer, porque si no nuestras alianzas se romperán en cualquier momento".

Por su parte, Cuentas se mantiene más escéptica, a pesar de que siempre ha apoyado al proceso independentista y considera imprescindible la autodeterminación de los pueblos. Cita Frantz Fanon, uno de los padres del pensamiento decolonial, para apelar a la necesidad "de emancipar la mente" antes de impulsar movimientos emancipatorios: "Lo que sucede hoy, me hace recordar cuando algunas izquierdas decían que cuando la clase trabajadora llegara al poder sería el momento de hablar de feminismo. Pues esto también pasa con reconocer el privilegio blanco, que nunca es el momento", explica. Para Cuentas, la liberación nacional no puede pasar por hacer una copia de carné de las relaciones violentas que se dan, en este caso, en el Estado español: "No podemos tener el anhelo independentista sin cuestionar el sistema, el sistema civilizador colonial, unas prácticas muy arraigadas, sobre todo en España. Si no planteamos un proceso que sea feminista, decolonial, antirracista, antifascista y no clasista, no podremos transformar nada. Solo colocar fronteras".