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Covid-19 Catalunya En la Conca d'Òdena, un año después de ser el primer territorio confinado en Catalunya: "No lo olvidaremos nunca"

El foco de coronavirus declarado en esta subcomarca catalana, con especial afectación en el hospital de Igualada (Barcelona), obligó a cerrarla perimetralmente durante 25 días al inicio de la pandemia.

La plaça de Cal Font, a Igualada.
La plaça de Cal Font, en Igualada. Emma Pons Valls

Miedo, respeto, tristeza, desazón. Son algunas de las palabras con las que los igualadinos definen las sensaciones que vivieron cuando confinaron perimetralmente la Conca d'Òdena, en la comarca catalana de la Anoia, al principio de la crisis sanitaria. En un momento en el que todavía no se conocía la magnitud de la epidemia, 24 horas antes de que el president de la Generalitat Quim Torra pidiera el confinamiento domiciliario en toda Catalunya, los cerca de 70.000 habitantes de Igualada, Santa Margarida de Montbui, Vilanova del Camí y Òdena quedaron aislados del resto del país. "Fuimos el spoiler de Catalunya", señala el alcalde de Igualada, Marc Castells.

En la capital de la Anoia se había declarado un brote de coronavirus descontrolado, con especial afectación entre el personal del hospital comarcal. 400 de los 1.000 profesionales sanitarios estuvieron en aislamiento aquellos días, ya fuera por ser positivos o contactos estrechos. Esto dificultó todavía más la gestión de una situación explosiva en un momento en el que no había el conocimiento actual de la covid.

Casi la mitad de la plantilla del hospital estuvo en aislamiento aquellos días

"Había mucho miedo, la gente no salía a la calle". Alícia y Manel tienen una carnicería en el centro de la ciudad, y estuvieron a pie de calle en todo momento. "Nos daba respeto podernos contagiar", dice Manel, pero aun así optaron por mantener abierta la tienda y continuar dando servicio a los clientes. Les bajaron las ventas, porque solo se acercaba la gente que vivía en los alrededores. Alícia recuerda como en el cruce que se ve desde la tienda, a menudo estaba apostada una patrulla policial preguntando a la gente adónde iba. Ellos habitualmente van a buscar género a distintos sitios, pero durante 25 días solo pudieron vender lo que les traían.

Decenas de agentes de los Mossos d'Esquadra estuvieron más de tres semanas controlando los accesos por carretera de la zona. No podía entrar ni salir nadie, ni siquiera para ir a trabajar; solo las mercancías, y bajo un protocolo estricto. Se trataba de un confinamiento inédito hasta entonces y que solo se ha repetido, y no tan estricto, en contadas ocasiones, como en la comarca del Segrià durante el verano o en las del Ripollès y la Cerdanya al inicio de las vacaciones de invierno. "Sirvió para parar el golpe en un momento en el que la transmisión era desconocida", reconoce Castells.

El confinamiento perimetral se ordenó el anochecer del jueves 12 de marzo, cuando en la ciudad ya había 58 personas contagiadas, 36 de las cuales profesionales sanitarios. En todo Catalunya había 261. Por lo tanto, era una cifra muy importante para una población de 40.000 habitantes. En este contexto, la medida era "absolutamente necesaria", considera el director asistencial del Hospital de Igualada, Jordi Monedero. "Probablemente hizo que otros territorios se pudieran preparar", añade. Cortar la movilidad impidió que el virus circulara, de forma que "se pudo controlar" su expansión por el territorio.

El cierre se ordenó cuando había 56 casos en la zona y 261 en toda Catalunya

El mismo día 12, horas antes de que se anunciara de forma oficial, circularon rumores de que habría el cierre perimetral. "Sabíamos que pasaba algo", explica Jenny Godó, que tiene una farmacia en la plaça de la Creu. Aquellos días su suegro, que vive en la Cerdanya, estaba en su casa de visita. Tardó cinco horas en poder salir de la ciudad, por las colas que se crearon una vez hecho el anuncio oficial del cierre.

"Fuimos los primeros", recuerda Gemma Cubí, propietaria de una tienda de ropa en la Rambla. Recuerda como por las calles, sumidos en un "silencio sepulcral", pasaba una furgoneta con megafonía que instaba a los vecinos a quedarse en casa. Durante todo el día. "Había mucho miedo", dice. Daniel Ávila tiene un estanco, también en la Rambla, y explica cómo la situación lo cogió "completamente" por sorpresa. Desde la tienda, que como servicio esencial también estuvo abierta todo el tiempo, tenía la sensación que estaba en una "ciudad fantasma".

El alcalde asegura que intentaron enviar un mensaje de tranquilidad, porque era palpable que "la gente estaba muy asustada". Durante 25 días, el Ayuntamiento ofreció una rueda de prensa diaria para mantener a la ciudadanía informada. Fue en una de estas comparecencias cuando se produjo un "conflicto importante" con la Generalitat. A principios de abril, la consellera de Salut, Alba Vergés, anunció que el día antes no había habido ninguna muerte en la zona. Pero Castells la contradijo: había habido once. Salut utilizaba las cifras oficiales de muertes por covid en los hospitales, mientras que el alcalde se propuso mostrar "las cifras reales" a partir de las defunciones reportadas por las funerarias y comparándolas con las de los cinco años anteriores. "Esto nos permitía mostrar que lo que pasaba no era grave, sino muy grave", afirma.

Crisis de mortalidad

Habitualmente, sin pandemia, en la zona confinada hay entre uno y dos muertos al día. Pero la semana en la que hubo el pico de mortalidad, la cifra se disparó hasta entre 16 y 18. "Esta crisis de mortalidad nos supuso un estrés muy grande, porque entonces no sabíamos que la semana siguiente empezaría a bajar", apunta Castells. La funeraria local les pidió un frigorífico porque no tenían capacidad. Dos semanas después del inicio del cierre, en Catalunya había 6,9 muertos por coronavirus por cada 100.000 habitantes; en la Conca d'Òdena, la cifra se elevaba a 63,1.

La mortalidad fue diez veces superior que en el resto del país

"La sensación es que ha muerto mucha gente; están las cifras, pero detrás está la realidad", apunta Jenny Godó. El hospital atravesó un momento también de mucha saturación. Temieron no poder asumir a todos los pacientes: un día, en una hora, llegaron hasta 12 ambulancias. "Estábamos desbordados a los dos días de tener casos", afirma el director. A pesar de tener un plan de contingencia, Monedero apunta a que "a los tres días, la última fase ya nos había caducado". El Ayuntamiento montó un dispositivo especial con 100 camas en un polideportivo, pero finalmente no hizo falta utilizarlo porque la curva ya empezó a bajar.

Afectación económica

Más allá de la situación sanitaria, aquellos días también había preocupación por la economía. El 28% del PIB de la zona está dedicado a la industria. El hecho de que solo pudieran entrar y salir mercancías esenciales obligó a parar la producción de plantas europeas que utilizan componentes producidos ahí. A pesar de que se pudo ir solucionando, Castells señala que los ERTE y los créditos ICO para empresas han sido clave para que "la economía aguante", aunque ahora habría que alargarlos. Pese a que ve probable que haya habido una mayor afectación económica en la zona por el cierre, el alcalde no cree que tengan una situación demasiado diferente a la del resto de Catalunya, porque justamente la industria es uno de los sectores menos afectados.

Castells cuenta que temieron por si se los estigmatizaba como "zona cero" del coronavirus, como fueron, pero finalmente consiguieron darle la vuelta para ser vistos "como ejemplo de superación". Aun así, no olvidan el sufrimiento vivido. Imágenes de la funeraria con urnas y urnas de cenizas que los familiares todavía no habían podido recoger por el confinamiento domiciliario impactaron a Castells. "Esto no lo olvidaremos nunca. Ha sido muy gordo", concluye, recogiendo una sensación generalizada.

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