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Coronavirus en Madrid La paradoja de Usera, el barrio con restricciones que se anticipó a la pandemia

La numerosa comunidad china del distrito madrileño se autoconfinó en febrero y días antes del estado de alarma repartía mascarillas en la calle. Durante el confinamiento, el vecindario tejió una tupida red para socorrer a las familias más vulnerables.

Usuarios del Metro salen de la estación de Usera en la boca de la calle Amparo Usera. DANIEL MILLS SALCEDO
Usuarios del Metro salen de la estación de Usera en la boca de la calle Amparo Usera. DANIEL MILLS SALCEDO

Ray Sánchez

Encontrar un restaurante asiático abierto en el China Town de Madrid resultaba casi imposible a principios de febrero. Decenas de establecimientos echaron el cierre repentinamente en el distrito de Usera, donde residen más de 10.000 ciudadanos chinos, días después de celebrar el año nuevo de su calendario milenario. Algunos de estos estajanovistas negocios anunciaron unas insólitas vacaciones, mientras otros se excusaban en la reforma de locales donde no se apreciaba atisbo de obra. El paréntesis se prolongaría durante dos semanas, indicaban los carteles. Justo el tiempo de reclusión recomendado a los sospechosos de contagio por el nuevo y agresivo coronavirus detectado en la ciudad china de Wuhan, donde había provocado más de 800 muertes. En España, un turista alemán hospedado en la isla canaria de La Gomera era el único caso de infección confirmado entonces.

El miedo alentaba al cierre colectivo. Existía el temor de que el virus pudiera aterrizar en Madrid con el regreso de aquellos compatriotas que aprovecharon la Fiesta de la Primavera, como también se denomina a la festividad del Año Nuevo Chino, para pasar unos días en su país de origen. "Tenemos una responsabilidad, y se aconsejó hacer autocuarentena en casa. Los empresarios lo apoyaron y no tuvimos ningún caso confirmado. Fue un cierre voluntario y se hizo para cuidar a la sociedad", explica la abogada Helena Xia, presidenta de la Asociación China.

La comunidad china de Usera, la más numerosa de España, también se anticiparía después al confinamiento de marzo, volviendo a clausurar sus negocios días antes del estado de alarma. En aquella vertiginosa semana repartieron mascarillas en las bocas de Metro del barrio. "Algunos nos decían que no les hacía falta, la gente no lo entendía", rememora Helena. Tras los peores meses de la pandemia, los comercios chinos fueron los últimos en reanudar su actividad durante la desescalada, esperando hasta finales de junio. "Algunos han estado más tiempo cerrados que abiertos este año", apunta la abogada.

Tras la tregua veraniega y ante la segunda ola de contagios, algunos establecimientos cerraron por tercera ocasión a principios de septiembre. La prudencia china se adelantaba otra vez a los acontecimientos, como un augurio de las restricciones de movilidad que afectan desde el pasado lunes a la mayoría de los 142.894 habitantes de este distrito del sur de Madrid, el que más porcentaje de población extranjera concentra en toda la ciudad.

"Fuimos unos ingenuos diciendo que el coronavirus no entendía de clase social, porque las clases obreras y precarizadas son las que más sufren la enfermedad"

Es la paradoja de Usera: fue el primer rincón de la ciudad en prevenir la pandemia, pero en verano se dispararon los contagios de coronavirus hasta presentar las peores cifras de España. Según los datos actualizados esta semana, la tasa de incidencia acumulada en los últimos 14 días en Usera asciende a 1.156,43 casos por cada 100.000 habitantes. Números similares a los que registran otros distritos del sur de Madrid como Villaverde o Puente de Vallecas con áreas sanitarias donde la Comunidad de Madrid también ha restringido la movilidad de su vecindario.

Para el epidemiólogo Manuel Franco, profesor de la Universidad de Alcalá y la estadounidense Johns Hopkins, estos distritos, los de menor renta de la ciudad, no tenían escapatoria. "Fuimos unos ingenuos diciendo que el coronavirus no entendía de clase social, porque las clases obreras y precarizadas son las que más sufren la enfermedad, como también los infartos o la diabetes. Sucede en todas las ciudades del mundo, porque tienen más exposición al trabajar en empleos presenciales y estar en viviendas con hacinamiento. Es la tormenta perfecta".

La frontera del Manzanares

El río Manzanares establece estos días una frontera entre la zona confinada con el centro de la ciudad, aunque dibuja desde hace décadas una brecha económica en la ciudad. Usera empezó a construirse hace un siglo en su ribera sur. Allí el militar Marcelo Usera urbanizó terrenos rústicos sobre los que se levantaron casas baratas para la clase trabajadora que no se podía permitir un techo en la otra orilla. Aquella barriada primigenia fue la línea de frente donde el ejército republicano contuvo la incursión de las tropas franquistas en la capital durante la Guerra Civil. Las trincheras no borraron el trazado de la antigua Usera, que ha sobrevivido en el mapa, con una avenida principal que recuerda al promotor del barrio atravesada por estrechas perpendiculares dedicadas a sus familiares.

"La mayoría de la gente no se puede confinar porque vive en una habitación con su familia"

Sin embargo, las originales casitas de dos plantas sucumbieron ante la presión urbanística, sustituidas por bloques de viviendas que tras la posguerra empezaron a cobijar a familias del éxodo rural. Otros migrantes procedentes del campo se tuvieron que conformar con una chabola en los poblados que surgieron en los alrededores, como la meseta de Orcasitas, a la que llegó siendo un crío Félix López Rey. Desde aquellas calles de barro, sin luz ni alcantarillado, el núcleo de Usera le parecía entonces "la civilización".

"Ahora es la zona más deteriorada y degradada del distrito, con viviendas de peor calidad que los barrios de remodelación, que son fruto de la lucha de los vecinos, porque aquí nadie ha regalado nada", afirma este histórico dirigente vecinal de 78 años, que ejerce de "patriarca de los payos", apunta con sorna, desde hace medio siglo en Orcasitas. Aquella insistente lucha en los años setenta culminó con el histórico realojo de todos los habitantes de las chabolas en amplios pisos de un nuevo barrio diseñado al gusto del vecindario, que en asamblea decidió hasta el color de los ladrillos de sus edificios. La planificada Orcasitas es, por el momento, la única zona de Usera que se ha librado de las restricciones.

"Esto es peor incluso que en marzo, y mira que aquello fue duro"

El año pasado, López Rey fue reclutado por Manuela Carmena para concurrir a las elecciones municipales. Como concejal de Más Madrid se ha pasado el verano denunciando la precaria situación de los centros de atención primaria mientras la pandemia se propagaba por el distrito, colapsando ambulatorios como el de Calesas, que atiende a una población de 35.000 personas en la zona donde el virus se ha cebado con las familias más vulnerables. "La mayoría de la gente no se puede confinar porque vive en una habitación con su familia", aseguraba la semana pasada una trabajadora de un centro desbordado. "Estamos fatal, saturados y desanimados. Ayer a las ocho de la tarde todavía nos quedaban cien personas a las que llamar. Esto es peor incluso que en marzo, y mira que aquello fue duro".

Calesas es el centro de salud Juan Manuel López Ureña y la última vez que fue al médico tuvo que aguardar hora y media para ser atendido. "Nos sentimos abandonados por la Comunidad de Madrid porque no es normal que los ambulatorios estén tan empobrecidos de personal", proclama este administrativo jubilado de 72 años, presidente de la asociación vecinal de Moscardó. "Usera no es un barrio de pobres, es un barrio de trabajadores", repite Ureña como una consigna. Lo hace para sacudirse de una estigmatización que pesa. "Están creando la sensación de que somos la peste, la zona cero, los lazaretos de Madrid", cuenta con hartazgo su compañera de asociación Alicia Maeso.

"Usera no es un barrio de pobres, es un barrio de trabajadores"

El pasado 21 de agosto, el viceconsejero de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, Antonio Zapatero, lanzaba la recomendación de no salir de casa en las zonas donde más repercutía la pandemia. Esa misma tarde, las cadenas de televisión se apresuraron para visitar una Usera bajo el foco mediático por el repunte de contagios. Los reporteros se apostaron en la plaza de Julián Marías, un aliviadero de espacio en la parte angosta del barrio, para relatar que el vecindario hacía oídos sordos al llamamiento. Las conexiones en directo mostraban una plaza repleta de mayores y familias con mascarilla que tomaban la fresca tras una calurosa jornada con máximas de 33 grados. Detrás de las cámaras, la gente paseaba por la vivísima calle de Marcelo Usera, regateándose en sus estrechas aceras al ritmo de la banda sonora habitual: reguetones, bachatas y cumbias que retumban desde los coches provocando la sensación de estar moviendo un dial entre emisoras de música latina.

Helena Teixera (segunda por la derecha) junto a algunas de las vecinas que se ayudan para conseguir alimentos. DANIEL MILLS SALCEDO

La Comunidad de Madrid aconsejaba quedarse en casa mientras el Ayuntamiento animaba a salir con toda la familia porque ese viernes mantuvo su programación de espectáculos infantiles al aire libre y en el parque de Olof Palme tocaba actuación de circo:

¿Cómo estáis Usera?— , dijo el animador de la velada.

¡Bieeeeeeeeeen!

Importante, mascarilla y distancia...— advertía después para comenzar la función.

Patricio, ecuatoriano de 40 años, presenciaba el espectáculo con sus peques, debidamente separados de otros asistentes. "Está bien que nos protejamos y salimos poco, pero estar en casa con los niños es difícil", admitía este conductor de vehículos sanitarios en los que transporta a personas mayores. "Mucha gente no tiene precaución y parece que no le importa la vida de los demás. Hay muchas discotecas y bares que cierran tarde, y se tienen que dar cuenta de que llevan el virus a casa".

"Están creando la sensación de que somos la peste, la zona cero, los lazaretos de Madrid"

Las discotecas de Usera no tardaron en cerrar, como en el resto de Madrid, por orden del Gobierno regional, aunque el ocio nocturno ha seguido abrevando en bares y parques, como en el resto de Madrid. La comunidad latina se ha sentido señalada dentro y fuera del barrio, incluso por dirigentes políticos que han atribuido a "su modo de vida" la transmisión del coronavirus. La multicultural Usera acoge a una relevante comunidad boliviana, con casi 3.000 vecinos procedentes del país andino que cada 15 de agosto celebran una multitudinaria y colorista en honor a la Virgen de la Urkupiña. El presidente de la Federación de Integración de Asociaciones Culturales Bolivianas en Madrid (FIACIBOL), Jhiner Soliz, asegura que este año ni se plantearon organizar una fiesta que para muchos bolivianos es sagrada.

"La covid no lo permitía, aunque decidimos no pasar por alto a la virgencita y lo hemos hecho virtualmente", comenta animando a ver los vídeos de fraternidades de danzarines de caporales, diabladas y morenadas dedicados a la patrona de la integración que colgaron en sus redes sociales. "Ahora nos sentimos un poco aislados con lo que está pasando en Usera", añade Jhiner, aludiendo a los problemas que provocará el confinamiento en compatriotas que viven en el alambre. "Hay muchos migrantes que van al día y no están dados de alta". Se refiere a los jornaleros de la construcción que acuden todas las mañanas a la Plaza Elíptica con la esperanza de ser reclutados para una obra. Casi siempre, en negro y sin contrato, lo que ahora dificulta que puedan salir del barrio y les expone a una sanción económica.

Protestas contra el 'gueto'

Las medidas anunciadas por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se escucharon en Usera acompañadas del estruendo de truenos. La rueda de prensa en la Puerta del Sol del pasado viernes coincidió con una gran tormenta en el barrio, y el confinamiento selectivo de 37 áreas sanitarias cayó como una tromba que dejó aguas revueltas en los barrios afectados. El domingo, más de un millar de personas recorrieron el distrito al grito de "Usera no es un gueto" para protestar contra la "segregación" decretada por el Gobierno regional del Partido Popular y Ciudadanos. La manifestación terminó con un gesto de apoyo a los sanitarios frente al hospital público 12 de Octubre, uno de los más golpeados por la pandemia.

"Estoy preocupado por el virus, pero esto es una medida política, porque aquí tienen poco que perder electoralmente", exponía Jesús, formador en paro de 63 años, señalando la tendencia de Usera a votar izquierda en las urnas. José Manuel Ureña, de la asociación Moscardó, considera las restricciones un "castigo" a barrios que son "bastión en la defensa de los derechos de sus vecinos" frente al desequilibrio sobre el que se sostiene la capital. "La gente del sur está cabreada, y cuando se siente maltratada los ánimos se calientan, y eso nunca sabes cómo acaba saliendo".

"Rezo porque sean solo catorce días, porque si no, aquí no

Indignación en las calles e incertidumbre en el interior de los establecimientos. "Rezo porque sean solo catorce días, porque si no, aquí no aguanta ni dios", cuenta Tino, de 51 años, tras una barra ahora vetada a la clientela de su pequeño bar, el Lina, uno de los pocos de la mestiza Marcelo Usera donde todavía se desayunan churros. "Somos los que tenemos las mejores tortillas de patatas del barrio", hace saber su mujer, Alicia. Y en tortillas calibran el bajón de clientela: "Antes, hacíamos ocho cada jornada, mientras ahora solo dos". Las restricciones ahogan el negocio, un local de poco más de 50 metros cuadrados, con aforo jibarizado a una decena de personas, apenas tres mesas y sin posibilidad de instalar terraza. "Si esto se alarga mucho será preocupante", admite la pareja, que echa 15 horas diarias en el establecimiento con el que alimentan a sus dos hijos.

Alicia y Tino regentan un pequeño bar en Usera cuyo aforo ha quedado reducido a diez clientes. DANIEL MILLS SALCEDO

Ninguna familia ha pasado tanto tiempo en la calle Marcelo Usera como los Serrano, dinastía de peluqueros en el barrio. Daniel, de 43 años, heredó las tijeras de su padre Antonio, que nació en la peluquería de caballeros fundada por el abuelo Jesús en 1927. Trasladado a la vuelta de la esquina, en la perpendicular calle de Ramón Luján, anhela que el negocio familiar, decano en Usera, sea centenario, aunque el coronavirus nubla el horizonte. "Por el momento se puede aguantar, pero todo depende de cuánto se alargue", expone Daniel frente a espejos que no reflejan a ningún cliente. "Por el momento, desde el lunes esto ya ha caído entre un 30 y un 40%, porque muchos vienen desde fuera de Usera y ahora no pueden". Con la pandemia ha pedido parroquianos de toda la vida, habituales desde hace décadas. "Desde que volví a abrir les he dejado de ver y la verdad es que algunos no sé si están vivos".

Apoyo mutuo contra el hambre

En Usera, el coronavirus no solo deja cifras alarmantes de contagios. Sus consecuencias económicas también se propagan como una pandemia. Desde el decreto del estado de alarma de marzo, 30.938 personas han solicitado ayudas de alimentación en Usera, lo que supone una de cada cinco de las que residen en el distrito madrileño, según el Ayuntamiento de Madrid.

"Recibimos donaciones de todo tipo, no solo de comida"

El vecindario de Usera, como ocurrió en otros barrios de Madrid, fue más rápido que la administración a la hora de responder a esta contingencia. Días antes del confinamiento, la red de cuidados creada en el distrito por el movimiento feminista del 8M se amplió para cubrir con ayuda mutua las necesidades que provocase la reclusión. En un grupo de Whatsapp, más de un centenar de personas se organizaron durante las primeras semanas para hacer recados a ancianos que vivían solos o familias en cuarentena que no podían salir a hacer la compra. Por las calles desiertas de Usera se movían ángeles de la guarda que acudían a farmacias para comprar medicamentos a desconocidos o sacaban perros que no eran los suyos. "Pero en el grupo, que estaba abierto, pronto empezó a entrar gente que necesitaba comida o productos de primera necesidad", relata Alma López, informática de 36 años y vicepresidenta de la asociación Moscardó. "Y no pensaba que la gente se iba a volcar tanto".

El tejido vecinal de Usera salió al rescate de las familias damnificadas por el parón productivo y la sangría de empleos. "Hablamos de personas que trabajaban sin contratos, o que no pudieron acogerse a un ERTE, como empleadas del hogar, de limpieza o de cuidados que, además, en la mayoría de los casos tienen hijos a su cargo", precisa Alma, coordinadora de una de las siete despensas solidarias que se crearon en Usera, y a la que dedicaba tantas horas como a su jornada laboral.

Las asociaciones y vecinos implicados a título personal se movieron para extender una tupida red que implicó a parroquias, comercios y supermercados. También a los empresarios chinos, que ofrecieron platos orientales gratuitos en un local donde se formaba una de las colas del hambre del Madrid de la desescalada.

José Manuel Ureña (segundo por la derecha), junto a compañeros de la asociación vecinal Moscardó que él preside. DANIEL MILLS SALCEDO

"Recibimos donaciones de todo tipo, no solo de comida, sino de productos de higiene, ropa o material escolar, hasta tarjetas de datos para los estudiantes que no podían seguir la educación por internet. Los huertos del barrio nos entregaron sus cosecha. Incluso una vecina de Carabanchel empleó su paga extra para hacernos una compra enorme. Aquí hasta la gente que necesitaba ayuda ha dado lo que tenía. Si no es por los vecinos, muchas familias no habrían recibido nada", sentencia Alma. En Moscardó, la asociación repartía a diario más de un centenar de menús diarios hasta el mes de junio, cuando la Junta Municipal de Usera, delegación del Ayuntamiento en el distrito, pudo hacerse cargo de estas familias a través de sus servicios sociales. La Junta de Usera afirma que sus servicios sociales, reforzados "para que nadie se quede atrás", no tienen listas de espera en estos momentos.

Sin embargo, en Usera no es difícil encontrar familias que siguen descolgadas. "Muchas son migrantes, que han perdido su trabajo y se han ido a la mierda, que no están conectadas con los servicios sociales", señala el sociólogo Fidel Oliván, de 27 años y dinamizador vecinal en la asociación de La Mancha, que hasta verano prestaba ayuda a unas 70 familias que ahora se han organizado entre ellas para conseguir alimentos. Las arropa Helena Teixera, que en su agenda atesora los teléfonos de medio barrio. "Soy como la enciclopedia de Usera", suelta sonriente esta portuguesa de Cabo Verde de 59 años. El autismo de uno de sus hijos la hizo entrar en el movimiento vecinal, tras crear la Asociación Anadahata de ayuda a jóvenes con este problema. Desde entonces, se mete en todos los fregados. Ha sido una de las vecinas más implicadas en las despensas de alimentos, tanto que sigue moviendo hilos para echar un cable a vecinas en una situación desesperada.

Es el caso de María del Carmen, colombiana de Bogotá de 53 años. Cuenta que abandonó su país en febrero junto a una hija embarazada para escapar de la extorsión de una banda criminal. En Madrid se plantó sin trabajo en víspera de la pandemia, y los ahorros que traía se esfumaron para pagar al supuesto propietario de un piso que resultó ser okupado. "Es la peor porquería del mundo, porque ahora nos quitan la luz, nos mandan gorilas, es un problema terrible. Si no fuera por esta morena, no tendría ni para limpiarme el culo", dice dirigiendo una mirada de agradecimiento a Helena.

"Si cierran la hostelería, a mi me provocan la ruina"

"Hay gente que si tiene un euro, lo gasta antes en comprar pan o un litro de leche que en una mascarilla", asegura Helena en el patio comunitario de su domicilio, en una colmena de viviendas sociales. No exagera, porque lo corroboran algunas de sus vecinas. Soledad, de 49 años, sobrevive con 400 euros de la Renta Mínima de Inserción, y reconoce que no le queda otra que lavar las mascarillas quirúrgicas para reutilizarlas. A su lado Julia, camarera de 29 años, detalla cómo mantiene a sus dos hijas pequeñas y a un padre enfermo sin haber cobrado el ERTE que le corresponde porque quedarse varada durante cuatro meses. Al menos ahora ha vuelto a trabajar en un bar del centro, al que llega en vagones de Metro atestados de gente. "Si cierran la hostelería, a mi me provocan la ruina".

También interviene Mari Paz, de 50 años, con nietas en ambas manos. En su domicilio de 55 metros cuadrados viven ocho personas, y allí se coló el coronavirus la pasada primavera: ella acabó ingresada en el hospital. El sueldo de su marido como operario de limpieza no llega a fin de mes. "Hasta el pan me han tenido que comprar", y señala a sus vecinas. Mari Paz brama contra el confinamiento selectivo del barrio. No entiende cómo la administración plantea una nueva reclusión cuando no cumple con su parte. "El foco de contagio lo tenemos aquí, en la cola del centro de salud que da la vuelta al edificio, o en los colegios, porque es como llevar a los niños al matadero. Se han cargado las residencias y ahora se cargarán los colegios si hay contagios", se queja indignada. Soledad tercia en la conversación: "Somos los apestados de Usera. Aquí no se han preocupado de nosotras ni los servicios sociales ni el Ayuntamiento. Si no es porque nos ayudamos entre nosotras, aquí no nos morimos de coronavirus, sino de hambre".

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