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Cuatro años de cárcel para un cura por violar a una mujer ebria

La Audiencia de Zaragoza declara probado que, mientras dormía en un profundo sueño que la dejó indefensa por los efectos del alcohol, el sacerdote guineano Daniel Meñe entró en su habitación, la desvistió de cintura para abajo y la agredió sexualmente

El sacerdote guineano Daniel Meñe Ensoro, en los pasillos de la Audiencia de Zaragoza antes de sentarse en el banquillo. E.B.

EDUARDO BAYONA
@e_bayona

ZARAGOZA .- La Audiencia de Zaragoza ha condenado a cuatro años de prisión al sacerdote Daniel Meñe Esono por haber violado a una mujer mientras esta dormía una borrachera: se metió en su cama, la desvistió y la agredió sexualmente, según declara probado el tribunal.

Los hechos sucedieron el 31 de enero del año pasado. Esa noche, el cura, de origen guineano y destinado en Portugal, fue con un amigo que le había invitado a pasar unos días en Zaragoza a la casa de una amiga de este. Cenaron, bebieron vino y, entrada la noche, Meñe se fue con una prima de la anfitriona a una discoteca cercana, en la que esta “consumió en abundancia bebidas alcohólicas que le produjeron una intoxicación etílica aguda”, narra la sentencia.

Sobre las cinco de la mañana, un exnovio de la chica, al ver su estado, se ofreció para llevarla a casa de su prima. “Era tal el estado de etilismo en el que se encontraba que la tuvieron que subir al piso entre los dos, ya que por ella misma no podía sostenerse”, señala el tribunal.

Tras acostarla e irse a su casa el exnovio, el cura “entró en la habitación donde dormía” la joven y, “aprovechándose del estado de embriaguez en el que ésta se encontraba y debido al cual dormía en un estado de inconsciencia casi plena, y con ánimo de satisfacer sus apetitos libidinosos, se tumbó en su cama y, tras realizar varios tocamientos, la penetró vaginalmente realizando con ella el acto sexual completo”.

Oculto tras la puerta de la víctima

Media hora después, la prima y su marido, a los que el sacerdote había dicho que iba a preparar una bebida para combatir las resacas, sorprendieron al sacerdote en la habitación en la que dormía la joven. Les extrañó que no salieran ruidos de la cocina. Y también que no se le viera en ninguna dependencia de la casa. Lo hallaron oculto tras la puerta, mientras la joven continuaba en la cama, tapada con una colcha.

Él les dijo que había ido a llevarle la bebida, pero no había rastro de ella. Y no contestó cuando le preguntaron si la joven le había dado permiso para entrar. Unos minutos después se levantó esta, la cual, al descubrirse desnuda de cintura hacia abajo, comenzó a preguntar quién le había quitado la ropa. Esa misma mañana, los médicos del hospital Clínico hallaban en su vagina restos de semen que resultaron ser del cura.

Él negó inicialmente que hubiera violado a la chica, versión que acabaría cambiando por la de unas relaciones consentidas (en el juicio dijo que ella le había incitado). Sin embargo, la víctima no tenía conciencia de haberlas consentido.

Sin capacidad de reacción ni de defensa

Los magistrados de la Sección Tercera de la Audiencia de Zaragoza consideran la versión de la víctima, representada por la abogada Pilar Bernabéu, creíble, verosímil, persistente, desinteresada y sincera. Además de verse corroborada por otros testimonios.

Uno es el del forense que la atendió esa misma mañana, que ratificó que “presentaba síntomas claros de un estado de post ingesta etílica masiva” y que añadió que, en esa situación, entre las cinco y las seis de la mañana se encontraría “en el periodo más álgido [de los efectos del alcohol] que es el de sueño profundo”. Otro es el de la prima, que recordó que “la acostaron dejándola en la cama vestida e inconsciente”.

Los jueces concluyen que, cuando fue atacada sexualmente, la joven “tenía sus facultades intelectivas y volitivas, si no anuladas del todo, sí muy mermadas de manera que le imposibilitaba cualquier tipo de reacción defensiva ante la agresión de la que fue víctima”.

La sentencia prohíbe al cura acercarse a menos de cien metros de la chica y mantener cualquier tipo de comunicación con ella en seis años, además de condenarle a indemnizarla con 3.000 euros por los daños morales que le causó.

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