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Mortalidad Radiografía de la muerte: la pandemia dispara un 40% la mortandad en España

Los fallecimientos de mayores de 75 años aumentaron exponencialmente en la segunda mitad de marzo, hasta llegar a duplicarse en Madrid y en Navarra y casi triplicarse en Castilla y León y Castilla-La Mancha.

Los empleados de una morgue llevan el ataúd de una persona que murió por la enfermedad del coronavirus (COVID-19), durante el cierre parcial para combatir el brote de la enfermedad, en el cementerio de Carabanchel en Madrid, España, el 27 de marzo de 2020
Los empleados de una morgue llevan el ataúd de una persona que murió por la Covid-19, durante el cierre parcial para combatir el brote de la enfermedad, en el cementerio de Carabanchel en Madrid. REUTERS / Juan Medina

eduardo bayona 

La pandemia de coronavirus disparó en casi un 40% durante la segunda mitad de marzo el número de muertes que se registran en condiciones normales en España, según indican las estadísticas del Sistema de Monitorización de la Mortalidad que elabora el Centro Nacional de Epidemiología a partir de los datos de 3.929 registros civiles: entre el 17 y el 31 de marzo perdieron la vida 23.714 personas, cuando lo previsible era que, en función de las causas de fallecimiento ‘habituales’, lo hubieran hecho 16.960. Eso supone un exceso de 6.754, que equivale a un 39,8%.

En esas mismas dos semanas, según los datos difundidos por el Ministerio de Sanidad, fallecieron 8.632 personas con coronavirus, ya que el recuento pasó de las 421 del día 17  a las 9.053 del 31, con un promedio de 616,5 por jornada que, en la práctica, llegó a alcanzar las 864 en una sola jornada en un incremento escalofriante.

El desfase de casi 2.000 fallecidos con coronavirus por encima del exceso estimado de óbitos con respecto a una situación normal se debe a varios motivos entre los que destacan dos: la superposición de la covid-19 con otras dolencias y la menor aparición de otros motivos de muerte por la reducción de la actividad productiva y de la movilidad.

Entre las segundas destacan, no por su peso numérico pero sí por el emblemático, la reducción de las muertes por accidentes de tráfico, las cuales cayeron a 54 en marzo tras dos meses por encima de 80, según los datos de la DGT, para convertirse en el mes con menos fallecidos desde que hay registros y sumar siete de los últimos 14 días sin víctimas mortales, un descenso que también se espera para los próximos días con la población confinada frente a las 31 y las 27 de las dos últimas semanas santas.

Más difíciles de cuantificar serían los efectos de otros factores como la drástica reducción de la contaminación atmosférica en las ciudades por las restricciones a la movilidad.

La elevada mortandad entre los mayores de 75 años

"Desde el principio [de la pandemia] se viene explicando que son pacientes de riesgo" buena parte de quienes están muriendo tras contagiarse de la covid-19, señalaron fuentes del Ministerio de Sanidad. Se trata de personas con patologías previas, diagnosticadas o no, que se complican o agravan con el contagio.

Por tanto el grueso de la mortandad de las últimas semanas se concentró entre quienes tienen 75 o más años con un dato relativo que resulta estremecedor: ellos solos, con 17.923 fallecidos, superan con holgura la previsión total de 16.690 para todo ese periodo tras dispararse por encima del 45% el número de óbitos.

El incremento de las muertes en el colectivo de los mayores de 75 años fue especialmente duro en comunidades como Castilla y León y Castilla-La Mancha, con excesos del 160,5% y el 167%, respectivamente; en Navarra, donde alcanzó el 140%, o en Madrid, donde los óbitos duplicaron las previsiones con un 109% (3.257 por 1.558).

Las tres primeras son, al mismo tiempo, las que sufrieron en la segunda quincena del mes pasado mayores incrementos de la mortalidad con excesos del 148%, el 165% y el 140%, mientras en Madrid estaba cerca de duplicarse con un 95%, que equivale a 2.038 fallecidos más de los que se habrían dado en circunstancias normales.

¿De qué se moría la gente?

La pandemia del coronavirus ha alterado los indicadores de mortalidad de España, un país donde las cifras de fallecimientos llevan desde 2015 estabilizadas por encima de las 400.000, según los datos del INE, que indican cómo en las cuatro últimas décadas esos registros han mostrado una tendencia claramente ascendente desde las menos de 325.000 que se daban en los años ochenta.
Entre los extremos de la serie, que son los 286.655 fallecidos de 1982 y los 427.721 del año pasado, hay una diferencia de más de 140.000 y un incremento de casi el 50%.

Por edades, tres cuartas partes de los fallecidos, 309.956 de los 427.721 del año pasado, tenían 75 años o más, en una tasa que se está manteniendo, aunque obviamente con las magnitudes cuantitativas disparadas, durante la pandemia. Por causas, las enfermedades están detrás de más del 95% de las muertes, con frecuencia en combinaciones de varias de ellas.

Las más frecuentes son patologías del sistema circulatorio (120.859), seguidas de los tumores (112.714) y, ya a mucha distancia de ambas, las enfermedades respiratorias (53.687). Una dolencia de alguno de esos tres grupos es la causa principal de algo más de dos tercios de los fallecimientos.

Las llamadas causas externas, por otro lado, son el motivo principal de un 3,6% de las muertes que se producen en España al cabo del año. Suponen algo más de 15.000, con los suicidios en primera posición (3.539), a clara distancia de las caídas (3.143), los ahogamientos (3.090) y, también, de los accidentes de tráfico (1.896) tras la reducción de los últimos años.

Las otras pandemias

La del coronavirus es la primera pandemia, y la única hasta ahora si se descuenta el sida, que azota España en el siglo XXI, pero no es, ni mucho menos, la primera de su historia. La última, la del tifus exantemático, tuvo su último episodio en 1950 con solo cinco fallecidos. Había comenzado en plena posguerra, con 90 muertos en 1940, para crecer de manera exponencial en 1941 y 1942, años en los que se registraron 1.644 y 1.548.

"Es una enfermedad propia de épocas de posguerra que transmite el piojo de la ropa en situaciones de suciedad y hacinamiento", explica María José Báguena Cervellera, profesora de Historia de la Ciencia en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, que recuerda cómo esta enfermedad infecciosa llegó a cobrarse más de tres millones de vidas en Polonia y Rusia en 1918, tras la primera guerra mundial y la revolución bolchevique.

Antes de esta, en 1918 y 1919, llegó la mal llamada gripe española, que causó 260.000 muertes en España y más de 50 millones en el resto del planeta. "No había vacuna entonces porque no se había descubierto el virus que la causaba", señala Báguena.

Ese desconocimiento del agente causante y de sus vectores de transmisión ha sido una constante en las pandemias de carácter infeccioso a lo largo de la historia hasta que entrado el siglo XX la mocrobiología comenzó a poner luz sobre los microorganismos que las causaban.

Sí se sabía en muchos casos que el contagio (de ahí la palabra) venía del contacto entre personas, por lo que los aislamientos, las cuarentenas, los cordones sanitarios y la reducción de la movilidad, en cada época a su escala, han sido el principal método efectivo para evitar a reducir su propagación desde la edad media. El recurso al fuego purificador y la persecución de grupos como los judíos o las llamadas brujas tenía más que ver, a menudo, con motivos supersticiosos y/o religiosos en la mayoría de las ocasiones.

La peste negra, las miasmas y el botafumeiro

La primera pandemia que azotó lo que hoy es España fue la peste negra, que en 1348 se llevó por delante al 20% de la población de Navarra, el 35% de Aragón y el 50% de Castilla mientras en la Europa conocida acababa con un tercio de los habitantes. "Es la que mayor mortalidad ha causado. Europa tardó 200 años en recuperar su demografía", anota Báguena, que añade que esta enfermedad infecciosa rebrotaría tres siglos después, entre 1647 y 1649, para matar a 60.000 sevillanos y 20.000 valencianos.

Sin embargo, no se trataba de algo nuevo. "La gran enfermedad de la Edad Media en Europa", en palabras de la profesora, había comenzado a llegar a Occidente desde de la estepa rusa en el siglo VI a través de las incipientes relaciones comerciales de lo que hoy es Italia con aquella zona, que se intensificarían en los siglos posteriores.

El vector de propagación eran las pulgas, que la tomaban de las ratas al chupar su sangre y la transmitían a los humanos al picarles. Pero ¿cómo llegó en aquella época a Europa? Con las caravanas, que traían de vuelta a personas infectadas, a pulgas en la paja con la que se protegían las mercancías y, también, a las enormes ratas negras en las que estaba el origen, que acabaron aclimatándose al viejo continente y expandiéndose por él.

Junto con las cuarentenas y los aislamientos, la peste también generó remedios disparatados. Los sabios de la época llegaron a la conclusión de que se transmitía por el aire a través de las miasmas, una especie de efluvio maligno procedente de los cuerpos vivos y los cadáveres de los afectados, y también de las aguas corruptas o estancadas, en el que veían la única explicación para los contagios. De ahí el doble significado de peste como mal olor en castellano.

La estrategia para combatir las miasmas consistía en hacer en las calles de las ciudades hogueras en las que se quemaban maderas resinosas, plantas aromáticas e incienso para mejorar el olor. Ahí tiene su origen el botafumeiro de la catedral de Santiago de Compostela: su función consistía en neutralizar las miasmas de los peregrinos.

El cólera, la viruela y la primera vacuna

El cólera costaría más de 800.000 vidas en España en las pandemias de 1833-1834 (300.000), 1854-1855 (230.000), 1865 (120.000) y 1885 (120.000). "Ni se conocía el medio de transmisión ni había antibióticos ni un sistema sanitario en condiciones", anota Báguena, que indica que esa misma situación se dio con la viruela, llegada de Asia en el siglo VI junto con el virus del sarampión, que se convirtió en la principal causa de mortandad infantil en el siglo XVIII y que llegaba a causar 400.000 muertes al año en el XIX. Ambas, sin embargo, generarían dos importantes avances.

"El cólera fue el gran aliado de la higiene pública", explica la profesora, después de que el alemán Robert Koch descubriera en 1884, ya durante la cuarta pandemia, el bacilo que lo causaba, endémico en la India y que había llegado a España a través de Inglaterra y Portugal en la época colonial.

Se transmitía por el agua, por contacto con las heces diarreicas de los afectados, y se transmitía tanto al beber agua infectada como al comer vegetales crudos que hubieran sido regados con ella, lo que provocó el inicio de los análisis municipales del agua de boca, la separación de las redes de abastecimiento y de alcantarillado y el entubado de ambas para que el caudal circulara con presión, ya que se propagaba rápidamente en las estancadas.

La OMS dio por extinguida la viruela, que solo se transmite entre personas y a través de la respiración, en 1980, 19 años después del último brote registrado en España, en Madrid. En un siglo y medio se había cobrado más de sesenta millones de vidas.

Curiosamente, tuvo una vacuna, la primera de la historia, que resultó ser eficaz a finales del siglo XVIII, antes de que se conociera el virus que la causaba. La descubrió el inglés Edward Jenner, que empezó a inocular a sus pacientes el líquido de las pústulas que producía en las personas la viruela bovina, una enfermedad conocida como vacuna (de ahí el nombre), tras percatarse de que los granjeros que la padecían, concretamente las ordeñadoras, no se contagiaban de viruela.

Resultaron ser, sin que nadie lo supiera entonces, dos enfermedades que producían una "inmunidad cruzada": quien tenía una no cogía la otra. "No se sabía por qué funcionaba, pero funcionaba", anota Báguena.

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