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Rafael Carvajal El migrante español en EEUU al que la poesía salvó de su adicción a las drogas y al alcohol

Rafael Carvajal, que residió la mayor parte de su vida en EEUU, protagoniza un documental donde sus odas, sus vivencias personales y su pasión por el micro abierto vertebran la cinta 'Yo maté a Ralph Greene'.

Rafael Carvajal. GUILLERMO JIMÉNEZ CARAZO
Rafael Carvajal. GUILLERMO JIMÉNEZ CARAZO

"Doy por hecho que la gente sabe lo que hace. Escribe lo que quieras". Así se despide Rafael Carvajal de la entrevista por videollamada que hacemos un domingo por la tarde. Guillermo Jiménez Carazo, el periodista que ha filmado al poeta, se queda un minuto en línea y advierte que no es un farol. Seguramente nunca leerá entre reportaje, al igual que no ha leído los anteriores sobre su poesía y al igual que no ha visto el documental que protagoniza. Ni siquiera ha visto el trailer de Yo maté a Ralph Greene. "Prefiero el sexo al onanismo", dice Carvajal excusándose de que no ve ningún interés en verse a sí mismo hablando, al tiempo que reconoce que tiene "total confianza" en Jiménez Carazo. La película -que se podrá ver este fin de semana en Filmin y participa en el Maldito Festival de Videopoesía- fue realizada antes de la pandemia, cuando las personas no tenían que guardar tanta distancia las unas con las otras y podíamos profundizar más en el alma del otro.

"Vuelvo de vivir en EEUU, entro en el mundo poético y descubro a Carvi -como Jiménez llama de forma cariñosa al poeta- recitando sin micro y sin quedarse al postureo de después". Esa experiencia en América y varios proyectos editoriales unieron estas dos mentes creativas. "Yo ya sabía qué preguntar porque me lo había contado todo en las puertas de los bares", explica el director del documental, que señala que tenía muy caro que la primera escena tenía que ser el recuerdo de la vez que Rafael Carvajal salvó a un pato en un estanque. "Lo retrata de forma precisa: un tipo que ha conocido el puto averno y que es capaz de ayudar a un pato en pleno invierno".

Y es que el poeta no lo tuvo fácil: con 12 años su madre lo lleva a EEUU, donde planea que su pareja lo adopte y así obtener la ciudadanía estadounidense. "Mi madre no tenía plan B -explica-, pero en la primera semana ya vi cómo la maltrataba. Cuando me preguntaron si quería que me adoptara dije que no, así que viví 20 años ilegalmente en el país". Consumo de alcohol desde los 12 años, hierba desde el 13, ácido a los 14, anfetaminas a los 17, cocaína y heroína a los 19. Robo, violencia y una vida al margen de la ley pero siempre con la constante de la escritura en su vida. De hecho, la única constante, según él mismo asegura.

El 15 de julio de 2003 toma la determinación de acabar con esa vida y se hace tres promesas: "Una, que no me colocaría más; dos, que me tomaría en serio mi enfermedad mental; y tres, que no pegaría a ninguna persona, animal o cosa". Esta última es la que más le ha costado cumplir. Carvajal cuenta que en EEUU había espacios para quedar a pelearse, algo similar a lo que se puede ver en la película El Club de la Lucha. "La violencia es tan adictiva como las drogas", reconoce. "Me movía de un lugar a otro y siempre me relacionaba con el mismo tipo de personas. Llegó un momento que pensé que lo normal era drogarse, que todo el mundo lo hacía".

Nueva vida: política no, activismo sí

Pero, ¿quién es Ralph Greene y porque era necesario matarlo? "No es una personalidad, es una criminalidad", matiza el poeta, ya que no es más que el nombre que adoptó -Ralph por ser parecido a Rafael y Greene por el apellido de su padrastro- cuando quiso esquivar a la ley en EEUU. Otra vida ya para Carvajal en muchos aspectos, pero que trajo lo más importante de su vida: la poesía. La descubrió cuando tomaba un curso de escritura creativa y, aunque en un principio pensó que no era para él, le atrapó. Y le salvó. "La peor de mis decisiones fue tomar drogas. No sé si la enfermedad mental que tengo (bipolaridad) es biología o fruto del consumo. Pero creo en el destino volitivo: todos tenemos uno pero podemos decidir no hacerlo. A mí me llama la atención que justo estuve en EEUU en los sitios donde empezaba el micro abierto y cuando vuelvo a España… ¡boom! Otra vez tendencia".

Rafael Carvajal con un libro de poesía. GUILLERMO JIMÉNEZ CARAZO

Y así, en 2003 una forma de entender la vida y el arte empezó, matando para siempre a Ralph Greene, como se cuenta en el documental de Jiménez Carazo. Una cinta que fue posible gracias a un trueque entre el periodista y el poeta: a cambio de grabar su vida, sus reflexiones y sus odas, le maquetaría un cuento. No solo eso, sino que la pequeña editorial que el autor del documental impulsa junto a Óscar Rough, Inflamavle, ya le ha editado varias obras. Pero gran parte de su obra no verá la luz. Conservaba todos sus escritos de los tiempos convulsos hasta que decidió tirar todo lo anterior a 2006. "No me canso de decir que escribo mil veces mejor desde que no me drogo", insiste.

Otras obras, como las Nueve odas fueron editadas y regaladas a la gente solo a cambio de que las regalaran a su vez. Si le preguntamos dónde pueden ir los que vean el documental a descubrir su obra, responde contundente: "¡Que se jodan!". "Cómo voy a estar en contra del consumismo si hago un producto de consumo", explica, aunque matiza que le "encanta" romper sus principios, como el de no publicar nunca con una editorial. "¿Cuánto has ganado con mi libro, Guillermo? Ni un euro", se autorresponde.

El ego del escritor en Carvajal se desvanece. "Mi nombre tiene que figurar, pero me veo como una onda. Lo que me gustaría es que se pensara en lo que digo, no en mí". Por eso no cuesta imaginarse que en los micros abiertos el poeta se salte la parte de congeniar del final de las sesiones. "Me pongo delante de la gente, pero lo paso mal, por eso les digo en el escenario que no me aplaudan, si quieren quieren hacer algo que hablen de lo que digo". La fama no es un aliciente para Carvajal, que a sus 55 años sabe lo que quiere y disfruta recitando. Ya sea en un micro abierto, en el metro o a su psiquiatra. "Yo soy profesor de inglés, me gano la vida, tengo techo y comida. No me imagino que El Corte Inglés subvencione mis obras y que sea igual que si no lo subvencionara. O el Gobierno, cuando en gran parte de mis obras estoy cagándome en ellos", afirma riendo.

La conciencia social está muy presente en la obra de Carvajal. "No creo en la confrontación nosotros/ellos; siempre me incluyo cuando digo que los seres humanos son malos", comenta a la vez que matiza que no cree en la política pero sí en el activismo. "De joven -prosigue- quería hacerlo todo yo, derrotar el capitalismo yo solo, pero ahora veo que es una carrera de relevos". Por eso colabora en asociaciones por la salud mental como Orgullo Loco o Flipas, o dando clase de castellano a migrantes o refugiados. "Miro en qué parte de mi vida puedo hacer incidencia y lo aplico". Y pone de ejemplo que en sus clases de inglés siempre incluye textos reivindicativos, como el inicio del movimiento LGTBI, que vivió de cerca en EEUU.

Los animales, los criminales, la poesía beat

Una y otra vez la conversación vuelve al documental, pero Carvajal lo ignora. Recuerda junto al director las grabaciones. "Él quería que me desnudara en todas las odas, pero no lo vi claro", comenta en referencia a la Oda animal, en la que se desprende de la ropa para acercarse más a su "familia neonuclear" y aparecer como un "un tarzán sin taparrabos en esta jungla urbana salvaje". Una pieza en la que quiere decirle a todos los humanos que acepten de una vez que "todo el desarrollo de la civilización es instinto también" y en la que aboga por "subir a todos los animales un peldaño o bajárselo a los humanos".

Con el sueño de Justo Gallego de crear su propia catedral en Mejorada del Campo, aparece Carvajal recitando en otra parte del documental, al igual que en el pueblo abandonado de El Alamín, ambas poblaciones en Madrid. En este último representa Oda criminal. "Yo conozco a criminales y les veo mucho menos nocivos para la sociedad que al gerente de un banco o al directivo de una farmacéutica", asegura y le quita polémica al poema asegurando que es "un ejercicio de libertad de expresión".

Expresión contra arte muchas veces en los micros abiertos, en el mundo underground, con la etiqueta de poesía maldita, los versos del lumpen y Rafael Carvajal definido como poeta beat que "va a misa y medita" a ojos de Jiménez Carazo. "Yo quería escribir novelas, pero soy vago". "Dice vago, si tiene un archivo con 700 poemas", responde riendo el director del documental, que reconoce que la gran finalidad del documental es registrar quién es Rafael Carvajal y que su obra quede. "Si pudiera dar marcha atrás, que sé que no se puede -reflexiona Carvajal-, no tomaría drogas. Todo lo que aprendí con ellas pude haberlo aprendido sin ellas". "Lo único bueno de mi drogadicción es que ahora puedo ayudar a otras personas que estén hartas de drogarse y contarles cómo yo dejé de hacerlo", dice con ilusión en los ojos. Tanto como cuando habla de su próximo micro abierto y sopesa qué recitará en la próxima actuación. "Y estará allí mi amigo Paco, que va a leer por primera vez", dice emocionado.

El documental Yo maté a Ralph puede verse del 23 al 25 de octubre en la plataforma Filmin.

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