La revolución de Sol ya no cabe en un decreto ni termina el martes
Si en 2011 los concentrados en la acampada del 15-M dejaban claro que no eran "mercancías en manos de políticos y banqueros", ahora el blanco son los especuladores inmobiliarios y los fondos buitre.
Madrid--Actualizado a
Una chispa puede prender un día concreto la mecha de una revolución. En cambio, no se sabe cuándo se apagará. El quince de mayo de hace quince años, una manifestación en Madrid bajo el lema Democracia real ya cobró a su término forma de acampada. Duró casi un mes y su causa no se extinguió, sino que la reivindicación se trasladó de la Puerta del Sol a los barrios y pueblos. De aquel 15-M a este 26S, cuando este sábado, tras la manifestación contra el desahucio de Maricarmen, la plaza volvió a ser tomada y el Sindicato de Inquilinas, convocante de la marcha, llamó a acampar en el kilómetro cero por el derecho a la vivienda.
Si en 2011 los concentrados dejaban claro que "no somos mercancías en manos de políticos y banqueros", ahora el blanco son los especuladores inmobiliarios y los fondos buitre. "No aguantamos más. O cae el rentismo, o cae el gobierno. ¡Todo el mundo a Sol!", publicaba en sus redes sociales el Sindicato de Inquilinas, cuya portavoz Alicia del Río no daba abasto con la prensa este lunes pasado por agua. Como había advertido un día antes, la acampada seguirá adelante si el Consejo de Ministros de este martes no aprueba el decreto Maricarmen, que incluye la congelación de los alquileres y los contratos indefinidos.
Los acampados no estaban aquí hace tres lustros, porque la mayoría de ellos eran unos críos cuando el 15-M saltó de la plaza a las pantallas. Sin embargo, hay excepciones. Miriam tiene 47 años y trabaja como peluquera. En cambio, no puede pagarse ella sola un piso en Madrid y ha vuelto a vivir con sus padres en Alcorcón. "Un fondo buitre compró nuestro edificio en el barrio de Lucero, intentamos pactar alquileres y comprar los apartamentos, pero al mes nos echaron a la calle. Un drama". Por eso está aquí, comiendo de pie bajo las carpas, antes de irse a trabajar. "Se acabó, no podemos más".
Si Miriam no la entiende como una revolución con fecha de caducidad, sino permanente, Teresa está convencida de que la protesta tampoco debe consumirse preferentemente el martes, ni de que el límite lo marque el decreto —de mínimos o, como exige el Sindicato, de máximos— que se apruebe en el Consejo de Ministros. "Dudo que de ahí salga una solución rotunda y absoluta a este gravísimo problema. Esto es algo de muy largo recorrido. Hay que mover media estructura del Estado", cree esta funcionaria jubilada, quien señala que sus hijos también están sufriendo la carestía de la vivienda.
Su hija tiene 47 años, vive en Rivas-Vaciamadrid, es madre monoparental y tiene una hipoteca que no terminará de pagar, si todo va bien, hasta bien entrada en los setenta. Su hijo dejó todo atrás y se fue a vivir a una aldea de Asturias, pero allí también encuentra dificultades para acceder a una vivienda porque, según ella, muchas casas son vendidas o alquiladas a extranjeros con dinero. "A un trabajador siempre le ha supuesto un esfuerzo comprar un piso, pero antes lo podía pagar", tercia Pepe, el marido de Teresa, quien asegura que cuando ganaba 40.000 pesetas al mes pagaba un alquiler de solo 5.000.
Si esta revolución pretende sobrevivir al martes, el relevo está garantizado. Lucía y Ana tenían siete años cuando un patchwork de toldos y lonas se convirtió en el símbolo del 15-M. "Muchas personas consideran que nuestra generación no se interesa por las cosas, por eso está bien que vean que sí nos movilizamos", comenta Ana, quien ha estudiado Escenografía en la RESAD. "Hoy muchísima gente, sobre todo mayor, nos ha dado la enhorabuena, porque ellos estuvieron en la misma situación y nos animan a seguir", añade. El detonante, confiesa, fue el desahucio de Maricarmen: "Había que hacer algo".
Lucía, su compañera en Arte Dramático, recuerda que antes del desalojo de la octogenaria —que no podía pagar el alquiler después de que la empresa que compró su piso multiplicase su precio— ya intentaba organizarse con otras compañeras. La respuesta masiva en la manifestación y en la acampada la ha animado a seguir batallando en un espacio idóneo, según ella, para “juntarse y crear comunidad". Ella no la contempla como una protesta perecedera: "Continuará, aunque quizás no de la misma forma, porque hay que defender el derecho a una vivienda asequible. Tendremos que seguir luchando".
Jose tiene 23 años, estudia Musicología en la Complutense y cree que la acampada es "el principio de muchos cambios" y que bajo los toldos se oculta "el hartazgo de la gente con las injusticias sociales", por lo que su principal fortaleza es unir diversas causas, como cuando este domingo algunos profesores de la manifestación en apoyo a la educación pública se sumaron a los defensores del derecho a la vivienda. "Todas las luchas van de la mano. Sin una casa no puedes ir a clase bien. Y sin una clase tampoco puedes estudiar para después poder pagarte una casa. Al final, todo confluye".
Su amiga Bie va todavía más allá y subraya que la revolución debe seguir adelante al margen de lo que decida este martes el Gobierno. "Se apruebe o no el decreto, esta acampada tiene que sentar un precedente de lo que continuaremos haciendo: defender los servicios públicos y la vivienda", sostiene esta joven de veinte años que alterna sus estudios de Trabajo Social en la Complutense con un curro en un McDonald’s. "La clave es avanzar hacia una huelga general y, con ese objetivo, desde Sol debemos pensar un plan de luchas que permita organizarnos ante cualquier ataque".
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