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Segunda ola en Madrid El barrio madrileño que resiste a la segunda ola del coronavirus tras ser arrasado en la primera

El Pardo, en plena capital de España, pero con enormes parecidos a poblados de la España vacía, tiene muchos menos contagios por covid-19 que el resto de la ciudad.

Un hombre pasea por el barrio de El Pardo. JOSE CARMONA.
Un hombre pasea por el barrio de El Pardo. JOSE CARMONA.

"No intentes ir al centro de salud, porque allí ya no atienden ni a los enfermos", dice con sorna la única tabernera de El Pardo con más de un cliente durante la mañana del viernes, mientras Madrid desenfunda los paraguas para sobrevivir al diluvio. Al otro chaparrón, al de Ayuso y la tensión de la Comunidad con el Gobierno, ya son impermeables.

Parece que fue hace eones, pero El Pardo, un barrio de Madrid con aires de pueblo, fue el foco de atención hace justo un año cuando la momia del dictador Francisco Franco abandonaba el Valle de los Caídos para ir a parar a su cementerio, el de Mingorrubio. Aunque ahora apenas es una zona de militares y ancianos donde celebrar comilonas y comuniones, en sus días de gloria antes de unificarse con Fuencarral en el distrito más grande de la capital, El Pardo fue la sede central del horror de la dictadura. Ahora es noticia porque tasa de incidencia acumulada de los últimos catorce días es considerablemente inferior al de la media de la Comunidad. 

El calendario avanza y queda menos de 2020 que días pasó España bajo el estado de alarma. Sin embargo, los madrileños ven cómo regresan los idus de marzo, que no terminan de ventilarse. Nuevas medidas restrictivas y el índice de contagios disparado provocan que, como hace siete meses, nadie despegue la mirada de los noticieros. 

"Aquí estamos como en la aldea esa de Asterix", dice José María mientras se toma un café en el interior de El Gamo, uno de los restaurantes emblema de la zona, que cada fin de semana recibe multitudes que tienen como religión la carne roja. La referencia al tebeo viene a colación de dos cuestiones: los escasos contagios de coronavirus y su ubicación geográfica, aislados de todo y rodeados de montes y arboledas, lo que establece paralelismos automáticos con la villa en la que Panoramix fraguaba la poción mágica contra los romanos.

"Ahora te digo– dice bajándose la mascarilla para ganar en notoriedad–, que más vale que el virus no entre, porque somos una población muy envejecida. Aquí no hay ni discotecas ni demasiada gente joven, por eso ahora no hay tantos casos", asegura este hombre, militante del PSOE, que no oculta que le llaman "de todo" en un área donde Vox gana con holgura y el PP es segunda fuerza. El restaurante se ubica en la Plaza del Pardo, otrora conocida como Plaza del Caudillo. 

El aislamiento como herramienta

El área sanitaria de El Pardo contabiliza tan solo siete casos de coronavirus en los últimos catorce días, según los datos que ofrece la Comunidad de Madrid en su página web. Su baja densidad de población, sus habitantes mayores de 65 años –con una media de edad de 47,52 por el 42,99 de la Comunidad– y su poca movilidad por un transporte reducido a la mínima expresión son algunas de las claves, ya que la renta media (35.555 euros mensuales en datos de 2013) no dista demasiado de la media de la capital (45.264 euros al mes), con barrios mucho más ricos con índices de contagio más elevados. 

Pilar Perea: "No tenemos pediatra, el colegio público no tiene enfermería y no hay servicio de urgencias"

La tasa de incidencia acumulada de los últimos 14 días es de 202, muy por debajo de zonas aledañas como Virgen de Begoña (860), el barrio del Pilar (539) y realmente lejos de los epicentros de la pandemia en la capital, donde San Cristóbal (1.360) o Humanes de Madrid (1.350) presentan guarismos alarmantes. Con sus apenas 3.400 residentes, El Pardo tiene un índice de envejecimiento de 211,30 –la media del distrito es de 116,70–, y su tasa de crecimiento vegetativo es de -2,60, cuando el promedio de Fuencarral-El Pardo es de 2,55, según datos de la Comunidad de Madrid.

"En la colonia de Mingorrubio –uno de los dos núcleos de población de El Pardo– solo tenemos una tienda, hacemos una vida reducidísima. No hay bloques, son casas rodeadas de campo, hay poca densidad. Hay gente que no se mueve de aquí, hay un efecto casi de burbuja. Sin embargo, tiene un lado malo: no tenemos pediatra, el colegio público no tiene enfermería y no hay servicio de urgencias", cuenta Pilar Perea, concejala de Más Madrid en el Ayuntamiento de la capital y residente en la zona. 

La actividad sobre el terreno es tan calmada como prometía la concejala. El máximo movimiento a la hora del vermú es el que producen los coches que atraviesan el lugar de viviendas, construidas en un punto intermedio entre el núcleo central y la ruta hacia el cementerio y el embalse, los puntos más alejados de la geografía cotidiana pardeña. Apenas dos mujeres se cruzan por las aceras que envuelven las casas aparece otro hombre, desde el prado que hay frente a los hogares, que se permite el lujo de pasear sin llevar colgada en las orejas una mascarilla. Tres personas en el radio que alcanza a ver el ojo humano. De aparecer espontáneamente ahí, nadie pensaría que está a tan solo cuatro kilómetros de Plaza de Castilla, una de las arterias principales de la comunicación madrileña.

Los vecinos de El Pardo se refugian de la lluvia en unos soportales del centro. JOSE CARMONA.

Ni salud ni transportes

Desde los montes de la cara sur se divisan las cuatro torres de Chamartín, así como las Puertas de Europa –conocidas por todos como las Torres Kio–. Pero, a espaldas de los rascacielos, en las profundidades de la región, los letreros solo indican el rumbo hacia el cementerio, el Cristo yacente del convento de los Padres Capuchinos y los bares. El Pardo parece congelado en los sesenta; también parece un pueblo alejado de grandes urbes. Y esto tiene consecuencias negativas.

Bárbara, de la Asociación de vecinos de El Pardo, identifica algunos de los problemas de su zona, surgidos principalmente del abandono: "Si tienes que ir al centro vas en transporte público porque tenemos un autobús que funciona muy bien; pero si no, vas en coche. Luego está el 602, que pasa cada hora y lleva hasta La Vaguada, que te conecta un poco más con el resto del distrito", sostiene.

"Hubo gente que se ha muerto en su casa y han tardado 24 horas en llevárselos"

La versión más cruda es la que gira en torno a la atención primaria, estresada y sometida a la precariedad. Las 3.400 personas que residen en El Pardo se tienen que apañar con un ambulatorio venido a menos que ahora atiende solo por teléfono. También tenían un consultorio en Mingorrubio, pero fue cerrado tras el estallido de la pandemia porque no se podía garantizar la distancia social necesaria, según la versión del Ayuntamiento. "La atención primaria aquí entró en colapso –asegura Bárbara–. Fuimos de las zonas con más contagios durante la primera ola, hubo gente que se ha muerto en su casa y han tardado 24 horas en llevárselos. Cuando llamabas al centro de salud no te cogían el teléfono porque estaban desbordados, y la gente mayor llamaba a la asociación preocupada. Incluso nos ofrecimos voluntarios para coger las llamadas". 

La sanidad pardeña, desbordada y todavía no recuperada, ha visto cómo los test PCR para detectar casos de coronavirus se hacían en el cuarto de baño de minusválidos: "Teniendo el consultorio cerrado, se podrían haber hecho ahí, o buscar alguna otra solución, pero así es un poco feo", considera Bárbara. 

La soledad como seña de identidad

"Aquí hay mucha gente que vive sola, que apenas se mueve", analiza la concejala Perea en relación a los pocos casos de coronavirus. La soledad, la única compañía de muchos ancianos, y el silencio que trae, solo es interrumpida por el motor de los coches que atraviesan el barrio y por el camión de la basura que vuelca los contenedores sobre sí. "Yo no puedo contagiarme, estoy siempre solo", comenta con media sonrisa un anciano que camina por la calle San Arturo, cerca del único centro cultural de la zona, ahora clausurado, pero con luz dentro. 

"Yo no puedo contagiarme, estoy siempre solo"

Y tampoco hay nada que invite al optimismo: "Yo me tendré que quedar en casa, qué voy a hacer si no". Así resume Hilario, vecino de 82 años, su porvenir, no muy diferente al de cualquier español, que ha visto cómo sus jornadas se resumen en trabajar y hacer la compra. Sale de una panadería de la plaza central y enfila los soportales rumbo al hogar: "Me voy ya con mi mujer, que este frío no ayuda".  Su hermano, también morador de El Pardo, murió por covid-19 en la ola de marzo: "El jueves se encontraba mal y ese fin de semana se murió", cuenta tras la mascarilla azul homologada mientras empuja su carro de la compra. "No sé ni qué decirte de los políticos, ojalá nos gobernaran médicos", balbucea antes de seguir en solitario hacia casa, donde su esposa espera.

Un vecino de El Pardo acelera el paso ante la amenaza de lluvia. JOSE CARMONA

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